viernes, 23 de septiembre de 2016

París-Austerlitz. Rafael Chirbes. Anagrama. 2016. Reseña



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     En mayo de 2015, tan solo tres meses antes de dejarnos y tras casi 18 años de idas y venidas --años en los que publicó una gran cantidad de obras diferentes, entre ellas las más conocidas: La caída de Madrid, Los viejos amigosCrematorio o En la orilla--, el valenciano universal Rafael Chirbes dio por terminada la que, por desgracia, se convirtió en su novela póstuma. Resultaría romántico añadir que lo hizo como regalo final para el mundo lector. Pero no fue así. La grave enfermedad --cáncer de pulmón-- que se lo llevó todavía no le había sido detectada. Lo cual, dicho sea de paso, impregna a la obra de un carácter mucho más dramático.

     Porque uno de los protagonistas de París-Austerlitz --nombre de la conocida estación de trenes parisiense--, que responde al nombre de Michel, es un enfermo terminal que agoniza en un hospital de la capital francesa. Allí, aquejado de la plaga --el narrador no informa del nombre de la enfermedad, pero se intuye que puede ser el SIDA (la novela está ambientada a finales de los ochenta o principios de los noventa, siendo presidente de la República François Mitterrand, quien murió, curiosamente, tras una larga enfermedad a causa de un cáncer de próstata)--, agota sus últimas semanas de vida prácticamente solo, abandonado y triste. 

     El narrador de la historia es un joven pintor español que ha renunciado a la lujosa vida familiar en Madrid para buscarse un porvenir en el tan complicado mundo artístico. ¿Qué mejor destino que París? Allí, tras ser echado del piso de alquiler compartido por no poder pagar su parte del alquiler, decide emborracharse antes de decidir su nuevo destino. En uno de tantos café-tabacs conoce a Michel, matricero de una fábrica que le dobla no solo la edad sino también experiencia de vida. Entre ellos se iniciará, muy pronto, una relación pasional que colmará los deseos de ambos desde el principio. El joven español acabará viviendo en el piso de Michel, que se ocupará de él en todo momento.

     Juntos vivirán una historia de amor --si así se le puede llamar, ya que el propio narrador afirma en varias ocasiones no saber realmente lo que es-- que durará casi un año. En ella dominarán las visitas a los cafés, el alcohol, el desenfreno, la urgencia del sexo y el deambular por las frías calles de París en pleno invierno y sin casi dinero para dar rienda suelta a su nivel de vida. Sin embargo, esos tiempos felices, de enamoramientos fáciles, de sexo placentero y sin condiciones, ese fuego que se enciende porque sí y se extingue no se sabe por qué, llega, como suele ocurrir tantas y tantas veces, a su fin.

     De repente, el narrador siente que el hasta entonces deseado cuerpo de Michel comienza a infundirle repulsión; que el hecho de vivir en su casa parece obligarlo a seguir con él pase lo que pase; que necesita un piso con más luz y metros para poder pintar sus cuadros; que el aire que antes respiraban juntos se ha vuelto irrespirable; que el placer se ha transformado en un dolor cada vez más y más difícil de soportar; y que el estilo de vida de su amante no es el que realmente él quiere seguir. Y, claro: decide abandonar el piso e instalarse en uno cercano. Tanto que puede espiar sus movimientos, sus idas y venidas y sus quehaceres diarios. Mientras, el francés lo acusa de no haberse entregado a él en su totalidad ya que siempre había utilizado preservativos en sus relaciones. Algo de lo que se alegra el español, sobre todo teniendo en cuenta la grave enfermedad que ahora lo ha atrapado. Sea como sea, comienza una nueva relación entre ellos. Esta, basada en los celos, los desaires y los reproches. 

     París-Austerlitz es una novela corta (153 páginas), de lenguaje duro, crudo y directo, de estilo narrativo depurado pero muy rápido y que presenta temas secundarios realmente interesantes: una Francia desgarrada por las dos grandes guerras; la violencia padecida por un niño a manos de un padre autoritario, despótico y maltratador; la entrega de una mujer a los invasores como única manera de poder sacar adelante a sus hijos; los reproches de los ex-amantes; y el amor como única vía de salvación posible y también como trampa mortal. 

     Leer esta obra le hace sentir a uno como un turista que está paseando por las calles del París de hace 20 o 30 años, como un voyeurista que está presente en los encuentros sexuales de los protagonistas, como un cuidador de un enfermo terminal cuya degradación física (y psicológica) se hace evidente día a día, como un sociólogo que estudia las diferencias entre dos personas de distintas condiciones sociales y aspiraciones de vida, como un terapeuta que destripa la mente culpable de quien utilizó a una persona durante un tiempo para dejarla en la estacada a las primeras de cambio. En efecto, el narrador parece querer expiar sus pecados, descargar su culpa, soltar un lastre pesado que amenaza con hundirlo por completo.

     En definitiva, esta obra póstuma de Chirbes rompe radicalmente con aquello a lo que su autor nos tenía acostumbrados en sus últimas novelas. Es un drama, una tragedia, que nos conmueve y nos va golpeando página a página, hasta dejarnos noqueados. Porque, ante todo, es una historia extremadamente psicológica, con todo lo que ello conlleva, y reflexiva que le puede ocurrir a cualquiera de nosotros. Y eso es lo que al lector más lo atolondra: tanto Michel como el narrador son personas corrientes, y sus enfoques y mentalidades, precisamente por ser tan diferentes, impiden que se tome partido por uno u otro. Más bien al contrario: nos hacen sufrir por igual. Porque uno va a morir, pero al otro le va a tocar seguir viviendo a pesar de los pesares. Y nosotros nos quedamos con ganas de más...            


miércoles, 21 de septiembre de 2016

El segundo hijo del mercader de sedas. Felipe Romero. Comares. 2011. Reseña





     En apenas 117 años (1492-1609) el otrora reino nazarí de Granada fue conquistado, sometido y aniquilado por completo, no quedando ni rastro de la mayoría de sus pobladores anteriores y sus descendientes. Como explica en una de las páginas de esta novela su autor, Felipe Romero, sus campos quedaron abandonados, el ganado sin pastores, las iglesias sin construirse por falta de alarifes, las fraguas sin herreros, las maderas sin orfebres talladores y las lanas y las sedas sin tejedores y tintoreros. En este contexto, Alonso de Lomellino, segundo hijo del mercader de sedas Esteban de Lomellino, de origen genovés pero afincado en Venecia primero y en Granada después, donde se casó con María de Granada, descendiente de una princesa nazarí, narra en primera persona su azarosa vida.

     Al no tratarse del hijo primogénito, Alonso no pudo dedicarse a mercadear con la seda, trabajo que recayó en su hermano mayor, Jacobo, quien llegaría a ser duque de Venecia. Al segundo hijo le podían esperar dos destinos bien diferenciados: soldado o religioso. Gracias a los contactos de su padre, eludió el arte de las guerras y fue a parar a las órdenes del arzobispo de Granada, Pedro Vaca de Castro, quien consiguió que se le nombrara clérigo en la abadía del Sacromonte, donde habían sido descubiertos los cuerpos martirizados de San Cecilio, uno de los siete varones apostólicos discípulos del apóstol Santiago, y sus seguidores. La aparición de los Libros Plúmbeos, que supuestamente habrían sido revelados por la mismísima vírgen María en árabe para ser divulgados en España, contribuyeron al auge del lugar.

     Sin embargo, todo --el Sacromonte, Granada y definitivamente los moriscos-- cayó en desgracia al descubrirse que los textos encontrados eran una falsificación obra de un escritor morisco de nombre Alonso del Castillo. Así lo decretó, a instancia de la Santa Inquisición, el papa Inocencio XI. El objetivo del falsificador no era otro que reclamar un lugar para el cristianismo árabe dentro del catolicismo ibérico. Así, se intentó sincretizar la cultura islámica con la fe cristiana. Algo que finalmente no llegó a buen puerto.

     ¿Qué tiene que ver todo esto con el protagonista de la novela, Alonso de Lomellino? Pues muy sencillo: Alonso de Castilla fue su maestro, su mentor religioso y también lingüístico, como gran conocedor de la lengua árabe que era. Su caída en desgracia y posterior muerte hicieron mella en su discípulo, quien no pudo hacer frente a la muerte de su maestro. Tan afligido quedó que, por primera vez en su vida, decidió no seguir los designios de su padre, quien, ante la pronta ruina de Granada, decidió regresar, con toda su familia, a tierras italianas.

     Alonso, sin embargo, renunció a todas sus riquezas para quedarse, solo y desamparado, en la ciudad de sus antecesores maternos. En las postrimerías de su vida, más de cincuenta años después de los hechos reseñados, escribe sus memorias. Una memorias en las que narra no solo los sucesos más importantes de su vida sino también la vida cotidiana de la Granada de su época, sus calles, sus elevadas cumbres --con el Veleta y el Mulhacén como testigos visibles de todo cuanto sucede--, sus ríos --Genil y Darro--, sus personajes y oficios, su gran riqueza de expresiones y el progresivo abandono del Generalife y la Alhambra, en cuyo espacio ya dominaba el fastuoso palacio de Carlos V.

     La novela, además, critica con dureza la cristiandad de la época. Y no solo desde el punto de vista de las supersticiones y las creencias, sino desde el que hace referencia a la carrera emprendida por las distintas órdenes religiosas por asentarse en tierras granadinas y construir las más grandes iglesias de la España conquistada. De esta crítica no se libra, ni siquiera, la orden de los carmelitas descalzos, adonde va a parar nuestro protagonista tras la marcha de su familia. Solo el futuro San Juan de la Cruz, compañero de orden de la ya declarada Santa Teresa de Jesús, se libra de los ataques del narrador y protagonista. La veneración del asceta por excelencia por parte de Alonso de Lomellino no conoce fin durante la segunda parte de la obra.

     En un mundo vencido por la hipocresía y las convenciones y las conveniencias sociales, Alonso decidirá siempre lo que su corazón le manda --sin desechar, por supuesto, las enormes dudas que estarán a punto de vencerlo en más de una ocasión--, lo cual habla de su entereza moral. Algo destacable en un contexto en el que la Inquisición campaba a sus anchas por toda Europa. Alonso, en cambio, aboga por la coexistencia de religiones y razas y por un sentido altamente religioso de la existencia humana. Una existencia basada en el amor: a su maestro Alonso, a la niña Aisca, al Perro Amigo y al novicio Alberto.

     La novela nos transporta de manera fidedigna a la Granada de finales del siglo XVI y principios del XVII y a una sociedad en la que la virtud humana era cada vez más difícil de alcanzar. Motivo por el cual el testimonio --ficticio pero construido de manera muy convincente sobre personajes que sí fueron reales-- que nos dejó como legado Felipe Romero es como mínimo digno de alabar. Y es que Alonso de Lomellino siempre aceptó que la única verdad verdadera, como ya rezaban los azulejos de la Alhambra desde años atrás, como prueba fehaciente de la hermandad existente realmente entre ambas religiones, es que La galib ily Allah (Solo Dios es el vencedor).     
             

        

jueves, 15 de septiembre de 2016

El hombre en busca de sentido. Viktor E. Frankl. Herder. Reseña


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     La logoterapia es la tercera escuela vienesa de psicoterapia, tras el psicoanálisis de Sigmund Freud y la psicología individual de Alfred Adler. Desarrollada por el neurólogo y psiquiatra Viktor E. Frankl, este nuevo tipo de psicoterapia se centró en una voluntad de sentido, en oposición a la voluntad de poder de Adler y a la voluntad de placer de Freud. La logoterapia trató de buscar un sentido a la vida de las personas y para ello se basó en tres supuestos filosóficos fundamentales: la libertad de voluntad (antropología: explica que todo hombre es capaz de tomar sus propias decisiones, lo cual lo hace libre para escoger su propio destino y no convertirse en un títere del mismo), la voluntad de sentido (psicoterapia: busca el componente interior humano, que lo aleja del reino animal y vegetal) y el sentido de vida (filosofía: factor que no se pierde pero que puede escapar de la comprensión humana).

     El término fue usado por primera vez por Frankl en 1938, aunque no se desarrolló definitivamente hasta después de la II Guerra Mundial. La concepción final de la logoterapia se vio marcada por la larga estancia de su fundador en diversos campos de concentración nazis. Por supuesto, las diferentes maneras de actuar de sus compañeros de barracones determinaron el desarrollo de la psicoterapia. El hombre en busca de sentido, el ensayo que nos ocupa, nació de esa estadía personal de su autor en los infames campos.

     Considerado uno de los diez libros más influyentes en Estados Unidos, relata vivencias personales y la historia diaria de un campo de concentración vista desde dentro. El texto se divide en tres partes: internamiento en el campo, la vida en el campo y la vida tras la liberación. En la primera de ellas destaca el estado de shock de los recién detenidos y trasladados. La llegada de los vagones a Auschwitz deja a todos atónitos ante lo que a esas alturas ya se había escuchado sobre aquel lugar. La única posesión humana a partir de ese momento es la desnudez.

     La frase central de esta primera parte la toma Frankl de Nietzsche: quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo. Las creencias religiosas, el amor hacia uno o varios seres queridos y el sufrimiento como forma de supervivencia son aspectos claves para seguir adelante en un entorno tan dramático. La apatía como forma de autodefensa para huir de la cruel realidad es otra de las premisas para lograr seguir con vida. Frankl analiza los sueños de los presos, su desnutrición, su falta de apetito sexual y la carencia de valores humanos.

     La segunda parte trata la añoranza sin límites de la familia y la casa, la repugnancia ante todo lo que a uno lo rodea (hielo, fango, excrementos y hasta cadáveres) y la desvalorización de absolutamente todo lo que no tuviera que ver con la mera supervivencia individual. Curiosamente, afirma Frankl que quienes alcanzaron un mayor desarrollo de los planos espiritual y religioso resistieron mejor en el campo, al conseguir aislarse del entorno y refugiarse en su vida anterior, más plena desde el punto de vista intelectual e interior. De ahí que el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. 

     El aprecio de la belleza o del arte, el sentido del humor, la añoranza de la intimidad y la soledad y el crecimiento de la irritabilidad y el recurso a la violencia son otros aspectos que deben ser tenidos en cuenta entre los presos. El autor cita a Dostoievski (solo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos) al hacer referencia al punto que hace al hombre un ser libre que elige su destino hasta las últimas consecuencias. Y es que hasta en un campo de concentración puede un hombre mantener su dignidad, sus valores y su generosidad. En este sentido, la fe en el futuro era básica. Así, sin fe no hay futuro posible que no sea la muerte. Incluso las lágrimas no deben avergonzar a los presos, pues testifican su valentía y su valor para sufrir.

     La tercera parte, la que se ocupa de la vida tras la liberación, es la más conmovedora del texto en mi opinión. Lejos de volverse locos de alegría, los presos se despersonalizaban tras relajar la enorme tensión acumulada durante tanto tiempo. Todo les parecía irreal, una ensoñación de la que serían cruelmente despertados en cualquier momento. Incluso, fueron bastantes los que buscaron sacar fuera de sí la violencia tan largamente reprimida, optando por una forma de vida fuera de la legalidad. Frankl habla de deformidad moral, amargura y desilusión. Sobre todo en quienes habían encontrado en sus mujeres e hijos el sentido de su existencia y conocieron la noticia de que estos habían muerto tiempo atrás. Así, el hombre que durante años había creído alcanzar el límite absoluto del sufrimiento humano se encontraba ahora en que este no tiene límites. 

     La conclusión de este ensayo es que la experiencia final de un hombre que vuelve a su hogar es la maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha sufrido, ya no hay nada a lo que tenga que temer, excepto a su Dios y que a un hombre le pueden robar todo menos una cosa, la última de las libertades del ser humano: la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino. 
                      

jueves, 30 de junio de 2016

Recomendaciones veraniegas del 2016. Mis próximos proyectos literarios para el mes de septiembre y el 2017



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     Como cada año, justo antes de las esperadísimas vacaciones estivales --afortunado quien las tenga--, aprovecho para recomendar a los lectores de este blog las lecturas que más me han gustado en estos primeros seis meses del año. Como siempre, incluyo libros que no son precisamente novedades literarias. Simplemente, forman parte de la lista los que más han llamado mi atención. Aunque algunas de las obras tengan más de medio siglo --o más incluso--. Esta es la lista:

10. Recuerdos. Ramón Cerdá. El escritor de Ontinyent, especializado en el género negro o thriller, también ha escrito un par de novelas eróticas. Esta es una de ellas. Ideal para una mañana o una tarde suelta, se lee del tirón y es corta pero divertida. 

9. La torre de los siete jorobados. Emilio Carrere. Una de esas rarezas desconocidas que cae en tus manos por una recomendación que intuyes has de seguir. No defrauda en absoluto. Aventuras, ciencia ficción y altas dosis de emoción de la mano del que fuera considerado el Julio Verne español

8. Firmin. Sam Savage. Me encantan los libros que buscan fomentar el amor por la lectura. Firmin es una ratita de librería muy entrañable y también una extraordinaria lectora. Referencias continuas a los grandes clásicos de todos los tiempos amenizan la trágica historia y vida de una protagonista muy original.

7. La mediadora. Jesús Sánchez Adalid. Cuando un escritor se sale de su ámbito temático y lo borda de nuevo debe recibir un gran aplauso. Este monstruo de la novela histórica medieval y moderna nos presenta aquí una figura --la de la mediadora-- cada vez más importante en los tiempos que corren.

6. La tierra que pisamos. Jesús Carrasco. La segunda novela de este extremeño afincado en Sevilla, pese a no alcanzar las altísimas cotas de su primera obra, vuelve a emocionarnos con una historia sobre un desarrapado que entra en la vida de una mujer incapaz de apartarlo a pesar a sus múltiples extrañezas.

5. El peso de los muertos. Víctor del Árbol. La primera obra de un escritor plenamente consolidado en el panorama español y europeo. Publicada hace diez años por Castalia y reeditada ¡por fin! hace muy pocas semanas por Alrevés Editorial, anticipaba lo que estaba por venir: un fenómeno literario de alto voltaje.

4. Lo que el hielo atrapa. Bruno Nievas. El escritor almeriense cambia también de registro para ofrecernos la escalofriante pero muy humana historia de Ernest Shackleton, uno de los primeros expedicionarios del continente helado. Te puedo asegurar una cosa: pasarás frío aunque la leas en pleno verano.

3. El tambor de hojalata. Günter Grass. Un clásico de un escritor inmortal. Una obra maestra del siglo XX. Una historia imprescindible para conocer la Alemania y la Polonia de antes, durante y después de la II Guerra Mundial. Un lujo que nadie debería perderse. Su protagonista te irritará y te conmoverá por igual. 

2. La víspera de casi todo. Víctor del Árbol. La confirmación definitiva de uno de los grandes escritores españoles contemporáneos. Desgarradora novela sobre el dolor no superado que le valió el Premio Nadal. No supera a su antecesora, Un millón de gotas, ni falta que le hace. Y es que lo imposible es imposible.

1. Tengo en mí todos los sueños del mundo. Jorge Díaz. El guionista y escritor alicantino-portugués nos sumerge --nunca mejor dicho-- en algunas de las intra-historias de la verdadera historia --valga la redundancia-- del buque tristemente conocido como el Titanic español, hundido hace un siglo frente a las costas brasileñas. Altamente recomendable. Eso sí: ¡ni se te ocurra leerla si vas a ir de crucero!


     Jungleland se despide de sus seguidores hasta septiembre. Un mes muy importante para mí, ya que lanzaré, por fin, mi tercera novela. Titulada Primera mujer, primer amor, trata sobre el amor primerizo, el psicoanálisis, las ansias por alcanzar una vida mejor, la capacidad de sufrimiento de las personas y la lealtad hacia aquellos que nos procuran el bien por encima de cualquier otra cosa. En septiembre, a la vuelta del descanso veraniego, os informaré sobre todo lo que tenga que ver con esta nueva novela: presentaciones, clubs de lectura y demás actos promocionales. 

      Además, para enero tengo previsto sacar una nueva recopilación de artículos de este blog --como ya hice en 2014 con Jungleland 2011-2013-- que llevará el original y sugerente título --nótese el tono irónico, por supuesto-- de Jungleland 2014-2016. De nuevo, será una edición super-limitada de tan solo cincuenta ejemplares. Así que, si lo queréis, deberéis estar muy atentos.

     Para acabar, en algún momento de 2017, si Dios quiere y me manda unas altas dosis de inspiración, tranquilidad y salud, espero tener lista la esperada --por vosotros y también por mí, no lo dudéis-- segunda parte de El Círculo de las Bondades. En ella, por fin, podréis saber cómo acaban las increíbles andanzas de la trabajadora social Irena Sendler en el gueto de Varsovia.

     Todo esto ya vendrá cuando haya de venir. De momento, felices vacaciones y mejores lecturas... 


lunes, 27 de junio de 2016

El sexto animal. Luis Eduardo Aute. Espasa. 2016. Reseña



"el sexto animal luis eduardo aute espasa lo que leo"




     A principios de año se publicó, bajo el título El sexto animal, el sexto libro de poemigas del cantautor, pintor, poeta, dibujante y, por encima de todo, genio Luis Eduardo Aute. Las poemigas son, como él mismo las suele definir, unas migas poéticas, unos juegos de palabras, a veces aforismos, a veces greguerías. Dicho término se acompaña casi siempre de otro muy recurrente en la carrera del artista: animal. De hecho, su primer libro ya se tituló AnimaLuno porque pensó que en el futuro habría más animales --al margen de sus ya célebres Animalhadas--. Además, leída al revés, la palabra resultante es lámina, y Aute suele acompañar a sus escritos de láminas, de dibujos y de otras icognografías, como también él se refiere a sus dibujos o fotos (que de nuevo las hay en este caso concreto).

     Los escritos de Aute, incluyendo las letras de sus canciones, por supuesto, están repletos de juegos de palabras, ironía, mordacidad y crítica. Todo ello, para crear en el público vértigos y descomposturas. Sexo y humor son otros ingredientes clásicos que siempre encontramos en el genio filipino. No en vano, para él, en clave de humor cualquier reflexión es mucho más amplia y profunda. El sexo viene de la mano de las fotos y los dibujos de las páginas centrales de este volumen. Así lo explica él: estaba en un hotel de Puebla, México, y  al meterme en la bañera empecé a mirar los mármoles de la habitación y las vetas insinuaban vaginas muy claramente. A partir de esas imágenes, creó las suyas propias.

     En buena parte de las poemigas se trata el eterno dilema entre Dios y ciencia. Sobre todo en el apartado titulado Dioserías. En Mercápolis, por contra, se centra en temas políticos y económicos, arremetiendo con gran dureza contra el nacionalismo, el capitalismo salvaje, la clase política, las grandes corporaciones y los lobbys. Aute piensa, sin duda, que estamos volviendo al medievo, época dominada por la escasa libertad, los abominables señores feudales, las cruzadas contra el infiel, los alquimistas que intentan convertirlo todo en oro, epidemias fabricadas para enriquecer a las farmacéuticas, etc. En Reflexividades jugando al yo-yo divaga sobre la existencia y la consciencia o no de ella. Lógicamente, no podía faltar una referencia a Descartes. 

     El apartado Tecnopatías critica el uso indiscriminado de internet y las redes sociales, lo cual provoca la pérdida total de nuestra privacidad o, como él dice, la trampa mortal (suicida) más grande de todos los tiempos, a manos de la red de espionaje global. Y en Metapsíquica del Big-Bang nos da su particular visión sobre el universo, su origen y su infinitud. Ite insumisa est pone fin al libro con un par de micropoemas.

     Tras el prólogo del poeta Fernando Beltrán, quien lo califica de gamberro del idioma. Sancho Panza del verso. Quijote hasta el hallazgo, encontramos, para abrir el libro, los apartados Aleadas y Lo que son las cosas, donde escribe sobre la vida, el amor o la iglesia, afirmando sentirse un marciano en este mundo, defendiendo la poesía como medio y forma de vida, criticando al Vaticano de mil y una maneras, repudiando la irracionalidad de demasiados seres humanos y aborreciendo la intolerancia y el fútbol como elemento mediático y alienador de nuestra sociedad.

     Mas no me quiero perder en divagaciones. Reseñar este tipo de libros resulta muy complicado, por lo que creo conveniente dejaros con algunas de las frases de su autor:

     Aprender, aprender, aprender / no para saber más / que el otro / sino para saber más / del otro / u otra / que esa es otra cosa.   

     Qué inútil la vida / sin alguien / que por el hecho de existir / justifique la existencia / del otro.

     El corazón del Universo / deja de latir / no cuando se apaga la vida / sino cuando se apaga el deseo / de amar y de ser amado.

     Creo firmemente / que no soy ateo / ni creyente / ni agnóstico / ni nihilista / ni siquiera / todo lo contrario.

     De todos los millones / de millones de millones de seres / que han habitado, habitan y habitarán / este puto planeta / ¿por qué y para qué coño / me ha tocado / precisamente a mí / este "yo" que me habita... y deshabita / con tantos malos / hábitos?

     Allí donde me quieran / de ese país / seré.

     Pues bien: en España se le quiere. Y mucho. Quizá por eso vino a vivir aquí hace más de sesenta años. Y los que le quedan... si Dios quiere...     
           
     

       

lunes, 6 de junio de 2016

Recuerdos. Ramón Cerdá. Ediciones Sobrepunto. 2009. Reseña





     En el año 2000 Ramón Cerdá escribió su primera novela erótica. La dejó reposar nueve largos años y, en 2009, se decidió a buscar una editorial que la publicase. Ediciones Sobrepunto se encargó de ello finalmente. Recuerdos es un conjunto de relatos que componen en definitiva las memorias de un anciano de 78 años de nombre Camilo que de repente comienza a escribir sus recuerdos, sobre todo de tipo sexual. Encerrado, como él mismo define a su situación, en una residencia de ancianos donde sabe que vivirá hasta el fin de sus días escribir se convierte en su único divertimento y en el mejor de los pasatiempos posibles.

     Camilo es un señor que ha conocido tres esposas a lo largo de su vida. Y a las tres las ha perdido en circunstancias extrañas  y trágicas. Sus escritos no están ordenados cronológicamente sino que son resultado de impulsos atolondrados, por lo que van hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, según sus recuerdos vienen a visitar a su, en apariencia, todavía lúcida mente. A lo largo de las 111 páginas de la novela Camilo explica diversos acontecimientos de su existencia.

     De familia rica, el viejo no ha tenido necesidad de trabajar. Simplemente se ha dedicado a despilfarrar la herencia de sus abuelos. Y, claro, el aburrimiento hace que las personas tomen caminos no siempre sanos. Así, las drogas, el alcohol y su adicción al sexo provocarán que a menudo se vea metido en situaciones que a ojos de los demás pueden parecer perversas: orgías, fiestas eróticas, aventuras en lugares y situaciones insospechadas, etc. Todo por calmar sus más bajas pasiones.

     Su primera mujer, Marta, que también procede de una familia adinerada pero tremendamente religiosa y de tendencias sexuales puritanas, acabará con el tiempo prestándose a todos los depravados instintos de su marido. Tanto que será la mujer a la que más ha querido Camilo, quien guarda muy buenos recuerdos de ella incluso cincuenta años después. Su trágica muerte le acompañará hasta el fin de su vida. Con María, su segunda esposa, vivirá su matrimonio más aburrido e infeliz. Pese a ello, es la única mujer que no ha compartido con otro hombre. Su muerte, mientras dormía, será la más normal de las tres esposas del protagonista.

     Cristina, su tercera y última esposa, cuarenta y cinco años más joven que él, le proporcionará sus mejores momentos sexuales. Pero como mirón, es decir, como mero espectador de sus relaciones con otros hombres. Y es que, con setenta años y a causa de unas extrañas fiebres, Camilo ya no podía mantener ningún tipo de relación sexual. A través de un gran armario - en realidad, un escondite a través del cual podía mirar y deleitarse con las aventuras de su joven mujer -, Camilo no perderá detalle de nada de lo que en su habitación acontece. Incluso será espectador del asesinato de Cristina. Hecho que tampoco podrá olvidar jamás.

     Además de narrar en sus memorias las aventuras y escarceos que va recordando sobre la marcha, Camilo cuenta aspectos del día a día en la residencia. No encaja allí, claro. Acostumbrado a no seguir horarios y a hacer lo que le viniera en gana siempre no se acopla a la vida entre aquellas cuatro paredes. Tampoco al hecho de convivir con enfermos terminales y con viejos y viejas que padecen parkinson, alzheimer y demás dolencias degenerativas e incurables. Por eso, se refugia en sus escritos.

     Lo que más puede extrañar al lector son los contrastes entre las escenas de depravación, masoquismo y degradación personal de muchas de las situaciones -descritas con gran crudeza por parte del protagonista- y los razonamientos tiernos, sensibles y enamoradizos del mismo -Camilo cree estar enamorado de Casilda, una mujer de 66 años que vive también en la residencia-. Tanto es así que, aún a sabiendas de su perversidad, el anciano llega a conmovernos y nos hace sentir impotentes ante su trágico destino: morir solo y abandonado por sus amigos, familiares, etc. 

     Camilo es plenamente consciente de su impotencia sexual. Lo acepta sin remordimientos. Algo muy difícil de comprender. Se limita a recordar sus excesos y a escribir unas memorias a través de las cuales pretende, quizás, expiar sus pecados. Unos pecados que a cualquier otra persona podrían provocarle no poder seguir con su vida pero que a él no parecen importarle demasiado. Máxime cuando su filosofía de vida es que es mejor vivir cincuenta años sin privaciones que jodido durante ochenta.        

     Como buen escritor de thrillers que es Ramón Cerdá, también en Recuerdos llegamos a un desenlace inesperado que nos deja con la boca abierta. Porque con un autor como él las apariencias engañan y a veces las cosas no son como en un principio parecen. Pero para saber la verdad, por supuesto, hay que llegar hasta el final de una novela que, debido a su longitud, se puede leer perfectamente en una mañana o en una tarde.   

         
                

lunes, 16 de mayo de 2016

Y Springsteen tomó el Camp Nou (14-05-2016)





     Han pasado casi 48 horas desde la mágica noche --y van siendo ya innumerables-- que Springsteen regaló a las casi setenta mil almas entregadas a él y a la E Street Band en un Camp Nou que fue un clamor durante las tres horas y media de show. En la mente de los asistentes, entre los que afortunadamente me incluyo, se agolpan tantos sentimientos y recuerdos que resulta prácticamente imposible escribir una crónica de todo lo que allí aconteció en una noche histórica.

     Bruce es para millones de personas en todo el mundo como un familiar muy especial que vive muy lejos y solo viene a vernos de vez en cuando. Como la familia es tan amplia, casi nunca viene a nuestra ciudad, por lo que hemos de tomar un avión, tren, autobús o nuestro propio coche para poder ir a visitarlo durante unas horas. Centenares o miles de kilómetros para pasar con él una noche que, aparte de agradable, resulta siempre única e irrepetible. Porque Bruce no ha hecho jamás dos conciertos iguales. Porque, consciente de que muchos de los que una noche cualquiera van a verle quizá no repitan, piensa que deben guardar para siempre esa noche en su memoria, por lo que no duda en hacer de cada concierto algo especial e imborrable.
   
     Lo peculiar y lo que hace de él quien es a día de hoy es que, a diferencia de la gran mayoría de artistas de todo tipo, le encantan los baños de masas no para engrandecer su ego, sino para hacer mucho más grande a cada una de las individualidades que forman esas masas. Porque el Boss es una arma de destrucción masiva que aniquila las depresiones e impurezas de las almas de quienes van a sus conciertos. De ellos sale uno revitalizado en el plano espiritual y anímico. Que no físico. Porque un fan entregado a la causa, que canta, grita, hace palmas y da saltos durante tantas horas seguidas sale del recinto como si le hubiera pasado por encima un camión. Y tarda incluso días en recuperarse de tan gran esfuerzo. Y quienes soléis ir a verlo de vez en cuando sabéis que no exagero un ápice. Sé perfectamente de lo que hablo.

     Y, llegado a este punto, he de hacerle un reproche a Bruce. No sé si alguien se lo habrá hecho ya, aunque no creo que sea yo el primero. Alguien debe decirle a este señor que sus conciertos deberían durar un par de horas. Como los de los Rolling Stones, U2, Coldplay o ACDC, por ejemplo. Porque él, que sin duda ha hallado la pócima secreta de la eterna juventud, no envejece, peros sus seguidores sí. Él aguanta sus tres horas y media de show como si nada, pero nosotros no. Nos cansamos mucho y cada vez nos cuesta más retornar a la normalidad. Él, que tanto respeta a cada uno de sus fans, debería pensar también en su salud. No en la suya, por supuesto, sino en la nuestra.

     No es saludable que, tras casi tres horas de concierto, estos tíos toquen seguidas Born in the USA, Born to run, Dancing in the dark y Tenth Avenue freeze-out. Menos todavía que, a renglón seguido, y cuando parece que todo ha terminado por fin, se arranquen con unos impresionantes e interminables Shout, Bobby Jean y Twist and shout. Porque servidor, cuando media hora antes tocaron The rising, se sentía ya con ganas de un Demolition (suponiendo que tuviera una canción con semejante título, a buen seguro la habría tocado también).

     Dicho esto --en tono irónico, o quizá no tanto--, el concierto, que incluyó hasta 36 canciones de todas las épocas del artista y la banda, tuvo momentos que permanecerán en las retinas y en los oídos de todos nosotros: desde las notas más rockeras --Badlands, My love will not let you down, I wanna be with you, Ramrod, Prove it all night o Because the night-- hasta las indispensables baladas --I wanna marry you, The river, Pointblank, The price you pay, Drive all night o Thunder road--, pasando por los ya clásicos himnos generacionales --No surrender, Hungry heart, Out in the street o The promised land--. 

     Otros momentos emotivos de la noche fueron la interpretación del mítico Purple rain del recientemente fallecido Prince --con un magnífico solo de guitarra de Nils Lofgren y la emocionada voz de Bruce--, que abrió los bises; las tradicionales peticiones, con Glory days y I´m going down a la cabeza; y el apoteósico final, con las ya mencionadas versiones de los Beatles. Todo ello, sin olvidar las canciones del álbum The river, con protagonismo, además de las ya reseñadas, de The ties that bind, Sherry darling, Jackson cage o Two hearts, interpretadas seguidas en las primeras posiciones del set list.

     El Barça, que acababa de ganar la Liga de fútbol, no pudo celebrarlo en su estadio. Lo cual no significa que no hubiera en él una gran fiesta. Es más, para los seguidores culés del Boss, sin duda, fue la fiesta perfecta. Y, por supuesto, a los no culés no nos importó unirnos a ella. En absoluto. Y es que el Boss es capaz de unir a culés, pericos, merengues y atléticos. La fuerza del rock and roll hermana a gente a priori irreconciliable. La de Springsteen, más si cabe. La imagen del Boss saludando desde la escalerilla de salida del escenario, guitarra alzada en mano incluida, justo antes de desaparecer, me hace realizar una petición a quien corresponda: por favor, que no sea la última vez que podamos ver a este tan querido familiar... ¡Vuelve pronto, tío Bruce!



                     

lunes, 9 de mayo de 2016

La Torre de los Siete Jorobados. Emilio Carrere. Valdemar. 2015. Reseña





     Hace casi un siglo, en 1920, un periodista y escritor madrileño, Emilio Carrere, desconocido por la mayoría de lectores, escribió un relato sobrenatural titulado La Torre de los Siete Jorobados que el año pasado fue reeditado por Valdemar. La narración, que sigue la línea del mejor Edgar Alan Poe en lo fantástico y de Walter Scott en lo aventurero, se ha convertido en un clásico del género gótico. En parte, gracias a la película homónima, dirigida por Edgar Neville en 1944. En las siguientes líneas expondré detalles de la obra e historias poco conocidas --o totalmente desconocidas-- respecto al autor y las circunstancias que ocasionaron la escritura de la novela tal y como es conocida en la actualidad.

     Huérfano de madre al mes de su nacimiento y abandonado en primera instancia por su padre, Carrere fue criado por su abuela hasta que esta enfermó y su padre volvió a ocuparse de él. Estas circunstancias marcarían para siempre el carácter de un niño que hubo de vivir a base de imaginación y fantasía para superar una realidad tan difícil de aceptar a tan temprana edad. Bajo la influencia de los poetas malditos franceses (Verlaine, Rimbaud y compañía), se dedicó a la vida bohemia --gracias a la jugosa herencia recibida a la muerte de su padre--, frecuentando cafés nocturnos y casas de mala reputación social. Experto en temas de ocultismo, viajes astrales y todo lo referido a lo sobrenatural, su obra supuso en su momento una ruptura con lo que era tradicional en la literatura española de principios de siglo XX.

     La Torre de los Siete Jorobados fue su obra más reconocida. Y también la más polémica. Pero no solo por su temática, en un contexto nada dado a este tipo de excentricidades, sino porque, según diversos estudios, como el de Jesús Palacios, autor del prólogo de esta misma edición, no toda la obra sería de su autoría. Palacios asegura que Carrere habría escrito los primeros y los últimos capítulos, dejando plantado a su editor a medio trabajo. El editor, encantado con lo leído, decidió buscar a otro autor que se encargara de terminar el trabajo. Y todo apunta a que ese autor fue Jesús de Aragón, coetáneo de Carrere y también experto en obras de aventura y fantasía. Según Palacios, De Aragón estudió milimétricamente la obra de Carrere y no solo terminó La Torre de los Siete Jorobados sino que aprovechó las enseñanzas recibidas de su estudio para su propio provecho, pues escribió otras novelas similares que tuvieron cierto éxito en la época.

     Sea como sea, ni el editor ni Carrere ni de Aragón reconocieron jamás la verdad sobre la escritura de esta novela. Lo cual hace todavía más misteriosa la concepción de una obra ya de por sí intrigante. Y es que en La Torre de los Siete Jorobados encontramos asesinatos misteriosos, aparecidos, fantasmas, luchas en el medio astral entre voluntades opuestas, una banda de extraños jorobados delincuentes, sabios locos casi de atar y hasta una ciudad desconocida en el Madrid de principios de siglo XX. Todo ello, fruto de una imaginación --o, según parece, dos imaginaciones-- sin fin. 

     El protagonista principal de la historia es Basilio, una especie de alter ego del propio Carrere que, como él, frecuenta lugares extraños y vive una vida bohemia y despreocupada. El doctor Catafalco, un ser al que solo él ve, le persigue por la ciudad y sus tugurios hasta conseguir que Basilio le prometa que esclarecerá su extraño asesinato, sucedido una década atrás. Y ahí comienza lo emocionante de la novela: investigaciones, otras apariciones, jorobados, peligros y gran cantidad de entuertos que solucionar.

     A Basilio le acompañarán en sus pesquisas un periodista y un investigador privado, cada uno de ellos con sus rarezas, manías y majaderías. Hasta el punto de que el lector llega a sonreír en diversos pasajes no exentos de cierto humor, más o menos refinado. No obstante, también llegará a sentir opresión en el corazón, sobre todo en las escenas desarrolladas en las largas y oscuras galerías subterráneas que parecen no tener fin ni (lo más inquietante de todo) salida a la superficie. Lo cual se completa con las persecuciones y tiroteos con la banda de jorobados, dispuestos a no dejar que sus secretos sean descubiertos.

     En la novela asistimos a ritos satánicos e iniciáticos, a conjuras casi medievales, a robos, secuestros y asesinatos imposibles de resolver y a escalofriantes apariciones. Es decir, que contiene todos los ingredientes necesarios para atrapar al lector hasta la última página. Es muy de agradecer que editoriales como Valdemar apuesten por recuperar estos clásicos que, pese a estar prácticamente olvidados, todavía hacen las delicias de los amantes del género fantástico y de aventuras. 

                 

lunes, 2 de mayo de 2016

La mediadora. Jesús Sánchez Adalid. Ediciones Martínez Roca. 2015. Reseña





     Jesús Sánchez Adalid me ha sorprendido con un cambio de registro absolutamente inesperado. Cuando me enteré, allá por el mes de marzo del pasado 2015, de que había ganado el VI Premio Abogados de Novela con una obra tan alejada a lo que nos tiene tan bien acostumbrados me quedé boquiabierto. No por nada: simplemente por ese giro tan repentino e impredecible. Porque que es un gran escritor es algo fuera de toda duda. Que sus novelas históricas son todo un éxito -y muy merecido, por cierto-, es de dominio público. Y que el autor es cura y abogado y que ejerció incluso como juez -aspectos, quizás, menos conocidos por el amplio público- lo instruían de sobra para abordar una obra como esta. Lo que servidor no esperaba era que se atreviera a abandonar por un tiempo su brillante carrera como novelista histórico para adentrarse en temas tan delicados. Y actuales.

     La novela introduce un aspecto jurídico que puede ser desconocido por la mayoría de la gente: la figura del mediador como herramienta de resolución de conflictos familiares: separaciones, divorcios, rupturas de parejas de hecho, custodia de hijos, decisiones sobre la patria potestad, modificación de medidas, liquidación del régimen económico matrimonial, ejecución de resoluciones judiciales, etc. Un mecanismo alternativo de resolución pacífica de los conflictos que para nada busca suplantar al sistema judicial sino, más bien, ayudarlo. Y todo, sobre la que debe ser de manera inexcusable la base del proceso: el restablecimiento de la comunicación entre los litigantes. Lo cual, obviamente, debe ser algo voluntario por ambas partes.

     La mediación familiar es algo todavía novedoso en el sistema judicial español. No le faltan detractores y defensores. Pero, como queda claro en la novela, cuenta con las enormes ventajas de ser ejercida por grandes profesionales que tienen los pies en el suelo y que dan a conocer a las partes las ventajas de una solución pacífica y consensuada. En un mundo como el actual, en el que todos conocemos casos como el de Mavi y Agustín, protagonistas del libro junto a Marga, la mediadora, se hace necesario contar con este tipo de gestión de conflictos.

     Mavi y Agustín formaban un matrimonio nada convencional: ella, ex jueza reconvertida en exitosa escritora de bestsellers de misterio, vive la mitad del tiempo en Madrid, donde afirma poder documentarse y concentrarse de manera conveniente para la escritura de sus novelas; él, aparejador venido a menos a causa de la crisis del ladrillo y amo de casa, pues se hace cargo de la misma y de las dos hijas del matrimonio, vive en Cáceres. La cuestión es que Mavi, que se mueve en círculos sociales mucho más amplios, conoce a otro hombre en Madrid y se enamora de él, decidiendo poner fin a un matrimonio que ha durado más de un cuarto de siglo. 

     Agustín -que sigue perdidamente enamorado de Mavi- se queda, de un plumazo, sin casa, sin su estudio de aparejador (situado en una de las habitaciones del domicilio matrimonial), sin hijas y con la obligación de pasar a su hija pequeña una pensión de manutención de 300 euros mensuales. Sin trabajo y debiendo pagar el alquiler de su nuevo lugar de residencia y la pensión de su pequeña se desespera al verse objeto de una gran injusticia. Una injusticia que le provoca mayor indignación al comprobar que los jueces no atienden a sus sucesivas reclamaciones. Su abogado, en vista de su situación personal y judicial, decide poner el caso en manos de Marga, mediadora familiar que da título a la novela.

     Desde sus primeras páginas la historia de Agustín y Mavi atrapa al lector. Con un lenguaje claro y conciso, cercano y a la vez alejado a lo habitual en Sánchez Adalid, este nos desgrana los acontecimientos que han llevado al matrimonio a una situación sin salida. La primera parte -Voy detrás de ti- describe la humillación e indignación de Agustín y el estado de las cosas. En la segunda -Cuando todo cambia- se centra en la vida de Mavi en Madrid y en esa nueva relación que pone fin a su matrimonio. La tercera -La vida- narra la historia en común de la pareja, así como el último viaje juntos a Grecia. La cuarta y última parte -El tiempo ganado- hace referencia a la resolución de la historia, algo que, por razones obvias, no contaré aquí.

     Uno de los fuertes de este autor es que maneja perfectamente la psicología de los personajes de sus novelas. Aspecto que cobra mayor importancia si cabe en una historia como esta. Agustín, Mavi y Marga se nos presentan de una manera que es imposible no verse reflejado en ellos. Con sus virtudes y defectos, son tan humanos y cercanos que nos hacen sentir lo mismo que ellos en cada una de las escenas. Sus incertidumbres, sus desconciertos, sus fracasos y sus pequeños ataques de locura son también los nuestros durante las 270 páginas de la novela. Y ello se debe, sin duda, a la buena mano del autor a la hora de presentarnos a sus personajes.

       La historia de La mediadora es la de un cada vez mayor número de matrimonios rotos, hundidos y fracasados. También la de una sociedad y toda una generación que probablemente no estaba preparada para afrontar tantos y tan profundos cambios. Y, ante todo, la mirada lúcida y esperanzadora de un autor que además es abogado y párroco. Como él bien dice en su nota final, esta historia se la debe a quienes me han contado, generosamente, sus propias experiencias vitales. Debe ser un lujo tener un confesor así. Porque Sánchez Adalid ha demostrado de nuevo que, además de saber escuchar a sus feligreses, escribe como los ángeles.