jueves, 30 de junio de 2016

Recomendaciones veraniegas del 2016. Mis próximos proyectos literarios para el mes de septiembre y el 2017



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     Como cada año, justo antes de las esperadísimas vacaciones estivales --afortunado quien las tenga--, aprovecho para recomendar a los lectores de este blog las lecturas que más me han gustado en estos primeros seis meses del año. Como siempre, incluyo libros que no son precisamente novedades literarias. Simplemente, forman parte de la lista los que más han llamado mi atención. Aunque algunas de las obras tengan más de medio siglo --o más incluso--. Esta es la lista:

10. Recuerdos. Ramón Cerdá. El escritor de Ontinyent, especializado en el género negro o thriller, también ha escrito un par de novelas eróticas. Esta es una de ellas. Ideal para una mañana o una tarde suelta, se lee del tirón y es corta pero divertida. 

9. La torre de los siete jorobados. Emilio Carrere. Una de esas rarezas desconocidas que cae en tus manos por una recomendación que intuyes has de seguir. No defrauda en absoluto. Aventuras, ciencia ficción y altas dosis de emoción de la mano del que fuera considerado el Julio Verne español

8. Firmin. Sam Savage. Me encantan los libros que buscan fomentar el amor por la lectura. Firmin es una ratita de librería muy entrañable y también una extraordinaria lectora. Referencias continuas a los grandes clásicos de todos los tiempos amenizan la trágica historia y vida de una protagonista muy original.

7. La mediadora. Jesús Sánchez Adalid. Cuando un escritor se sale de su ámbito temático y lo borda de nuevo debe recibir un gran aplauso. Este monstruo de la novela histórica medieval y moderna nos presenta aquí una figura --la de la mediadora-- cada vez más importante en los tiempos que corren.

6. La tierra que pisamos. Jesús Carrasco. La segunda novela de este extremeño afincado en Sevilla, pese a no alcanzar las altísimas cotas de su primera obra, vuelve a emocionarnos con una historia sobre un desarrapado que entra en la vida de una mujer incapaz de apartarlo a pesar a sus múltiples extrañezas.

5. El peso de los muertos. Víctor del Árbol. La primera obra de un escritor plenamente consolidado en el panorama español y europeo. Publicada hace diez años por Castalia y reeditada ¡por fin! hace muy pocas semanas por Alrevés Editorial, anticipaba lo que estaba por venir: un fenómeno literario de alto voltaje.

4. Lo que el hielo atrapa. Bruno Nievas. El escritor almeriense cambia también de registro para ofrecernos la escalofriante pero muy humana historia de Ernest Shackleton, uno de los primeros expedicionarios del continente helado. Te puedo asegurar una cosa: pasarás frío aunque la leas en pleno verano.

3. El tambor de hojalata. Günter Grass. Un clásico de un escritor inmortal. Una obra maestra del siglo XX. Una historia imprescindible para conocer la Alemania y la Polonia de antes, durante y después de la II Guerra Mundial. Un lujo que nadie debería perderse. Su protagonista te irritará y te conmoverá por igual. 

2. La víspera de casi todo. Víctor del Árbol. La confirmación definitiva de uno de los grandes escritores españoles contemporáneos. Desgarradora novela sobre el dolor no superado que le valió el Premio Nadal. No supera a su antecesora, Un millón de gotas, ni falta que le hace. Y es que lo imposible es imposible.

1. Tengo en mí todos los sueños del mundo. Jorge Díaz. El guionista y escritor alicantino-portugués nos sumerge --nunca mejor dicho-- en algunas de las intra-historias de la verdadera historia --valga la redundancia-- del buque tristemente conocido como el Titanic español, hundido hace un siglo frente a las costas brasileñas. Altamente recomendable. Eso sí: ¡ni se te ocurra leerla si vas a ir de crucero!


     Jungleland se despide de sus seguidores hasta septiembre. Un mes muy importante para mí, ya que lanzaré, por fin, mi tercera novela. Titulada Primera mujer, primer amor, trata sobre el amor primerizo, el psicoanálisis, las ansias por alcanzar una vida mejor, la capacidad de sufrimiento de las personas y la lealtad hacia aquellos que nos procuran el bien por encima de cualquier otra cosa. En septiembre, a la vuelta del descanso veraniego, os informaré sobre todo lo que tenga que ver con esta nueva novela: presentaciones, clubs de lectura y demás actos promocionales. 

      Además, para enero tengo previsto sacar una nueva recopilación de artículos de este blog --como ya hice en 2014 con Jungleland 2011-2013-- que llevará el original y sugerente título --nótese el tono irónico, por supuesto-- de Jungleland 2014-2016. De nuevo, será una edición super-limitada de tan solo cincuenta ejemplares. Así que, si lo queréis, deberéis estar muy atentos.

     Para acabar, en algún momento de 2017, si Dios quiere y me manda unas altas dosis de inspiración, tranquilidad y salud, espero tener lista la esperada --por vosotros y también por mí, no lo dudéis-- segunda parte de El Círculo de las Bondades. En ella, por fin, podréis saber cómo acaban las increíbles andanzas de la trabajadora social Irena Sendler en el gueto de Varsovia.

     Todo esto ya vendrá cuando haya de venir. De momento, felices vacaciones y mejores lecturas... 


lunes, 27 de junio de 2016

El sexto animal. Luis Eduardo Aute. Espasa. 2016. Reseña



"el sexto animal luis eduardo aute espasa lo que leo"




     A principios de año se publicó, bajo el título El sexto animal, el sexto libro de poemigas del cantautor, pintor, poeta, dibujante y, por encima de todo, genio Luis Eduardo Aute. Las poemigas son, como él mismo las suele definir, unas migas poéticas, unos juegos de palabras, a veces aforismos, a veces greguerías. Dicho término se acompaña casi siempre de otro muy recurrente en la carrera del artista: animal. De hecho, su primer libro ya se tituló AnimaLuno porque pensó que en el futuro habría más animales --al margen de sus ya célebres Animalhadas--. Además, leída al revés, la palabra resultante es lámina, y Aute suele acompañar a sus escritos de láminas, de dibujos y de otras icognografías, como también él se refiere a sus dibujos o fotos (que de nuevo las hay en este caso concreto).

     Los escritos de Aute, incluyendo las letras de sus canciones, por supuesto, están repletos de juegos de palabras, ironía, mordacidad y crítica. Todo ello, para crear en el público vértigos y descomposturas. Sexo y humor son otros ingredientes clásicos que siempre encontramos en el genio filipino. No en vano, para él, en clave de humor cualquier reflexión es mucho más amplia y profunda. El sexo viene de la mano de las fotos y los dibujos de las páginas centrales de este volumen. Así lo explica él: estaba en un hotel de Puebla, México, y  al meterme en la bañera empecé a mirar los mármoles de la habitación y las vetas insinuaban vaginas muy claramente. A partir de esas imágenes, creó las suyas propias.

     En buena parte de las poemigas se trata el eterno dilema entre Dios y ciencia. Sobre todo en el apartado titulado Dioserías. En Mercápolis, por contra, se centra en temas políticos y económicos, arremetiendo con gran dureza contra el nacionalismo, el capitalismo salvaje, la clase política, las grandes corporaciones y los lobbys. Aute piensa, sin duda, que estamos volviendo al medievo, época dominada por la escasa libertad, los abominables señores feudales, las cruzadas contra el infiel, los alquimistas que intentan convertirlo todo en oro, epidemias fabricadas para enriquecer a las farmacéuticas, etc. En Reflexividades jugando al yo-yo divaga sobre la existencia y la consciencia o no de ella. Lógicamente, no podía faltar una referencia a Descartes. 

     El apartado Tecnopatías critica el uso indiscriminado de internet y las redes sociales, lo cual provoca la pérdida total de nuestra privacidad o, como él dice, la trampa mortal (suicida) más grande de todos los tiempos, a manos de la red de espionaje global. Y en Metapsíquica del Big-Bang nos da su particular visión sobre el universo, su origen y su infinitud. Ite insumisa est pone fin al libro con un par de micropoemas.

     Tras el prólogo del poeta Fernando Beltrán, quien lo califica de gamberro del idioma. Sancho Panza del verso. Quijote hasta el hallazgo, encontramos, para abrir el libro, los apartados Aleadas y Lo que son las cosas, donde escribe sobre la vida, el amor o la iglesia, afirmando sentirse un marciano en este mundo, defendiendo la poesía como medio y forma de vida, criticando al Vaticano de mil y una maneras, repudiando la irracionalidad de demasiados seres humanos y aborreciendo la intolerancia y el fútbol como elemento mediático y alienador de nuestra sociedad.

     Mas no me quiero perder en divagaciones. Reseñar este tipo de libros resulta muy complicado, por lo que creo conveniente dejaros con algunas de las frases de su autor:

     Aprender, aprender, aprender / no para saber más / que el otro / sino para saber más / del otro / u otra / que esa es otra cosa.   

     Qué inútil la vida / sin alguien / que por el hecho de existir / justifique la existencia / del otro.

     El corazón del Universo / deja de latir / no cuando se apaga la vida / sino cuando se apaga el deseo / de amar y de ser amado.

     Creo firmemente / que no soy ateo / ni creyente / ni agnóstico / ni nihilista / ni siquiera / todo lo contrario.

     De todos los millones / de millones de millones de seres / que han habitado, habitan y habitarán / este puto planeta / ¿por qué y para qué coño / me ha tocado / precisamente a mí / este "yo" que me habita... y deshabita / con tantos malos / hábitos?

     Allí donde me quieran / de ese país / seré.

     Pues bien: en España se le quiere. Y mucho. Quizá por eso vino a vivir aquí hace más de sesenta años. Y los que le quedan... si Dios quiere...     
           
     

       

lunes, 6 de junio de 2016

Recuerdos. Ramón Cerdá. Ediciones Sobrepunto. 2009. Reseña





     En el año 2000 Ramón Cerdá escribió su primera novela erótica. La dejó reposar nueve largos años y, en 2009, se decidió a buscar una editorial que la publicase. Ediciones Sobrepunto se encargó de ello finalmente. Recuerdos es un conjunto de relatos que componen en definitiva las memorias de un anciano de 78 años de nombre Camilo que de repente comienza a escribir sus recuerdos, sobre todo de tipo sexual. Encerrado, como él mismo define a su situación, en una residencia de ancianos donde sabe que vivirá hasta el fin de sus días escribir se convierte en su único divertimento y en el mejor de los pasatiempos posibles.

     Camilo es un señor que ha conocido tres esposas a lo largo de su vida. Y a las tres las ha perdido en circunstancias extrañas  y trágicas. Sus escritos no están ordenados cronológicamente sino que son resultado de impulsos atolondrados, por lo que van hacia adelante y hacia atrás en el tiempo, según sus recuerdos vienen a visitar a su, en apariencia, todavía lúcida mente. A lo largo de las 111 páginas de la novela Camilo explica diversos acontecimientos de su existencia.

     De familia rica, el viejo no ha tenido necesidad de trabajar. Simplemente se ha dedicado a despilfarrar la herencia de sus abuelos. Y, claro, el aburrimiento hace que las personas tomen caminos no siempre sanos. Así, las drogas, el alcohol y su adicción al sexo provocarán que a menudo se vea metido en situaciones que a ojos de los demás pueden parecer perversas: orgías, fiestas eróticas, aventuras en lugares y situaciones insospechadas, etc. Todo por calmar sus más bajas pasiones.

     Su primera mujer, Marta, que también procede de una familia adinerada pero tremendamente religiosa y de tendencias sexuales puritanas, acabará con el tiempo prestándose a todos los depravados instintos de su marido. Tanto que será la mujer a la que más ha querido Camilo, quien guarda muy buenos recuerdos de ella incluso cincuenta años después. Su trágica muerte le acompañará hasta el fin de su vida. Con María, su segunda esposa, vivirá su matrimonio más aburrido e infeliz. Pese a ello, es la única mujer que no ha compartido con otro hombre. Su muerte, mientras dormía, será la más normal de las tres esposas del protagonista.

     Cristina, su tercera y última esposa, cuarenta y cinco años más joven que él, le proporcionará sus mejores momentos sexuales. Pero como mirón, es decir, como mero espectador de sus relaciones con otros hombres. Y es que, con setenta años y a causa de unas extrañas fiebres, Camilo ya no podía mantener ningún tipo de relación sexual. A través de un gran armario - en realidad, un escondite a través del cual podía mirar y deleitarse con las aventuras de su joven mujer -, Camilo no perderá detalle de nada de lo que en su habitación acontece. Incluso será espectador del asesinato de Cristina. Hecho que tampoco podrá olvidar jamás.

     Además de narrar en sus memorias las aventuras y escarceos que va recordando sobre la marcha, Camilo cuenta aspectos del día a día en la residencia. No encaja allí, claro. Acostumbrado a no seguir horarios y a hacer lo que le viniera en gana siempre no se acopla a la vida entre aquellas cuatro paredes. Tampoco al hecho de convivir con enfermos terminales y con viejos y viejas que padecen parkinson, alzheimer y demás dolencias degenerativas e incurables. Por eso, se refugia en sus escritos.

     Lo que más puede extrañar al lector son los contrastes entre las escenas de depravación, masoquismo y degradación personal de muchas de las situaciones -descritas con gran crudeza por parte del protagonista- y los razonamientos tiernos, sensibles y enamoradizos del mismo -Camilo cree estar enamorado de Casilda, una mujer de 66 años que vive también en la residencia-. Tanto es así que, aún a sabiendas de su perversidad, el anciano llega a conmovernos y nos hace sentir impotentes ante su trágico destino: morir solo y abandonado por sus amigos, familiares, etc. 

     Camilo es plenamente consciente de su impotencia sexual. Lo acepta sin remordimientos. Algo muy difícil de comprender. Se limita a recordar sus excesos y a escribir unas memorias a través de las cuales pretende, quizás, expiar sus pecados. Unos pecados que a cualquier otra persona podrían provocarle no poder seguir con su vida pero que a él no parecen importarle demasiado. Máxime cuando su filosofía de vida es que es mejor vivir cincuenta años sin privaciones que jodido durante ochenta.        

     Como buen escritor de thrillers que es Ramón Cerdá, también en Recuerdos llegamos a un desenlace inesperado que nos deja con la boca abierta. Porque con un autor como él las apariencias engañan y a veces las cosas no son como en un principio parecen. Pero para saber la verdad, por supuesto, hay que llegar hasta el final de una novela que, debido a su longitud, se puede leer perfectamente en una mañana o en una tarde.   

         
                

lunes, 16 de mayo de 2016

Y Springsteen tomó el Camp Nou (14-05-2016)





     Han pasado casi 48 horas desde la mágica noche --y van siendo ya innumerables-- que Springsteen regaló a las casi setenta mil almas entregadas a él y a la E Street Band en un Camp Nou que fue un clamor durante las tres horas y media de show. En la mente de los asistentes, entre los que afortunadamente me incluyo, se agolpan tantos sentimientos y recuerdos que resulta prácticamente imposible escribir una crónica de todo lo que allí aconteció en una noche histórica.

     Bruce es para millones de personas en todo el mundo como un familiar muy especial que vive muy lejos y solo viene a vernos de vez en cuando. Como la familia es tan amplia, casi nunca viene a nuestra ciudad, por lo que hemos de tomar un avión, tren, autobús o nuestro propio coche para poder ir a visitarlo durante unas horas. Centenares o miles de kilómetros para pasar con él una noche que, aparte de agradable, resulta siempre única e irrepetible. Porque Bruce no ha hecho jamás dos conciertos iguales. Porque, consciente de que muchos de los que una noche cualquiera van a verle quizá no repitan, piensa que deben guardar para siempre esa noche en su memoria, por lo que no duda en hacer de cada concierto algo especial e imborrable.
   
     Lo peculiar y lo que hace de él quien es a día de hoy es que, a diferencia de la gran mayoría de artistas de todo tipo, le encantan los baños de masas no para engrandecer su ego, sino para hacer mucho más grande a cada una de las individualidades que forman esas masas. Porque el Boss es una arma de destrucción masiva que aniquila las depresiones e impurezas de las almas de quienes van a sus conciertos. De ellos sale uno revitalizado en el plano espiritual y anímico. Que no físico. Porque un fan entregado a la causa, que canta, grita, hace palmas y da saltos durante tantas horas seguidas sale del recinto como si le hubiera pasado por encima un camión. Y tarda incluso días en recuperarse de tan gran esfuerzo. Y quienes soléis ir a verlo de vez en cuando sabéis que no exagero un ápice. Sé perfectamente de lo que hablo.

     Y, llegado a este punto, he de hacerle un reproche a Bruce. No sé si alguien se lo habrá hecho ya, aunque no creo que sea yo el primero. Alguien debe decirle a este señor que sus conciertos deberían durar un par de horas. Como los de los Rolling Stones, U2, Coldplay o ACDC, por ejemplo. Porque él, que sin duda ha hallado la pócima secreta de la eterna juventud, no envejece, peros sus seguidores sí. Él aguanta sus tres horas y media de show como si nada, pero nosotros no. Nos cansamos mucho y cada vez nos cuesta más retornar a la normalidad. Él, que tanto respeta a cada uno de sus fans, debería pensar también en su salud. No en la suya, por supuesto, sino en la nuestra.

     No es saludable que, tras casi tres horas de concierto, estos tíos toquen seguidas Born in the USA, Born to run, Dancing in the dark y Tenth Avenue freeze-out. Menos todavía que, a renglón seguido, y cuando parece que todo ha terminado por fin, se arranquen con unos impresionantes e interminables Shout, Bobby Jean y Twist and shout. Porque servidor, cuando media hora antes tocaron The rising, se sentía ya con ganas de un Demolition (suponiendo que tuviera una canción con semejante título, a buen seguro la habría tocado también).

     Dicho esto --en tono irónico, o quizá no tanto--, el concierto, que incluyó hasta 36 canciones de todas las épocas del artista y la banda, tuvo momentos que permanecerán en las retinas y en los oídos de todos nosotros: desde las notas más rockeras --Badlands, My love will not let you down, I wanna be with you, Ramrod, Prove it all night o Because the night-- hasta las indispensables baladas --I wanna marry you, The river, Pointblank, The price you pay, Drive all night o Thunder road--, pasando por los ya clásicos himnos generacionales --No surrender, Hungry heart, Out in the street o The promised land--. 

     Otros momentos emotivos de la noche fueron la interpretación del mítico Purple rain del recientemente fallecido Prince --con un magnífico solo de guitarra de Nils Lofgren y la emocionada voz de Bruce--, que abrió los bises; las tradicionales peticiones, con Glory days y I´m going down a la cabeza; y el apoteósico final, con las ya mencionadas versiones de los Beatles. Todo ello, sin olvidar las canciones del álbum The river, con protagonismo, además de las ya reseñadas, de The ties that bind, Sherry darling, Jackson cage o Two hearts, interpretadas seguidas en las primeras posiciones del set list.

     El Barça, que acababa de ganar la Liga de fútbol, no pudo celebrarlo en su estadio. Lo cual no significa que no hubiera en él una gran fiesta. Es más, para los seguidores culés del Boss, sin duda, fue la fiesta perfecta. Y, por supuesto, a los no culés no nos importó unirnos a ella. En absoluto. Y es que el Boss es capaz de unir a culés, pericos, merengues y atléticos. La fuerza del rock and roll hermana a gente a priori irreconciliable. La de Springsteen, más si cabe. La imagen del Boss saludando desde la escalerilla de salida del escenario, guitarra alzada en mano incluida, justo antes de desaparecer, me hace realizar una petición a quien corresponda: por favor, que no sea la última vez que podamos ver a este tan querido familiar... ¡Vuelve pronto, tío Bruce!



                     

lunes, 9 de mayo de 2016

La Torre de los Siete Jorobados. Emilio Carrere. Valdemar. 2015. Reseña





     Hace casi un siglo, en 1920, un periodista y escritor madrileño, Emilio Carrere, desconocido por la mayoría de lectores, escribió un relato sobrenatural titulado La Torre de los Siete Jorobados que el año pasado fue reeditado por Valdemar. La narración, que sigue la línea del mejor Edgar Alan Poe en lo fantástico y de Walter Scott en lo aventurero, se ha convertido en un clásico del género gótico. En parte, gracias a la película homónima, dirigida por Edgar Neville en 1944. En las siguientes líneas expondré detalles de la obra e historias poco conocidas --o totalmente desconocidas-- respecto al autor y las circunstancias que ocasionaron la escritura de la novela tal y como es conocida en la actualidad.

     Huérfano de madre al mes de su nacimiento y abandonado en primera instancia por su padre, Carrere fue criado por su abuela hasta que esta enfermó y su padre volvió a ocuparse de él. Estas circunstancias marcarían para siempre el carácter de un niño que hubo de vivir a base de imaginación y fantasía para superar una realidad tan difícil de aceptar a tan temprana edad. Bajo la influencia de los poetas malditos franceses (Verlaine, Rimbaud y compañía), se dedicó a la vida bohemia --gracias a la jugosa herencia recibida a la muerte de su padre--, frecuentando cafés nocturnos y casas de mala reputación social. Experto en temas de ocultismo, viajes astrales y todo lo referido a lo sobrenatural, su obra supuso en su momento una ruptura con lo que era tradicional en la literatura española de principios de siglo XX.

     La Torre de los Siete Jorobados fue su obra más reconocida. Y también la más polémica. Pero no solo por su temática, en un contexto nada dado a este tipo de excentricidades, sino porque, según diversos estudios, como el de Jesús Palacios, autor del prólogo de esta misma edición, no toda la obra sería de su autoría. Palacios asegura que Carrere habría escrito los primeros y los últimos capítulos, dejando plantado a su editor a medio trabajo. El editor, encantado con lo leído, decidió buscar a otro autor que se encargara de terminar el trabajo. Y todo apunta a que ese autor fue Jesús de Aragón, coetáneo de Carrere y también experto en obras de aventura y fantasía. Según Palacios, De Aragón estudió milimétricamente la obra de Carrere y no solo terminó La Torre de los Siete Jorobados sino que aprovechó las enseñanzas recibidas de su estudio para su propio provecho, pues escribió otras novelas similares que tuvieron cierto éxito en la época.

     Sea como sea, ni el editor ni Carrere ni de Aragón reconocieron jamás la verdad sobre la escritura de esta novela. Lo cual hace todavía más misteriosa la concepción de una obra ya de por sí intrigante. Y es que en La Torre de los Siete Jorobados encontramos asesinatos misteriosos, aparecidos, fantasmas, luchas en el medio astral entre voluntades opuestas, una banda de extraños jorobados delincuentes, sabios locos casi de atar y hasta una ciudad desconocida en el Madrid de principios de siglo XX. Todo ello, fruto de una imaginación --o, según parece, dos imaginaciones-- sin fin. 

     El protagonista principal de la historia es Basilio, una especie de alter ego del propio Carrere que, como él, frecuenta lugares extraños y vive una vida bohemia y despreocupada. El doctor Catafalco, un ser al que solo él ve, le persigue por la ciudad y sus tugurios hasta conseguir que Basilio le prometa que esclarecerá su extraño asesinato, sucedido una década atrás. Y ahí comienza lo emocionante de la novela: investigaciones, otras apariciones, jorobados, peligros y gran cantidad de entuertos que solucionar.

     A Basilio le acompañarán en sus pesquisas un periodista y un investigador privado, cada uno de ellos con sus rarezas, manías y majaderías. Hasta el punto de que el lector llega a sonreír en diversos pasajes no exentos de cierto humor, más o menos refinado. No obstante, también llegará a sentir opresión en el corazón, sobre todo en las escenas desarrolladas en las largas y oscuras galerías subterráneas que parecen no tener fin ni (lo más inquietante de todo) salida a la superficie. Lo cual se completa con las persecuciones y tiroteos con la banda de jorobados, dispuestos a no dejar que sus secretos sean descubiertos.

     En la novela asistimos a ritos satánicos e iniciáticos, a conjuras casi medievales, a robos, secuestros y asesinatos imposibles de resolver y a escalofriantes apariciones. Es decir, que contiene todos los ingredientes necesarios para atrapar al lector hasta la última página. Es muy de agradecer que editoriales como Valdemar apuesten por recuperar estos clásicos que, pese a estar prácticamente olvidados, todavía hacen las delicias de los amantes del género fantástico y de aventuras. 

                 

lunes, 2 de mayo de 2016

La mediadora. Jesús Sánchez Adalid. Ediciones Martínez Roca. 2015. Reseña





     Jesús Sánchez Adalid me ha sorprendido con un cambio de registro absolutamente inesperado. Cuando me enteré, allá por el mes de marzo del pasado 2015, de que había ganado el VI Premio Abogados de Novela con una obra tan alejada a lo que nos tiene tan bien acostumbrados me quedé boquiabierto. No por nada: simplemente por ese giro tan repentino e impredecible. Porque que es un gran escritor es algo fuera de toda duda. Que sus novelas históricas son todo un éxito -y muy merecido, por cierto-, es de dominio público. Y que el autor es cura y abogado y que ejerció incluso como juez -aspectos, quizás, menos conocidos por el amplio público- lo instruían de sobra para abordar una obra como esta. Lo que servidor no esperaba era que se atreviera a abandonar por un tiempo su brillante carrera como novelista histórico para adentrarse en temas tan delicados. Y actuales.

     La novela introduce un aspecto jurídico que puede ser desconocido por la mayoría de la gente: la figura del mediador como herramienta de resolución de conflictos familiares: separaciones, divorcios, rupturas de parejas de hecho, custodia de hijos, decisiones sobre la patria potestad, modificación de medidas, liquidación del régimen económico matrimonial, ejecución de resoluciones judiciales, etc. Un mecanismo alternativo de resolución pacífica de los conflictos que para nada busca suplantar al sistema judicial sino, más bien, ayudarlo. Y todo, sobre la que debe ser de manera inexcusable la base del proceso: el restablecimiento de la comunicación entre los litigantes. Lo cual, obviamente, debe ser algo voluntario por ambas partes.

     La mediación familiar es algo todavía novedoso en el sistema judicial español. No le faltan detractores y defensores. Pero, como queda claro en la novela, cuenta con las enormes ventajas de ser ejercida por grandes profesionales que tienen los pies en el suelo y que dan a conocer a las partes las ventajas de una solución pacífica y consensuada. En un mundo como el actual, en el que todos conocemos casos como el de Mavi y Agustín, protagonistas del libro junto a Marga, la mediadora, se hace necesario contar con este tipo de gestión de conflictos.

     Mavi y Agustín formaban un matrimonio nada convencional: ella, ex jueza reconvertida en exitosa escritora de bestsellers de misterio, vive la mitad del tiempo en Madrid, donde afirma poder documentarse y concentrarse de manera conveniente para la escritura de sus novelas; él, aparejador venido a menos a causa de la crisis del ladrillo y amo de casa, pues se hace cargo de la misma y de las dos hijas del matrimonio, vive en Cáceres. La cuestión es que Mavi, que se mueve en círculos sociales mucho más amplios, conoce a otro hombre en Madrid y se enamora de él, decidiendo poner fin a un matrimonio que ha durado más de un cuarto de siglo. 

     Agustín -que sigue perdidamente enamorado de Mavi- se queda, de un plumazo, sin casa, sin su estudio de aparejador (situado en una de las habitaciones del domicilio matrimonial), sin hijas y con la obligación de pasar a su hija pequeña una pensión de manutención de 300 euros mensuales. Sin trabajo y debiendo pagar el alquiler de su nuevo lugar de residencia y la pensión de su pequeña se desespera al verse objeto de una gran injusticia. Una injusticia que le provoca mayor indignación al comprobar que los jueces no atienden a sus sucesivas reclamaciones. Su abogado, en vista de su situación personal y judicial, decide poner el caso en manos de Marga, mediadora familiar que da título a la novela.

     Desde sus primeras páginas la historia de Agustín y Mavi atrapa al lector. Con un lenguaje claro y conciso, cercano y a la vez alejado a lo habitual en Sánchez Adalid, este nos desgrana los acontecimientos que han llevado al matrimonio a una situación sin salida. La primera parte -Voy detrás de ti- describe la humillación e indignación de Agustín y el estado de las cosas. En la segunda -Cuando todo cambia- se centra en la vida de Mavi en Madrid y en esa nueva relación que pone fin a su matrimonio. La tercera -La vida- narra la historia en común de la pareja, así como el último viaje juntos a Grecia. La cuarta y última parte -El tiempo ganado- hace referencia a la resolución de la historia, algo que, por razones obvias, no contaré aquí.

     Uno de los fuertes de este autor es que maneja perfectamente la psicología de los personajes de sus novelas. Aspecto que cobra mayor importancia si cabe en una historia como esta. Agustín, Mavi y Marga se nos presentan de una manera que es imposible no verse reflejado en ellos. Con sus virtudes y defectos, son tan humanos y cercanos que nos hacen sentir lo mismo que ellos en cada una de las escenas. Sus incertidumbres, sus desconciertos, sus fracasos y sus pequeños ataques de locura son también los nuestros durante las 270 páginas de la novela. Y ello se debe, sin duda, a la buena mano del autor a la hora de presentarnos a sus personajes.

       La historia de La mediadora es la de un cada vez mayor número de matrimonios rotos, hundidos y fracasados. También la de una sociedad y toda una generación que probablemente no estaba preparada para afrontar tantos y tan profundos cambios. Y, ante todo, la mirada lúcida y esperanzadora de un autor que además es abogado y párroco. Como él bien dice en su nota final, esta historia se la debe a quienes me han contado, generosamente, sus propias experiencias vitales. Debe ser un lujo tener un confesor así. Porque Sánchez Adalid ha demostrado de nuevo que, además de saber escuchar a sus feligreses, escribe como los ángeles.  


viernes, 22 de abril de 2016

Firmin. Sam Savage. Seix Barral. 2007. Reseña





     Sam Savage es un poeta y escritor estadounidense (Carolina del sur, 1940) que publicó su primera obra a los 65 años. Profesor de filosofía, antes de dar clases y de escribir fue también mecánico de bicicletas, carpintero, pescador de cangrejos y tipógrafo. Comenzó sus actividades literarias como editor de poesía en la revista Reflections allá por los años sesenta, época que le influyó sobre manera y en la que defendió a ultranza los derechos civiles. Vivió por una temporada en Alemania y en Francia, antes de regresar a su país natal. 

     De aspecto hippie, al más puro estilo --literariamente hablando-- de nuestro querido Valle-Inclán, Savage escribió y publicó en 2007 su obra más conocida: Firmin. Alternativo, pero de cabeza muy bien amueblada, critica en ella el loco mundo de los años sesenta. Porque la novela se ambienta en un hecho real: la destrucción de la plaza Scollay de Boston a manos de la especulación urbanística de la época y la aquiescencia de las distintas administraciones. Por tanto, Firmin se convierte en una ácida crítica social de una época complicada: Guerra Fría, movimiento hippie, caza de brujas, etc.

     No obstante, y ante todo, nos encontramos ante un homenaje a los buenos lectores; un alegato de las virtudes redentoras de la lectura; un viaje iniciático por el mundo de los libros. El texto está repleto --ya desde su mismo inicio-- de constantes y estimulantes guiños literarios (desde Steinbeck a Fitzgerald; desde Hemingway a Miller; desde Dostoievski a Tolstoi; desde Wilde a James) que llevan al lector a querer leer a esos autores y a las obras a las que se va haciendo referencia. Por todo ello, no veo mejor momento para reseñar este libro que hoy, víspera de Sant Jordi, Día del Libro.

     Firmin es una rata que narra su vida desde el punto de vista de los libros. Y es que vive por y para ellos. Porque, desde recién nacido --habla de sí mismo como una rata macho--, come libros. Su mamá, Flo, una rata borrachina a la que pronto perderá el rastro, tenía doce mamas y trece hijos. Y Firmin era el que nunca llegaba a poder succionar adecuadamente la leche materna. De ahí que deba comer papel. Sin embargo, su cercanía a él le salvará la vida. Porque, al estar hartito de papel, se dedicará a leer el contenido de las páginas de los libros que se han salvado de su ingesta.

     Víctima de la soledad, la marginación y la incomprensión --rata que veas leer, déjala correr, dicen sus propias hermanas--, alimenta su estómago y su cerebro a base de libros. Los entiende como una manera de entretenerse, aprender y escapar de la rutina de la vida. Así, nunca se aburre. Pero, ¿a qué se debe que tenga tantos libros a su alcance? Pues a que su madre dio a luz a sus trece hijos en el sótano de Pembroke  Books, una librería de segunda mano de la calle Cornhill, cercana a la plaza Scollay del Boston de los años sesenta. 

     Su vida transcurre entre libros la mayor parte del tiempo y Norman Shine, el propietario de la librería, desconoce por completo su existencia. Pero Firmin le admira y observa su modo de trabajar, de cuidar los libros y de tener siempre el adecuado para cada tipo de cliente, demostrando un portentoso conocimiento tanto de los libros que posee como de los clientes que acuden a él. La relación que se establece entre ambos, aunque sea solo en una dirección, es entrañable y llega a conmover. Hasta que ocurre un hecho irremediable que no debo aquí señalar y Firmin acaba herido y acogido en la casa de un vecino del mismo edificio, Jerry Magoon, un escritor bohemio y frustrado --¿quizá el propio Savage?-- que cuidará de él casi más que de sí mismo.

     Sin embargo, no todo son libros en la novela. Y no solo de ellos vive una rata, por muy culta y educada que esta sea. Así, Firmin debe buscarse otros alimentos, lo cual le lleva a merodear por el barrio y la plaza. Y uno de sus rincones preferidos, donde siempre encuentra algo que llevarse a la boca y además se lo pasa pipa, es el cine Rialto. Allí, entre sobras de palomitas, sándwiches y demás manjares, conoce también el arte del cine. Y admirará a los principales actores de la época, principalmente a Fred Astaire y a Ginger Rogers, cuyos bailes y canciones le embelesarán.

     De la mano de Norman y Jerry --los dos humanos a los que llega a admirar y a amar-- y del cine y de los libros Firmin desentraña --y, en algunos casos, destierra-- los tópicos acerca del mundo literario, recuerda obras, autores y personajes imprescindibles de la historia de la literatura, anima a cualquier lector a acercarse a todos ellos y, además, nos invita a mirar a las ratas con ojos diferentes. Porque quizá, solo quizá, a partir de la lectura de esta novela más de uno deje de pronunciar la manida frase malditos roedores... 

                 

viernes, 15 de abril de 2016

Altamira. Huhg Hudson. 2016. Crítica





     Hace un par de semanas se estrenó Altamira, la nueva película del malagueño Antonio Banderas en la cual encarna a Marcelino Sanz de Sautuola, hombre proveniente de una familia aristócrata cántabra y, lo más interesante para la Historia en general y esta historia en concreto, arqueólogo aficionado, que descubrió, junto a su hija María, de nueve años, la cueva y las pinturas rupestres más importantes de Europa. Fue en 1879. Y ese descubrimiento, que debería haber constituido un hito histórico de primer orden mundial, amenazó con destrozar la hasta entonces tranquila vida de los Sautuola. 

     Pese a que la taquilla le ha dado la espalda --ha recaudado mucho menos de lo esperado en un principio a pesar de contar con uno de los actores más mediáticos de nuestro cine-- la película cumple a la perfección con el doble cometido de enseñar historia y a la vez entretener. Altamira está considerada como la Capilla Sixtina del arte rupestre por contener en su bóveda pinturas de bisontes datadas en 20.000 a. C. No obstante, su descubrimiento se vio envuelto en varias polémicas, las cuales son tratadas en la película con gran rigurosidad.

     La cinta, dirigida por Hugh Hudson (Carros de fuego (1981), Greystoke, la leyenda de Tarzán (1984) o Los secretos de la inocencia (1999)), cuenta con unas magníficas fotografía (José Luis Alcaine), música (Mark Knopfler y Evelyn Glennie) y efectos visuales (las imágenes de los bisontes cobrando vida a partir de las pinturas son dignas de mención, sin duda). Y la ambientación, en Santillana del Mar y la costa cántabra, transportan al espectador a aquella Cantabria de fines del siglo XIX que, al igual que el resto del país, pugnaba por dejar atrás el atraso para tomar el camino del (a veces) mal llamado progreso.

     Son básicamente dos las polémicas desatadas por el descubrimiento de las pinturas rupestres de Altamira. Ambas, tratadas minuciosamente en el film. Por un lado, el eterno dilema --en aquella época-- entre razón y fe; entre ciencia e Iglesia; entre evolución y creación. Los ataques recibidos por Sautuola por parte de la Iglesia Católica fueron muchos y muy duros, incluso llegando a tratarle de herético por sostener que las pinturas eran anteriores a Adán y Eva. Algo inaceptable para una Iglesia retrógrada, inflexible y carente por completo de valores y de buenos modos. Impecable el papel interpretado por Rupert Everett, autoridad eclesiástica local que acusa a Sautuola de atacar las verdades bíblicas.  

     La segunda polémica viene desde el mundo de la ciencia y la controvertida relación que desde hace tanto tiempo ha habido entre España y Francia. A fines del siglo XIX el mundo científico y prehistórico estaba liderado por Émile Cartailhac, respetado arqueólogo francés que no aceptó como reales las pinturas de Altamira. Su nacionalismo y su colonialismo científico le llevaron a acusar de falsificador a su descubridor, que cayó en el descrédito más absoluto. De nada sirvió su conocida rectificación tras similares hallazgos en su país natal. Sautuola no vivió para ver públicamente recompensadas su entrega y dedicación. 

     Pero, Historia al margen, la película trata también la historia familiar de los Sautuola. En ese sentido, cabe resaltar la magnífica relación paterno-filial entre los personajes de Banderas y Allegra Allen, que encarna a María. La dedicación del primero y la adoración mutua entre ellos es uno de los fuertes de la cinta. Hasta el punto de que la niña sigue tan a pies juntillas las explicaciones de su padre que imagina a los bisontes y hasta llega a darles vida. Y sus ojos nos miran tan fijamente desde la pantalla que también nosotros los sentimos como plenamente reales.  

     Sin embargo, lo que de verdad nos tiene en vilo durante la hora y media de duración del film es la relación entre el matrimonio. Porque Conchita (Golshifteh Farahani (Éxodo: dioses y reyes o Red de mentiras)), la esposa de Sautuola, es tan dulce como devota, y según se introduce su esposo en su intento por dar a conocer su hallazgo a la comunidad científica internacional observamos cómo se va resquebrajando la relación entre los cónyuges. Sobre todo cuando su marido es acusado de falsificador y decide cerrar la cueva. Marcelino y Conchita pugnan por sus respectivas verdades y, a la vez, por salvar su matrimonio. Ellos encarnan a la perfección esa dicotomía entre razón y fe, entre ciencia y religión.

     Altamira no es la octava maravilla del mundo del cine. Tampoco la película del año ni la que más pueda recaudar. Ni falta que le hace. Cumple con sus pretensiones de mostranos un pedacito de la historia de nuestros antepasados --los del siglo XIX y los del Paleolítico--, retrata convincentemente la intrincada sociedad de la época en que está ambientada y nos enseña que el amor puede tener algo de redentor y que en ocasiones puede con todo. Incluso con la razón, la fe, la ciencia, la Iglesia y los fracasos.


                   

miércoles, 13 de abril de 2016

El tambor de hojalata. Günter Grass. Alfaguara. 1999. Reseña





     Hace un año, tal día como hoy, falleció el escritor alemán Günter Grass, Premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras en 1999. Nacido en la Ciudad Libre de Danzig (actualmente denominada Gdansk, Polonia) en 1927, al igual que Oscar, el memorable protagonista de la que, sin duda, fue su mejor novela, el autor hubo de vivir desde su infancia algunos de los momentos más dramáticos pero también interesantes del siglo XX: el ascenso del nazismo, su llegada al poder y su estrepitoso derrumbe, una posguerra extremadamente dura y la partición alemana. Momentos, todos ellos, dignos de conocer. Y de ser dados a conocer por parte de alguien que los vivió en primera persona.

     Resulta imposible conocer a Grass y a su personaje Oscar sin conocer las circunstancias de esa Ciudad Libre de Danzig. No es el objeto de esta reseña extenderme sobre el tema, pero sí conviene decir que la Sociedad de Naciones, mediante el Tratado de Versalles (1919), impuso a Alemania la pérdida de esta pequeña pero importante región --desde el punto de vista estratégico y económico, pues su puerto era la única salida al mar de Polonia--, que quedó bajo protectorado diplomático-económico polaco. No es de extrañar, pues, que la Segunda Guerra Mundial comenzara precisamente con la invasión nazi de la ciudad-Estado autónoma, que volvió a ser incorporada a Alemania en septiembre de 1939 para ser transferida definitivamente a Polonia tras el hundimiento de Hitler y el fin de la guerra.

     El tambor de hojalata fue publicada en 1959. Narra los treinta años de vida de un enano llamado Oscar Matzerath que, desde el sanatorio psiquiátrico en el que vive recluido pero muy a gusto desde hace casi dos años, nos cuenta --en primera y tercera persona, pues su personalidad se desdobla en cada una de sus narraciones-- su vida, la de su familia, le evolución de la ciudad y la de su propia enfermedad. Con un cuerpo de niño de tres años muestra, sin embargo, una lucidez que le convierte en objeto de burla por parte de algunos pero en un personaje entrañable para otros. Oscar es, por tanto, una especie de ángel-demonio, niño-adulto, lúcido-loco. La realidad y lo sobrenatural se funden en una narración que, pese a ser complicada de seguir en algunos momentos, ata al lector a sus páginas.

     En efecto, la obra ha sido considerada como de difícil lectura y seguimiento. Sin duda, su carácter único en cuanto a estilo narrativo le otorga ese grado de dificultad pero, en cambio, su intensidad, el carácter aventurero de la vida de su protagonista y ese contexto duro pero real le confieren también un toque especial que ha hecho de El tambor de hojalata un imprescindible clásico universal del siglo XX, de obligada lectura por parte de aquellos lectores vivaces que se precien de serlo. Estamos, pues, ante una novela para la que no todo el mundo está preparado. Aunque bien vale un esfuerzo.

     Tampoco me voy a extender en la polémica abierta desde siempre sobre la figura de Grass y su pertenencia al ejército nazi. Es cierto que a los 17 años de edad entró a formar parte de las Waffen-SS y llegó a ser auxiliar de artillería en la Luftwaffe. También que cayó herido y capturado en Marienbad, donde fue hospitalizado como herido y prisionero de guerra. No obstante, como él mismo lamentó siempre, su generación completa cayó ante el encanto de la seducción del poder nazi. ¿Debemos juzgar a alguien que a los 17 años sucumbe ante tales encantos? Cada cual saque sus propias consecuencias al respecto. Eso sí, la escritura de una obra como la que nos ocupa quizás le sirva como redención o sea digno de nuestro perdón.

     El tambor de hojalata es una novela de aventuras maravillosamente escrita que recuerda en diversos pasajes al Quijote de Miguel de Cervantes. Oscar es una especie de Quijote --medio cuerdo-medio loco-- que decide dejar de crecer a los tres años porque no acepta una sociedad --la que ha tocado vivir-- enferma. Y la fusión de elementos reales y fantásticos puede llevarnos incluso a calificar a la obra como precursora del realismo mágico más tarde tan magníficamente desarrollado por otros genios literarios como Gabriel García Márquez o Isabel Allende. En definitiva, estamos ante una de las obras más justificablemente aclamadas del siglo XX. Y por méritos propios.

     Grass y Oscar se entremezclan en la narración hasta hacerse indisolubles. Y entrañables. Tras rechazar el mundo adulto y decidir dejar de crecer el pequeño se refugia en el tambor de hojalata que le ha regalado su madre. Oscar y su tambor serán uno durante un cuarto de siglo. La obra se divide en tres libros: el primero abarca desde su nacimiento hasta antes del inicio de la guerra; el segundo narra los años del conflicto; el tercero se centra en su huida a Düsseldorf nada más acabar la guerra. Todo ello se acompaña de breves páginas en las que el Oscar de treinta años, recluido en el sanatorio, recibe visitas de familiares y amigos.

     Y nos queda la poesía. Porque Grass, al más puro estilo de Goethe, es todo un poeta. El tambor de hojalata, la música y el arte pueden combatir a la guerra, al odio y al racismo. La voz vitricida de Oscar planta cara a la noche de los cristales rotos. Y toda la novela, en conjunto, ataca y critica al régimen nazi y a la sociedad alemana de la época. Por tanto, el valor de El tambor de hojalata no es solo literario sino también histórico y hasta filosófico --Oscar busca durante toda su vida quién es, de dónde viene y el lugar hacia el que dirigirse--. Y su significado, por tanto, le otorga una vigencia que le hará perdurar para siempre como una obra cumbre y capital de la literatura alemana, europea y universal.  

                                  

lunes, 4 de abril de 2016

El peso de los muertos. Víctor del Árbol. Castalia. 2006. Reseña





     Que 2016 iba a ser el año de Víctor del Árbol quedó claro cuando le fue concedido el Premio Nadal el pasado mes de enero. Tras la edición y gran éxito de ventas y de críticas de La víspera de casi todo llega, en las próximas semanas, la reedición de su primera novela, El peso de los muertos. Cumplido el contrato editorial de diez años con Castalia, la obra queda libre para ser lanzada de nuevo (sin cambiar ni una sola letra, según se ha avanzado). Y el momento dulce que vive su autor hace prever otro gran éxito en su ya bastante aclamada carrera literaria. Estamos hablando de una primera novela, con todo lo que ello conlleva, pero que en su día --2006-- ya fue reconocida con el VIII Premio Tiflos convocado por la ONCE. 

     Es evidente que la maduración personal y literaria alcanzada por este barcelonés de origen extremeño durante esta última década hace que la obra, leída hoy en día, resulte algo lejana de la maestría adquirida con los años, las novelas y los éxitos. Sin embargo, veo muy acertada la decisión de no variar la obra original, pues permite ver la evolución del autor y, además, constatar que El peso de los muertos ya mostraba pinceladas de lo que estaba por llegar. Entre ellas, la mezcla de géneros literarios --histórico y policíaco-- y la alternancia en la estructura narrativa de épocas, lugares y personajes en cada uno de sus capítulos. Sin duda, uno de los puntos fuertes de Del Árbol.

     La novela nos habla de cómo cada uno de nosotros construye su propia memoria, personal e histórica, según nos conviene. Tema, por otra parte, recurrente en la obra de nuestro autor. Y su valentía está presente ya desde el principio de la obra. Porque vivir en Barcelona, ser mosso de esquadra y escribir una primera novela contextualizada en la Barcelona de los últimos días de vida de Franco (noviembre de 1975) y que denuncie los excesos policiales --violaciones de todo tipo, denuncias falsas, asesinatos injustificados y demás prácticas difíciles de compartir-- de manera tan rigurosa y cruda hace necesario que quien se atreva a escribirla tenga un gran coraje y unos altos valores, tanto personales como profesionales. 

     El peso de los muertos es una novela negra que ya huye de los clásicos asesinos en serie y de heridas y amputaciones narradas con todo lujo de detalles. En ella no hay ketchup sino realismo puro y duro. Porque cualquiera puede convertirse en asesino. Nadie es del todo inocente ni tampoco culpable. Todo tiene sus causas y sus consecuencias. Y en la Barcelona de noviembre de 1975 ocurrieron demasiadas cosas. Muchas de ellas, dignas de ser contadas. Y esto es precisamente lo que hace Del Árbol en una novela que, pese a ser de ficción, cuenta con una extraordinaria documentación histórica y con referencias a algunos personajes reales que la hacen más cercana al lector y, por tanto, creíble.

     Pero para poder comprender lo que ocurre en el presente de 1975 el autor se toma la licencia de viajar hasta 1945, donde encontramos las causas pasadas de ese presente que al principio se nos hace casi inalcanzable pero que, gracias a las justas dosis de información que vamos recibiendo en cada capítulo, al fin llegamos a conocer --algo también clásico en los libros de Víctor del Árbol--. De esta manera, serán los sucesos de la posguerra y del comienzo del régimen dictatorial los que marquen los de los últimos días del franquismo. 

     No obstante, nada de lo escrito más arriba sería factible sin otro de los puntos fuertes de la obra de este autor: la fuerza, cercanía y credibilidad de unos personajes, retratados minuciosamente, que siempre tienen algo que perdonarse y que buscan soltar lastre de su pasado. Un pasado que les pesa, les impide vivir con normalidad y no les deja escapar jamás, aunque sea a base de pesadillas que recrean sus propios fantasmas. Varios de ellos están marcados por la tragedia, pues han asesinado o han perdido dramáticamente a alguien en el pasado. De ahí un título más que acertado.

     Lucía es una mujer atractiva y enigmática cuyo matrimonio está a las puertas del fracaso. Guarda un secreto que ni su marido, Andrés, conoce. Un secreto que la hace volver a Barcelona treinta años después de su apresurada huida. El moro Ulises, un repulsivo torturador de la brigada político-social, anteriormente héroe de la guerra de África, también esconde algo en su conciencia que cree que nadie más conoce. Octavio Cruz, amigo de juventud de Lucía, es un abogado de la capital catalana incapaz de demostrar su amor a nadie. El fantasma del doctor Nahum Márquez, muerto por garrote vil treinta años antes, amenaza con no dejar en paz a nadie hasta que se haga justicia. Pero, ¿qué clase de justicia?

     En definitiva, El peso de los muertos es una lucha entre dos mundos: el de los vivos y el de los muertos; el de los recuerdos reales y el de los inventados; el de la justicia y el de la injusticia; el de un régimen opresor que agoniza y el de otro emergente que ansía la libertad perdida; el de la responsabilidad y el del esconderse a toda costa; el del amor verdadero y el del sexo y la depravación; el de la verdad y el de la mentira. Una gran historia en la que, como dice uno de sus protagonistas, lo probable y lo increíble son cabos de la misma cuerda: si los juntas, resulta lo inevitable. Una novela escrita no por un mosso de esquadra que quería ser escritor sino por un escritor que iba a dejar de ser mosso de esquadra...