LIBROS

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miércoles, 1 de febrero de 2017

Jungleland 2: Las 50 mejores entradas (2014-2016)





     Ya está disponible, tanto para formato papel como para el Kindle, el segundo volumen de la recopilación de los artículos del presente blog, Jungleland. Tal y como hice hace tres años con el primer volumen, vuelvo a unir, en un solo libro, las cincuenta entradas más significativas del mismo. Deporte, política, cine, música y, ante todo, literatura componen un mosaico que ejemplifica los temas que más me apasionan. Lógico, pues, que sean sobre los que escribo a menudo en este portal de internet.

     Si en el trienio 2011-2013 publiqué ciento cincuenta entradas blogueras, en el que comprendió los años 2014-2016 fueron ciento treinta. Un ligero descenso en el número de publicaciones que se debe al hecho de un aumento de las ocupaciones cotidianas y a una mayor necesidad de sacar tiempo para escribir mi tercera novela, Primera mujer, primer amor y continuar con el proceso de finalización de documentación y posterior escritura de la segunda parte de El Círculo de las Bondades, que posiblemente llevará por título El Grito de los Inocentes. Precisamente un viaje a Varsovia, para documentarme y presentar mis respetos a mi querida protagonista, Irena Sendler, aparece reseñado en el presente volumen.

     De los cincuenta artículos que aparecen en este segundo volumen de Jungleland podéis encontrar un sentido homenaje al que fuera primer Presidente del Gobierno Democrático, Adolfo Suárez González, con motivo de su fallecimiento --siendo esta la única entrada política que aparece en este volumen, aunque se publicaron algunas más durante el pasado trienio, como es lógico-- y otro par de recordatorios, deportivos en este caso, hacia las figuras de Luis Aragonés --también fallecido durante estos últimos tres años-- y Fernando Martín, en el 25º aniversario de su muerte.

     La música también ha estado presente en el blog. Como bien sabéis, el Boss es mi ídolo. Y no solo en lo musical. También en muchos otros aspectos. A uno de sus temas debo el título de este blog. En esta nueva recopilación aparecen las críticas de tres de los discos más carismáticos de Bruce Springsteen --Born to run, Born in the USA y High hopes--, otro homenaje, en esta ocasión al mítico David Bowie --que nos dejó hace apenas un año-- y  la crítica del último trabajo discográfico de U2, Songs of Innocence

     El séptimo arte aparece de la mano de la adaptación a la gran pantalla de la más famosa obra de Noah Gordon, El médico; la necesaria y merecidamente oscarizada Spotlight; la última película de Spielberg, El puente de los espías, con un Tom Hanks magnífico; la recientemente estrenada (excelente y soberbia) El Principito --¡necesitamos más films como este!--; una intimista Tren de noche a Lisboa (con un gran Jeremy Irons); y las maravillosas (y españolas) Truman (con un duelo estelar: Javier Cámara y Roberto Darín) y Altamira (con Banderas descubriendo, enseñando y convenciendo).

     He dejado para el final lo más importante: la literatura. Es el motivo por el que existe este blog. Las reseñas son la razón de ser del mismo. La de Primera mujer, primer amor, obviamente, está incluida aquí. Pero he leído mucho estos tres años. Y, de entre todas, elegir 33 reseñas para Jungleland 2 no ha sido tarea nada fácil. He tenido que dejar fuera grandes obras. Al final, me he decidido por las siguientes. 

     De las 33, 11 son obras extranjeras: Chesil beach y La ley del menor, de Ian McEwan, mi gran descubrimiento de los tres últimos años; El hijo de César, del genial e inigualable John Williams; El último judío, de Noah Gordon; El tambor de hojalata, del Premio Nobel alemán Günter Grass; Matar a un ruiseñor, la inmortal obra de la recientemente fallecida Harper Lee; La ladrona de libros, de Markus Zusak; El mundo de Sofía, sublime obra filosófica del noruego Jostein Gaarder; El psicoanalista, de John Katzenbach; la soberbia El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; y Born to run, las memorias de Bruce Springsteen, escritas de su puño y letra. Casi nada. 

     Y 22 son españolas e iberoamericanas: El héroe discreto y El sueño del celta, del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa; El hereje, del genio universal vallisoletano Miguel Delibes; Intemperie, de Jesús Carrasco (¿posible digno sucesor del anterior?); Días de Nevada, del académico vasco Bernardo Atxaga; Patria, (¡probablemente mi mejor lectura del trienio!),de Fernando Aramburu; las dos últimas obras del mejor escritor valenciano contemporáneo, Rafael Chirbes: En la orilla y París-Austerlitz; La colmena, del Premio Nobel gallego Camilo José Cela; Los girasoles ciegos, del madrileño Alberto Méndez; Cartas a palacio y Tengo en mí todos los sueños del mundo, del guionista hispano-portugués Jorge Díaz; Cicatriz y El paciente, del periodista madrileño (y rey actual el thriller español) Juan Gómez-Jurado; Y de repente, Teresa y Treinta doblones de oro, del indiscutible líder de la novela histórica española, Jesús Sánchez Adalid; Hombres buenos, excepcional novela de Arturo Pérez-Reverte; El abogado de pobres, del escritor y abogado jerezano Juan Pedro Cosano; Un verano en la casa azul, del joven pero magnífico escritor catalán David Casado Aguilera; y Respirar por la herida, La víspera de casi todo y Un millón de gotas, del también catalán Víctor del Árbol, el gran descubrimiento español del trienio para servidor.

     En definitiva, Jungleland 2: las 50 mejores entradas (2014-2016) agrupa lo más significativo de un blog que busca ser simplemente un canal de comunicación entre este humilde escritor y sus pocos pero muy fieles seguidores. Espero que os guste... Y, como siempre, ¡muchas gracias!   
                    

miércoles, 25 de enero de 2017

84 Charing Cross Road. Helene Hanff. Anagrama. 2006. Reseña





     En una ocasión alguien --no recuerdo quien-- dijo o tal vez escribió --tampoco este dato lo tengo nada claro-- algo así como que un buen lector no puede ser una mala persona. En sí, la frase parece fuera de lugar. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Sin embargo, si lo pensamos más fríamente, se convierte en una certeza. Sinceramente, opino que quien fuera la persona que dijo o escribió semejante frase dio en el clavo. Y un ejemplo de ello lo tenemos en este libro de Helene Hanff. Una novela epistolar que emociona a todo lector que realmente ame los libros y la literatura. A mí al menos me ha conmovido profundamente. Tanto que al terminarlo me he quedado sin saber exactamente cómo reaccionar. Maravillado y triste a la vez.

     Una historia de lo más sencilla, si está escrita con el corazón en la mano, puede tocar lo más profundo de nuestro ser. Y si está escrita con dos corazones --o incluso alguno más--, tal y como sucede en el caso de 84 Charing Cross Road, más todavía. Y es que, como también se suele decir, la realidad siempre supera a la ficción. Porque esta novela sucedió. Y es el fruto de veinte años de correspondencia entre dos personas que jamás se conocieron en persona pero que se amaron de una manera muy especial. No, no estoy hablando del amor conyugal o sexual, sino de otro amor que también puede conmover: el amor a los libros, a la literatura, a los buenos modales y a la buena educación.

     Helene Hanff fue una escritora estadounidense que trató de que sus obras teatrales fueran llevadas a la escena por algún productor. Algo que no consiguió hasta muy tardíamente. Mientras tanto, hubo de buscarse la vida escribiendo guiones para series televisivas de las distintas televisiones norteamericanas. También ensayos, cuentos y reseñas literarias para revistas. Finalmente, publicó la obra que nos ocupa, la que acabaría dándole gloria, no solo en el mundo literario sino también en el del cine, como veremos más tarde. Siempre autodidacta, trató de conseguir en el Nueva York de los años cincuenta y sesenta las obras más importantes de la literatura inglesa de todas las épocas. Harta de no encontrarlas en ninguna galería ni librería, acabó encontrando solución a su problema en el 84 de Charing Croos Road, en Londres.

     Allí estaba ubicada la librería Marks & Co., donde pudo satisfacer sus deseos en forma de magníficas encuadernaciones en piel y tela de sus obras preferidas. Frank Doel, el encargado de la librería londinense, irá atendiendo de la mejor manera posible sus demandas. Y entre libros, autores y temáticas, surgirá una relación muy especial entre ambos. Pero no solo entre ellos, sino también entre la escritora y el resto de trabajadores de la librería e incluso entre sus familiares. Los pedidos de Hanff son libros casi inencontrables. No obstante, Frank Doel consigue ir consiguiendo la mayoría de los ejemplares. Aunque la tarea le lleve hasta dos años.

     Catulo, Angler, Chaucer, Walton, Milton, Lamb, Hunt, Austen. Por las páginas de las cartas que componen la novela aparecen los grandes nombres de la literatura inglesa. Pero no solo eso. A lo largo de los veinte años de correspondencia, ambos interlocutores van contándose los aspectos más importantes de sus respectivas sociedades, por lo que la obra sirve también para radiografiar a ambas. La situación económica británica tras la II Guerra Mundial, con las consabidas restricciones alimentarias, provocará que Hanff, desde el otro lado del Atlántico, se compadezca de los empleados de la librería y comience a enviarles productos muy poco vistos allí en aquella época. Su solidaridad y su bondad provocará el estrechamiento en los lazos entre ella y todas las familias que algo tienen que ver con la librería.

     Con un sentido del humor sano y algo excéntrico en ocasiones y esos envíos de alimentos en plena época de carestía y racionamientos, Hanff irá ampliando la lista de sus amigos londinenses. Sin embargo, no encuentra la manera de visitarlos. Su mala situación económica se lo impide, Intenta ahorrar a lo largo de los años, pero cuando parece que va a poder cumplir el sueño compartido de reunirse con ellos siempre ocurre algo que la hace tirar mano de los ahorros e ir aplazando el caro viaje. Nos quedan, eso sí, las cartas que se fueron enviando a lo largo de esas dos décadas. Unas cartas llenas de amor, ternura, admiración mutua y pasión literaria y humana que conforman un tesoro para cualquier amante de la literatura.

     Sin duda, 84 Charing Cross Road es una de esas joyas que nos hablan de lo que para muchos de nosotros suponen los libros, las librerías y las bibliotecas. Aunque su publicación pasó casi inadvertida en un primer momento, a lo largo de las décadas siguientes se ha ido confirmando como uno de esos pocos libros denominados de culto a ambos lados del Atlántico. Lo mejor de todo es saber que se trata de una historia real. Sus protagonistas, sin duda, merecen pasar a la historia de la literatura. Lo peor, sin duda, que se hace muy corto y que algunas de las cartas no se conservaron, provocando algunos vacíos informativos que, a pesar de todo, no restan un ápice de encanto a la historia.

     En 1970 Hanff publicó, previo permiso de todos y cada uno de sus interlocutores londinenses, las cartas en forma de novela epistolar. Poco más tarde, se llevó también al teatro. Por fin, ¡el teatro! Y en 1987 la historia llegó también a la gran pantalla. Dirigida por David Hugh Jones, producida por Mel Brooks y protagonizada por Anne Bancroft (como Helene Hanff) y Anthony Hopkins (como Frank Doer), es fiel a la realidad y constituye otra obra maestra que todos los amantes de los libros deberían ver. Su título: La carta final (84 Charing Cross Road). Seguramente, si la obra fuera de ficción, el final habría sido muy diferente. La vida, sin embargo, nos lleva a veces por caminos que no podemos conocer. Por suerte, siempre nos quedarán los libros para mitigar nuestros males...                 


miércoles, 11 de enero de 2017

Cicatriz. Sara Mesa. Anagrama. 2015. Reseña





     Cuando una novela se le hace a uno corta es que tiene algo bueno, como mínimo. Y Cicatriz, de Sara Mesa (escritora madrileña afincada desde pequeña en Sevilla, autora, entre otras obras, de Cuatro por cuatro (2012) y Mala letra (2016)), tiene mucho de bueno. La novela obtuvo el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2015 por ser un libro sensible, oportuno y narrativamente inteligente. Capaz de dar la vuelta al concepto estereotipado de la seducción presentándolo en sus facetas más agrias: la posesión, la vanidad, la necesidad de sentirse fetichizado por el otro o la putrefacción de los amores platónicos. En menos de doscientas páginas introduce tantas temáticas, tantas historias secundarias, tantos matices diferentes que complementan la trama central de la novela que se hace complicado hablar de todo ello en una simple reseña. Lo intentaré, de todas formas. 

     Cicatriz es, ante todo, una radiografía cruda, muy cruda de la sociedad de consumo y espectáculo actual. De la incomunicación, del aislamiento, de la soledad, del aburrimiento, de la vanidad e incluso de la perversidad. Una sociedad obsesiva, fetichista, perturbadora. Un lugar del que no se puede escapar, que oprime, agobia, asquea. En el que las relaciones cada vez más se van abocadas a la superficialidad de internet, los chats y las redes sociales. En el que la dejadez y la indolencia se convierten en aspectos comunes que contrastan cada vez más con la exhaustividad y el orden. Y, con una narrativa frenética, constante, pero que se permite en ocasiones descripciones meticulosas de objetos, ambientes y personajes, Sara Mesa utiliza dos únicos personajes --¡vaya reto!-- como contraposición, como opuestos pero a la vez compatibles por dependientes el uno del otro.

     En efecto, la narración es fluida, intensa, rápida, repetitiva. Pero no redundante. Porque en ocasiones es necesario incidir en ciertos aspectos para retratar la sociedad, los personajes, las situaciones que se nos presentan en las novelas. Sobre todo, en una historia tan psicológica como la presente. Y es que tanto los personajes como la sociedad en la que malviven se nos muestran con una minuciosidad extrema. Tanto que nos parece estar presentes no solo en las escenas de la misma, sino también en los cerebros de Sonia y Knut. Y ello nos provoca asco, excitación, pena, confusión, morbo... y unas enormes ganas de escapar de un ambiente tan opresivo. Y, sin embargo, queremos seguir leyendo para saber más acerca de la trama de la novela. Casi como si se tratase de un thriller. Pero de gran calidad literaria.

     La protagonista femenina es Sonia. Trabaja como becaria en un archivo en el que, al contrario de lo que suele suceder en lugares tan atractivos, apenas hay trabajo. Vive con su madre, su abuela enferma y su hermano pequeño. Se muestra indolente, dejada, alejada de una realidad cada vez más difícil de aceptar. Todo ello le hace refugiarse en internet. Le gusta leer y visita varios foros literarios. En uno de ellos conoce, virtualmente hablando, a Knut. Inteligente, provocador, riguroso, exhaustivo, ordenado, controlador, filósofo, neurótico obsesivo y cleptómano, Knut atrapará de inmediato a Sonia en una red de la que no podrá escapar.

     El joven roba --adquiere, como él suele decir-- libros en las grandes superficies comerciales. Y comienza a mandárselos por decenas. Te mando libros simplemente como pago por tu existencia, la adula. Y, ella, quizás por vanidad, se deja engatusar, tratando de llenar así una vida vacía de emociones. A lo largo de las páginas de la novela se citan frases y novelas de Proust, de Kafka, de Faulkner, de Auster, de Joyce, de Dostoievski. Y se agradece. Porque es uno de esos libros en los que se le despiertan a uno los deseos de conocer tal obra o tal autor. Sin embargo, con el tiempo, Knut y Sonia comienzan a hablar de otros temas. Y, aparte de libros, comenzarán a llegar a las manos de Sonia perfumes, ropa y lencería. 

     Y el fetichismo literario dejará paso al fetichismo sexual. Una fantasía que atrapará a Sonia. Hasta el punto de no ser capaz de discernir qué siente por Knut --pseudónimo del escritor noruego Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura en 1920, autor también inteligente, provocador y exhaustivo, caído en desgracia tras la Segunda Guerra Mundial por su apoyo al régimen nazi de Hitler--: ¿amor?, ¿obsesión?, ¿dependencia? En cualquier caso, Knut la idealiza y trata de moldearla a su gusto y de llevarla a su terreno. Especialmente, cuando ella intenta dejar de escribirle (cuando se casa y tiene un hijo). Sin embargo, su extraño amigo siempre se muestra capaz de dar una vuelta de tuerca a la situación para volver a atraparla. La propia Sonia llega a reconocer que cuando todo parece desgastarse por la costumbre, llega una novedad

     Knut es una especie de antisistema que solo roba a los grandes almacenes; atrae y fascina; inquieta y repugna. También una clase de maltratador psicológico que no duda en atacar a Sonia para hacerla sentir culpable cuando intenta abandonarlo. Y, paradójicamente, cuando esta parece haberlo conseguido y su vida se centra durante un par de años en torno a su marido y su hijo, es ella la que, víctima de sí misma, de su rutinaria vida y de una sociedad de nuevo agobiante, vuelve a escribirle, comenzando de nuevo esa espiral que amenaza con no tener fin. Y es que echar de menos un instante es echar de menos a aquel que éramos entonces.  

     La novela, totalmente recomendable, nos deja frases realmente magníficas. Como esta: No me considero inocente. ¿Cómo iba a poder serlo? La senda del conocimiento es la senda de la corrupción espiritual desde el día en que se mordió la manzana. La simple práctica de pensar ya conlleva una caída en esa corrupción. ¿Se es más puro solo por no hacer lo que sí se ha pensado? Cualquiera que piense con cierta profundidad está expuesto a desazonarse. Así es Cicatriz, una novela desazonadora, repleta de psicología, en la que la voz de la narradora se disuelve y pasa totalmente desapercibida.  

     

miércoles, 4 de enero de 2017

Mis diez libros preferidos de 2016





     Como cada año por estas fechas comparto con vosotros la lista de mis diez libros preferidos del año. Aún estáis a tiempo de regalarlos a vuestros seres queridos con motivo de la inminente llegada de los Reyes Magos de Oriente. Tal y como podréis observar, no solo de novedades vive el hombre, por lo que la lista incluye obras ya conocidas desde hace años. Es la siguiente:


10. Lo que el hielo atrapa. Bruno Nievas. Ediciones B. 2015.  La tercera novela del escritor y pediatra almeriense supone su incursión en el género épico y de aventuras de la mano de la expedición al Polo Sur de Ernest Shackleton a bordo del Endurance. Tras los dos exitosos thrillers --Realidad aumentada y Holocausto Manhattan-- que lo dieron a conocer en el mundo editorial demuestra que es un autor que se atreve con cualquier temática a la hora de abordar sus historias.


9. París-Austerlitz. Rafael Chirbes. Anagrama. 2016. La novela póstuma del genial maestro valenciano. Tras veinte años de idas y venidas, correcciones y modificaciones, la dio por terminada pocas semanas antes de fallecer en agosto de 2015. Una historia cruda, provocativa, realista sobre una relación homosexual venida a menos por las diferentes procedencias sociales y formativas de sus protagonistas. Una despedida digna de uno de los grandes autores españoles de los siglos XX y XXI.


8. El tambor de hojalata. Günter Grass. Alfaguara. 1999. La novela más conocida de otro de los genios literarios universales que nos dejó en 2015. Crítica social, ironía, sentido del humor y una narrativa ligera que llega al corazón del lector. Un drama tierno y a la vez crudo sobre la Alemania en tiempos de guerra y posguerra. Una novela que todo el mundo --tanto los interesados en la historia como los que simplemente buscan entretenimiento-- debería leer.


7. El guardián entre el centeno. J. D. Salinger. Edhasa. 2007. Una prueba fehaciente de que en ocasiones basta una sola obra para pasar a la posteridad del mundo literario. Holden Caulfield narra sus peripecias en la Nueva York de posguerra. Una novela emotiva que nos habla de temas como el fracaso escolar, la rigidez de una familia tradicional de la época y de la sexualidad adolescente. Un personaje entrañable que nos atrapa desde el principio pese a contarnos una historia realmente dura.


6. La víspera de casi todo. Víctor del Árbol. Ediciones Destino. 2016. El Premio Nadal 2016 narra la huida de su protagonista hacia un anonimato en el que se siente mucho mejor que como héroe. Sin embargo, la aparición de una extraña mujer que también huye de sus propios fantasmas volverá a sumirlo en una situación difícil de superar. Dos historias que confluyen en un mismo lugar y tiempo, lo que amenaza con provocar la deriva de ambos.


5. La colmena. Camilo José Cela. Clásicos Castalia. 1987. Una de las grandes novelas españolas del siglo XX. La pluma del futuro Premio Nobel plasmó una novela coral en la que Madrid, sus cafés y sus gentes son los grandes protagonistas. Escenas simultáneas, historias de todo signo, vidas que confluyen formando una red o mosaico que nos atrapa hasta sus últimas consecuencias. Un toque de genialidad final que nos deja conmocionados. Una maravilla de novela.


4. El psicoanalista. John Katzenbach. Ediciones B. 2016. Un magnífico thriller. De los que cuesta soltar aunque sea a altas horas de la madrugada. Una carta anónima que busca el suicidio de su receptor. Una sucesión de acontecimientos que, en efecto, parecen abocarlo a un final dramático. Un giro genial que cambia las cosas de la noche a la mañana. Un psicópata sediento de venganza por algo ocurrido veinte años atrás. Unos personajes soberbiamente caracterizados. Tanto que la historia incluso llega a parecer real.


3. Tengo en mí todos los sueños del mundo. Jorge Díaz. Plaza Janés. 2016. La cuarta novela de Jorge Díaz. Basada en la historia real del navío Príncipe de Asturias, conocido como el Titanic español por hundirse, hace exactamente un siglo, en costas brasileñas. Una novela coral en la que los protagonistas se van relacionando entre sí de muy diferentes maneras hasta llegar a un desenlace que no por conocido deja de inquietarnos y sorprendernos.


2. Born to run. Memorias. Bruce Springsteen. Random House Mondadori. 2016. Escritas de puño y letra por el propio Springsteen, estas memorias dejarán a más de uno realmente sorprendido. Conocer mejor al Boss, con todas sus luces --ya conocidas de antemano-- y sus sombras --parte fundamental de esta autobiografía-- agranda más si cabe la leyenda de este genio del rock and roll contemporáneo. Bruce se muestra tan cercano que casi podemos tocarlo.


1. Patria. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. Pocas veces he tenido tan claro a qué novela otorgar el número uno en mi lista. Sin duda, la novela del año. Y puede que hasta de la década. Una novela necesaria que todo el mundo debe leer. Las dos caras de un dramático conflicto, el vasco, narrado de forma maravillosa, directa, sin florituras, y, lo más importante de todo, sin tomar partido por nadie. El narrador desaparece ante unos personajes que nos conmueven por igual. Una prueba definitiva de que el dolor humano no conoce límites. Y de que el concepto víctima debería ser ampliamente revisado. ¡Una joya!




jueves, 22 de diciembre de 2016

El psicoanalista. John Katzenbach. Ediciones B. 2016. Reseña





     Quien me sigue sabe que no soy muy de leer thrillers. No porque no me gusten. De vez en cuando va bien leer alguno para desconectar. Pero, ciertamente, thrillers muy buenos hay muy pocos. O eso al menos opino yo. Casi todos suelen seguir más o menos los mismos patrones. El autor en cuestión cambia los nombres, los ambientes y los escenarios, se dedica casi a copiar los guiones establecidos por el género y ¡ya tenemos un thriller prefabricado de gran éxito comercial! Obviamente, respeto absolutamente a todos los autores de cualquier género literario. Escribir un libro cuesta mucho. Muchísimo. Yo lo sé bien. Pero para escribir un gran thriller hace falta innovar.

     Y eso es precisamente lo que hizo John Katzenbach en 2002 al escribir El psicoanalista. Una novela de suspense psicológico en la que poco a poco, a base de una serie interminable de pinceladas discontinuas, no solo conocemos los rasgos psicológicos del protagonista principal, sino también las de los secundarios. Porque, como terapeuta que es, Rickie Starks analiza a cualquier personaje que aparece en la novela, componiendo un enorme mosaico de personalidades y enfermedades mentales diferentes. Psicópatas, neuróticos obsesivos, histéricos, simples depresivos, etc forman todo un análisis psicológico-social de nuestro tiempo. Un tiempo en el que cualquier especialista en salud mental tiene la vida solucionada.

     Starks recibe una felicitación muy especial el día de su 53 cumpleaños, el primer día de su muerte. Rumplestilskin firma una carta en la que amenaza al terapeuta con destrozar la vida de alguno de sus familiares si en un plazo de quince días no averigua su identidad. Sin embargo, el deseo real del señor R no es ese, sino que el terapeuta se suicide a cambio de alejar del peligro a sus familiares. Descubra mi identidad, publique mi nombre en el periódico, o perderá el juego. Un juego que el terapeuta se verá obligado a jugar con las escasas pistas que le irán dando Rumplestilskin y otros dos personajes que parecen empleados del mismo.

     La primera parte de la novela, titulada Una carta amenazante, nos va desentrañando las pistas que Starks recibe de parte del señor R, la extraña y muy atractiva Virgil y el implacable abogado Merlin. Todos ellos, evidentemente, nombres ficticios. Las indagaciones de Rickie le llevarán a averiguar que el señor R es el hijo mayor de una antigua paciente de los inicios de su carrera como terapeuta, de la época anterior a montar su consultorio privado en pleno Nueva York. Recordar cada una de sus pacientes de veinte años atrás no resultará sencillo para él, por lo que la empresa se le antojará casi imposible. No obstante, su larga experiencia como analista le hará llegar a otra solución inesperada por sus torturadores

     Y es que, a veces, para ganar un juego con reglas puestas por tu rival, se hace necesario transgredirlas e inventar las propias. Y a ello se dispone Starks el último de esos quince días de plazo que ya se agotan. Sobre todo, porque ya nada tiene que perder: su mujer había fallecido de cáncer tres años atrás, sin descendencia, y el señor R y sus compinches se habían encargado, en tan solo quince días, de arruinar su vida a base de vaciar sus cuentas de ahorro, difamar su profesionalidad mediante una denuncia falsa de abusos sexuales a una paciente y destruir su casa a través de un accidente en forma de explosión de una cañería. Así las cosas, en efecto, debe suicidarse. Su vida carece de sentido.

     Sobre la segunda y tercera partes de la novela, El hombre que nunca existió y Hasta los malos poetas aman la muerte, no puedo desvelar nada porque desentrañaría la trama y arruinaría la lectura de quienes estén dispuestos a realizarla. Algo que recomiendo. Simplemente diré que la forma de suicidarse del protagonista pillará totalmente desprevenidos a sus instigadores. Y hasta ahí puedo escribir en estas líneas. La innovación a la que me refería al final del primer párrafo es la que hace que esta novela sea una maravilla del género. No en vano, ni siquiera el propio Katzenbach ha logrado escribir otra obra como la que nos ocupa.

     La sorpresa nos espera en cada una de las páginas de El psicoanalista. Y la ficción y la realidad se funden hasta tal punto que nos es cada vez más complicado diferenciarlas. Por si ello fuera poco, las pistas que Virgil y Merlin presentan a Rickie en ocasiones conducen al analista a avanzar en sus averiguaciones y en otras buscan únicamente liarlo y hacerle perder tiempo en pistas falsas. ¿Qué camino seguir, entonces? Esa es la decisión que debe tomar nuestro protagonista. Y, vencidas las presiones iniciales y el agobio de verse enfrascado en una situación tan demencial, demuestra ser capaz de aclimatarse a todo ello y avanzar en búsqueda del que, con el tiempo, se convierte en su verdadero objetivo.

     La novela, al margen de entretener al lector, radiografía una época, una sociedad, un país. Resulta muy inquietante leer la facilidad con la que los delincuentes son capaces de cambiar de identidad para no dejar rastro alguno, con la que se pueden obtener documentos falsos, cometer delitos informáticos, entrar en nuestros domicilios mientras nosotros no estamos, provocar accidentes domésticos, obtener una licencia de armas. Amenazar, en suma, las vidas de los ciudadanos de a pie. Con total impunidad, además. No obstante, la novela debe ser tomada como lo que es: un divertimento, una desconexión. Y te atrapa. Desde la primera página.                  
        

   

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Primera mujer, primer amor. José Ferrandis Peiró. 2016. Reseña





     Esta semana presento en sociedad mi nueva novela, la tercera desde que decidí probar a ver qué salía de mis dedos y de la pantalla de mi ordenador allá por las navidades de 2010. Tras El Círculo de las Bondades --que tendrá continuación, Dios mediante, en 2017 bajo el todavía provisional título de El Grito de los Inocentes-- y Almas Suspendidas, llega la hora de dar a conocer Primera mujer, primer amor. Se trata de una historia en la que Sergio, un joven gandiense --el centro de la acción vuelve a desarrollarse en mi ciudad natal-- con serios problemas de relación trata de buscar un camino que seguir en su vida de la mano de Víctor, un psicoanalista que tiene consulta en la capital valenciana.

     Con la ayuda de su terapeuta, Sergio logrará ir sacando adelante sus estudios y llegará a la universidad. No obstante, las relaciones sociales, sobre todo con el género femenino, seguirán siendo su talón de Aquiles durante un largo período de tiempo. Cómo vencer su timidez, su introversión y su represión sexual --ya sabemos que para Freud todo tiene que ver con el sexo-- se convertirán en el centro de la terapia. Una terapia dura, agónica, profunda que desembocará en una especie de despertar a la vida de nuestro principal protagonista, que verá cómo la superación de unos problemas no conllevará la total felicidad sino la aparición de nuevos miedos, traumas y dificultades.

     La novela está ambientada entre los años 1995 y 1997. Época en la que los escándalos de corrupción de la parte final del gobierno socialista de González provocaron la victoria popular de Aznar. Por aquellos tiempos no existían los móviles, internet, las redes sociales ni el whatsap. Los jóvenes se relacionaban básicamente en los pubs y las discotecas. Y Valencia estaba considerada la capital de la marcha, con la ruta del bakalao a la cabeza. Sin embargo, las discotecas que visitará Sergio junto a sus únicos dos amigos estarán algo apartadas del centro de la fiesta del momento. La Memphis, en Denia, y Ameva, en Castelló de Rugat, serán los lugares en los que Víctor obligará a su paciente a buscar chicas con las que romper su represión. Como es de suponer, un joven de aquel entonces con semejantes dificultades de relación no lo tenía ni mucho menos fácil a la hora de conocer gente en ambientes tan oscuros y ruidosos.

     El caso es que en la vida de Sergio acabará apareciendo Lilith, una joven de Albanta, un pueblo grande/ciudad pequeña donde la mayoría de sus habitantes se dedican a la agricultura y a la industria textil. El término Albanta es ficticio y constituye un guiño y un reconocimiento de mi parte al gran genio filipino Luis Eduardo Aute, que sufrió un infarto mientras esta novela estaba siendo escrita. La relación que se irá estableciendo entre los jóvenes chocará de lleno con la eterna cuestión de las diferencias entre las ciudades más o menos grandes y los pueblos o ciudades más pequeñas. El dichoso qué dirán y el sempiterno mundo de las apariencias. Sin embargo, no será esta la única dificultad a la que tendrán que enfrentarse los jóvenes, aunque el resto ya es cuestión de leerlo, por supuesto.

     Me gustaría aclarar otros dos aspectos significativos de la novela. Por un lado, el psicoanálisis. Por otro, el nombre de Lilith. Respecto al primero, elegí esta escuela o corriente psicológica por resultarme más desconocida pero también más atractiva que la psicología o la psiquiatría. Al no ser entendido en la materia, debí documentarme sobre sus principales prácticas y teorías, así como sobre la interpretación de los sueños y los diferentes métodos de pergeñar los aspectos más escondidos del inconsciente humano. Una documentación costosa pero también divertida en la que creo que he aprendido bastante sobre el tema. Quién sabe: a lo mejor algún lector se ve identificado con algún personaje de la historia y decide buscar ayuda terapéutica.

     Respecto al nombre de Lilith, se trata de un homenaje a la figura de la mujer. Como explico en el prólogo de la novela, no fue Eva sino Lilith la primera mujer creada a imagen y semejanza del hombre. La Lilith original, no obstante, se cansó muy pronto de los continuos intentos del hombre por someterla a su santa voluntad, lo que la hizo huir para siempre. Entonces, sí, Dios hubo de crear a la dulce y más manejable Eva. Aunque tampoco esta salió tal y como Dios esperaba. Pero esa es otra historia cuyo final sí conocemos todos. La cuestión es que la Lilith que se convertirá en la primera mujer y en el primer amor de nuestro Sergio también deberá luchar contra un hombre inflexible y autoritario. Su propio padre: Alberto.

     Al igual que ocurriera en Almas Suspendidas, el lector capaz de realizar una lectura más pausada y tranquila de la novela descubrirá pequeñas pinceladas, como quien no quiere la cosa, de aspectos de la vida cotidiana de hace veinte años. Amén de los reseñados en los párrafos anteriores, observará cómo la economía sumergida, los trabajos en negro, sin contrato y pagados mediante sobres no es algo tan actual. Tampoco la corrupción política, el machismo --también practicado por las propias mujeres-- o la multiculturalidad del ambiente universitario. Así, se comprenderá que en estos veinte años el mundo ha cambiado mucho en ciertos aspectos, pero poco o nada en otros.

     Primera mujer, primer amor está escrita con el corazón. Con mayor o menor acierto --eso debéis decidirlo vosotros, los lectores-- pero con el corazón. Es una historia de superación personal que supone un largo y duro camino en busca de una dignidad todavía desconocida. Un trayecto que nos descubre los fantasmas interiores de sus principales protagonistas e incluso del grueso de la sociedad en que viven. ¿Conseguirán vencerlos todos, o solo algunos? ¿Se quedará alguno a medio viaje? Espero y deseo que los acompañéis, que riáis y lloréis con ellos. Y que disfrutéis de la historia. Solo así habrá valido la pena escribirla.     
                   

                  

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La colmena. Camilo José Cela. Clásicos Castalia. 1987. Reseña





     Cela escribió La colmena entre el Madrid de 1945 y el Cebreros de 1950. Cinco años de idas, venidas, correcciones, reeescrituras, más revisiones e incluso luchas contra la censura franquista. Cinco años en los que debió volverse loco encajando las piezas de un puzzle cuya resolución, me temo, solo conoció y conoce él, incluso más de medio siglo después de regalarnos una obra inmortal por varios motivos. Cerca de trescientos personajes en apenas trescientas páginas. Ahí es nada. Tres días. Una ciudad. Sexo, mucho sexo. Prostitución. Homosexualidad. Miseria. Una técnica narrativa que combina el narrador omnisciente clásico y otro, bien diferente, que comenta las actitudes de sus personajes, llegando en no pocas ocasiones a ironizar sobre ellos e incluso a burlarse de ellos. Pero, vayamos por partes. 

     La obra vio la luz en 1951 en Buenos Aires. En España tardó cuatro años en conseguir ganar la última batalla a la censura franquista. Las causas: las continuas referencias al sexo, el ambiente de prostitución y homosexualidad, la miseria de Madrid que presentaba. Aspectos que, en suma, no decían nada bueno de la España de la época. Un verdadero escándalo. Además, la novela no tiene un hilo argumental establecido. Más bien, es la suma de una gran multitud de escenas que en ocasiones nada tienen que ver entre sí. Anécdotas que acaban por conformar un conjunto de vidas cruzadas a modo de celdas de colmena. Una colmena --no se me ocurre un título mejor para esta novela--, la Madrid de finales de noviembre de 1943, que se convierte en la gran protagonista de la historia.

     Una Madrid descrita a base de retales de historias repletas de miseria, incomodidades, incertidumbre, inestabilidad, marginación. Y un Cela retratando la realidad social y política de la ciudad de manera excelente. Seleccionando solo lo preciso de cada una de las acciones de los trescientos personajes citados en el texto. Todo ello, fruto de un enorme trabajo de encaje, reflexión, estudio sociológico que uno no quiere siquiera imaginar. No es de extrañar que al autor le llevara cinco años plasmar sobre el papel la historia tal y como la tenía concebida en su mente. Y unos personajes, los carnales, que pertenecen a la clase media baja y a la burguesía venida a menos. Personajes que viven atrapados, cuyos mirares jamás descubren horizontes nuevos y que viven en una claustrofóbica mañana eternamente repetida.

     La novela está tan bien escrita que la aparente espontaneidad de la narración logra esconder ese cuidadosísimo trabajo de perfeccionamiento estilístico. La gran multitud de diálogos se combinan con unas narraciones que en unas ocasiones son tan largas que más bien parecen discursos y en otras, en cambio, son cortantes, directas, abruptas. Algo solo al alcance de un escritor de diez. Y valiente, muy valiente. Más todavía, teniendo en cuenta el contexto: posguerra, censura, enfrentamientos, divisiones, miedo. No en vano, la censura civil aconsejó su publicación solo si el autor atenuaba ciertas escenas, mientras que la eclesiástica la rechazó por atacar el dogma y la moral y poseer un escaso valor literario. Por suerte, en breve, podremos disfrutar de esta obra sin censuras de ningún tipo, tal y como fue concebida.

     Dice la crítica que, para escribir La colmena, Cela bebió de la literatura española anterior: de la novela picaresca --de personajes que deben buscarse su sustento de mil y una ingeniosas maneras, olvidando cualquier moral que no sea la de la mera supervivencia--, del esperpento de Valle-Inclán --muy de utilizar la colectividad como un personaje, utilizando técnicas deformadoras de la realidad--, de las novelas abiertas con multitud de personajes de Pio Baroja --para quien la novela ha de reflejar la vida misma--; pero también de la renovación novelística europea (Joyce, Proust, Sartre) y norteamericana (Dos Passos, Faulkner), que buscaba no solo describir sino denunciar la realidad a través de una compleja estructuración y temática. Todo ello, además, salpicado de escenas de sexo nada apropiadas para la época. 

     Si debiéramos resumir el comportamiento de los personajes de carne y hueso de la novela en una sola palabra no habría otra mejor que insolidaridad. Al menos durante el primer noventa por ciento de la obra. Cada uno de ellos, como ha quedado dicho ya, abandona toda moralidad para proporcionarse su propia supervivencia. Así ocurre durante la mayor parte de la novela, salvo en escasas y honrosas excepciones en las que algunos de ellos se prestan dinero, se pagan cafés --¡los cafés son los otros grandes protagonistas no carnales de la novela!--, o incluso piensan en prostituirse para conseguir dinero con el que curar a su novio tullido. En cambio, en las últimas páginas, ante el cariz de unos acontecimientos que desconocemos los lectores pero no los personajes, estos se vuelven solidarios, empáticos, dignos.

     En efecto, ha de meterse en un lío el poeta Martín Marco, protagonista que sirve de nexo de unión entre unos personajes cuyas relaciones parecen no tener nada en común justamente hasta ese desenlace sorprendente y abierto, para que estos saquen lo mejor de sí, dejando de ver únicamente sus propios ombligos, para tratar de ayudarlo y ponerlo a salvo de un peligro que desconocemos y que nos hace quedarnos con ganas de más. Solo entonces la sociedad individualista de la colmena se transforma en una nueva colmena en la que cada uno de sus moradores da la talla de verdad y se preocupa por el prójimo. Ya se sabe: la desgracia, une.  

     Por todo ello: por la temática tratada, por su estilo narrativo, por sus variadas técnicas de expresión, por denunciar la realidad de una sociedad patriarcal de puertas para afuera pero matriarcal en la esfera meramente doméstica, por escribir sin tapujos sobre sexo, por reunir en una misma obra las distintas tradiciones literarias españolas y extranjeras, por abrir un nuevo camino a seguir por la literatura de posguerra española, por, en definitiva, contar lo que cuenta y hacerlo como lo hace, La colmena ha pasado, por méritos propios, a la historia de nuestra literatura. Y también de nuestro cine. Conviene no pasar por alto la versión cinematográfica dirigida por Mario Camus en 1982, protagonizada, entre otros, por Paco Rabal, José Sacristán, José Luis López Vázquez, Victoria Abril o Ana Belén.   

          

     

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Patria. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. Reseña





     La historia del País Vasco durante los últimos cuarenta años se ha escrito no con tinta sino con sangre. Gran cantidad de sangre. La violencia desatada no dio lugar a demasiada literatura. Hasta hace poco. Concretamente hasta que ETA anunció que abandonaba las armas. En los últimos años los escritores han comenzado a atreverse a abordar la situación dejando de lado el miedo a las posibles consecuencias. Lógico. Por eso una obra como la que nos ocupa resulta tan interesante a quienes sentimos lo ocurrido en una de las tierras más bonitas de nuestro país. A los que siempre creímos que la verdadera Euskal Herria nada tenía que ver con las extorsiones, los impuestos revolucionarios, las bombas, los autobuses ardiendo y los tiros en la cabeza.

     Afirma Fernando Aramburu que no ha escrito Patria para juzgar a nadie. Toda una declaración de intenciones que puede ser tomada al pie de la letra o justamente al contrario. Porque esta novela --para mí, la mejor que he leído durante este 2016 que ya casi agoniza-- es cierto que no juzga a nadie como individualidad, pero sí lo hace como comunidades de ciudadanos. Me explico: a lo largo de sus más de seiscientas páginas aborda temas como la lucha armada, el encarcelamiento de sus héroes, la ocultación de sus víctimas, la mentalidad de pueblo perseguido, el escalofriante papel jugado por la Iglesia católica y la perpetua división  entre buenos y malos. Todo un juicio social donde los haya. Unas sociedades --la vasca y la española-- a la postre tan similares que ponen los pelos de punta.

     Dos familias amigas enfrentadas por el conflicto se huyen y se buscan para solicitar el perdón de los otros. Un pueblo del que se dan datos pero no nombres ni apellidos. Un asesinato a sangre fría en una tarde lluviosa que aparece ya en la misma portada de la novela. Teñida de rojo. Como el paraguas de su portador. Dos amas de casa --Bittori y Miren-- de armas tomar que ejemplarizan la oscura sociedad matriarcal. Unos maridos --el Txato, empresario asesinado, y Joxian, quejón y llorón-- dominados por sus esposas. Y cinco hijos --Xabier, Nerea, Arantxa, Gorka y Joxe Mari-- que viven las tragedias de su época y ven cómo sus vidas se resquebrajan sin poder evitarlo de manera alguna. 

     Hasta nueve historias diferentes pero interdependientes dentro de una misma historia. Ahí es nada. Contadas desde diversos puntos de vista y utilizando una técnica por la cual todos los personajes nos hacen sentir sus impresiones, sus pensamientos, sus acciones en una primera persona narrativa que se entrelaza con la tercera persona del narrador omnisciente. Narrador que hace un cameo en su propia novela en uno de los capítulos, titulado "Si a la brasa le da el viento". Todas las historias contadas, además, a base de capítulos cortos (125) con gran maestría. La de un escritor al que servidor no conocía hasta esta novela. Craso error que desde ya mismo pienso corregir.

     El autor, que ya trató el tema vasco en 2006 y 2012 con sus obras Los peces de la amargura (Premio Vargas Llosa de Novela, Premio Dulce Chacón y Premio Real Academia Española) y Años lentos (Premio Tusquets Editores de Novela y Premio de los Libreros de Madrid), utiliza como guión/hilo conductor de la novela no la sucesión lineal de los hechos sino una serie de ráfagas o flashes emocionales de cada uno de sus protagonistas. Porque aunque asesinato hay uno, tragedias hay nueve. Porque cada uno de sus personajes lleva a cuestas su propia tragedia personal. Una mochila que en algunos casos parece pesar menos pero que en otros es demasiado pesada para seguir viviendo el día a día.   

     En Patria la tragedia y el dolor no se circunscriben a unos pocos sino que se convierten en algo mucho más generalizado. Sufren las familias de las víctimas, pero también las de los terroristas, que deben cruzar el país una vez al mes para poder ver a sus hijos, hermanos o padres, no solo encarcelados sino víctimas de la sinrazón de un gobierno central igual de inhumano. El desgarro emocional se agranda paulatinamente hasta volverse irreversible. Familias igualmente nacionalistas, con hijos simpatizantes de la izquierda abertzale, que en ocasiones se enamoran de inmigrantes que no saben hablar el euskera, que comparten las mismas ideas... hasta que la violencia los alcanza, divide y hasta destruye. Porque todos, absolutamente todos son humanos.

     Los peligros del nacionalismo --el vasco y también el castellano-- aparecen en cada una de las páginas de la novela. Tradicionalista, casi medieval, sacralizador de la tierra, excesivamente romántico y divisor y violento. Sobre todo, divisor y violento. No en vano, afirma Aramburu sobre las posibles reacciones hacia su libro que lo que de verdad me preocuparía es que gustara a los violentos. Otra declaración de intenciones que no debemos pasar inadvertida. Porque, si algo tiene Patria, es que nos habla de la imposibilidad de olvidar, pero también de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.  

     Existen novelas que nos emocionan por la historia que se nos cuenta. Otras lo consiguen a través de un lenguaje exquisito. Y solo unas pocas, casi contadas con los dedos de las manos, consiguen aunar ambos aspectos. Son lo que solemos llamar obras maestras. Muy raras veces estas se convierten en bestsellers. Pues bien, Patria es todo ello. Nos hace sufrir por la dureza de su contenido. Pero también nos deleita con su lenguaje y su construcción a modo de píldoras emotivas. Porque estamos ante un libro que todo el mundo debería leer: vascos y no vascos; interesados en la política y apolíticos; víctimas y verdugos; grandes lectores y aquellos que apenas leen un par de libros al año. Aramburu no toma partido por nadie. Se limita --¡como si esto fuera poco!-- a compartir con nosotros el dolor resultante de toda violencia. 

                              

miércoles, 2 de noviembre de 2016

El guardián entre el centeno. J. D. Salinger. Edhasa. 2007. Reseña





     Algunos autores no necesitan más que una obra para alcanzar la inmortalidad literaria. Ejemplos hay muchos a lo largo de la historia. El estadounidense J. D. Salinger es uno de ellos. El guardián entre el centeno fue su única novela publicada (se rumorea que existen más obras que nunca han sido plasmadas en libros físicos), hecho que no ha impedido que sea mundialmente conocido. La historia de Holden Caulfield vio la luz en 1951, aunque no se tradujo al castellano hasta diez años después, con el título de El cazador oculto. Una nueva traducción, esta de 1978, fijó el título definitivo por todos conocido.

     Desde el mismo momento de su publicación resultó polémica. Multitud de jóvenes y algunos críticos de la sociedad norteamericana de la época la acogieron de inmediato, convirtiéndola en popular. Sin embargo, otros vieron en su lenguaje provocativo y sus continuas alusiones al tabaco, el alcohol y la prostitución algo ofensivo e instigador de masas. La puritana sociedad de los EE. UU. de los años cincuenta no estaba preparada para una historia tan realista, protagonizada por un joven inadaptado de diecisiete años. Esos casos, obviamente, debían ser escondidos, sepultados, olvidados. Ese fue el tremendo error (por fortuna, solo para algunos) de Salinger.

     Como el tiempo todo lo cura, el paso de los años ha convertido a El guardián entre el centeno en una de las diez obras más leídas en su país de origen, donde además es lectura obligatoria en los institutos. Se han vendido más de sesenta millones de ejemplares en todo el mundo y su influencia en la cultura popular es innegable. Para bien y para mal. En el primer caso, ha influido en la música --Billy Joel compuso su célebre tema We didn´t start the fire tras leerla y grupos como Guns N Roses, Offspring, Green Day o Chemichal Brothers también se han inspirado en la obra para componer algunas de sus canciones más conocidas-- y, pese a que ni Salinger ni su protagonista amaban precisamente el cine --por eso nunca dejó que se adaptara a la gran pantalla--, encontramos referencias más o menos directas en las películas Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Annie Hall (Woody Allen, 1977), El resplandor (Stanley Kubrick, 1980 (siguiendo el libro de Stephen King, escritor también influenciado por Salinger, al igual que Philip Roth, John Updike o Lemony Snickett)), Conspiración (Richard Donner, 1997) o The good girl (Miguel Arteta, 2002).

     Para mal, ha influido también a varios asesinos famosos que declararon ser fans o estar obsesionados con la novela: John Hinckley Jr. (quien trató de asesinar al presidente Ronald Reagan en 1981), Mark David Chapman (quien, tras matar a la puerta de su casa a John Lennon, esperó tranquilamente a que la policía lo detuviera leyendo un ejemplar de este libro) o Robert John Bardo (que también llevaba una copia de la misma en su bolsillo el día que mató a la actriz Rebecca Schaeffer). Tanto es así que se rumorea que las librerías de los EE. UU. tienen hilo directo con el FBI y la CIA, que conocen al momento la identidad de los compradores de la novela.

     Realidades o mitos al margen, está claro que estamos ante una de esas novelas que no dejan a nadie indiferente. Pero, ¿qué tiene la obra para cautivar tanto a defensores como a detractores e influir de esa manera a creadores y asesinos por igual? La clave la encontramos en su protagonista y narrador. Holden Caulfield (¿probable alter ego del propio Salinger?) tiene diecisiete años, es alto y tiene cabello gris en la parte derecha de su cabeza, lo cual lo hace parecer mayor de edad, posibilitando su acceso a lugares y vicios no permitidos a los jóvenes de la época. Su edad explica su lenguaje a la hora de narrar su historia. Su mirada, ingenua pero cruda, y su inteligencia y capacidad para detectar los aspectos más ridículos de las personas --narcisismo, superficialidad, hipocresía o escasas luces-- le permiten criticar sin ton ni son a todo el que lo rodea.

     Holden no encaja en ningún colegio. Pese a ser extremadamente inteligente para algunas cosas, no logra aprobar sus asignaturas por evidente falta de interés. No encuentra su camino en la vida y se dedica a dar tumbos por la ciudad de Nueva York. Se fuga de Pencey, el colegio en el que está interno, tres días antes de su expulsión del centro. Una de tantas. Es una alienado, un paria, un excluido, un indolente, un extranjero al más puro estilo Camus (¿quizá influyó en él la obra del autor francés?). En su periplo de cuarenta y ocho horas por la ciudad, visitará hoteles, lugares de ocio nocturno y teatros, donde conocerá o se reencontrará con conocidos que encarnarán lo peor de la sociedad neoyorkina de la época.

     El protagonista está alienado incluso de su propia familia, con la que ni siquiera convive al estar recluido siempre en colegios internos. Se lleva mal con sus padres, especialmente con su padre; considera que su hermano mayor, D. B., es un vendido a Hollywood por escribir guiones en lugar de novelas; su hermano Allie había muerto un par de años antes y lo echa de menos; y su hermana pequeña, Phoebe, es la única que parece entenderlo pese a su escasa edad. Vive una vida económicamente privilegiada aunque vacía. Y cuestiona casi intransigentemente los valores de la sociedad hasta el punto de convertirse en un rebelde sin causa.

     El joven Caulfield nos presenta página a página, capítulo a capítulo los defectos de su sociedad y también los propios. Nos hace reír con esa crítica feroz de sus hipócritas y ridículos compañeros de andanzas y nos conmueve según nos lleva de la mano hacia su tragedia personal. Es un personaje lúcido para algunos aspectos, ignorante para otros, desconfiado para todos ellos y, sin duda, trágico. Hasta la médula. No lleva buen camino. Va a descarrilar y vemos que se acerca el momento. Sin embargo, nos deja frases para enmarcar y tratar de seguir en nuestras vidas. Como la que cierra la novela: Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo. ¿Quizás sea ese el motivo de que no conozcamos más obras de este genial novelista?                      

       

jueves, 27 de octubre de 2016

Farándula. Marta Sanz. Anagrama. 2015. Reseña





     El diccionario de la RAE define la palabra faralá (plural, faralaes) como volante ancho puesto como adorno en un vestido, cortina, etc. El término se aplica principalmente al adorno de la parte baja de la falda del típico traje regional andaluz. En una segunda acepción, la RAE simplemente dice que es un adorno excesivo y de mal gusto. El mismo diccionario nos dice, sobre la palabra tarántula --dejando de lado la conocida especie de arácnidos de picadura letal--, que deriva del término italiano tarántola, al igual que taranta, vocablo que define con epítetos como desmayo, mareo, arrebato, humor pasajero, inquieto o desazonado por alguna causa física o moral. Finalmente, la palabra farándula viene definida así: profesión o ambiente de las personas que que se dedican al espectáculo, especialmente el teatro. Charla embrollada con la que se pretende desorientar o engañar. 

     ¿A qué viene todo esto? El presente escrito, ¿no es una reseña literaria? Por supuesto que sí. ¿Qué manera es esta, entonces, de comenzar la reseña de una novela?  Pues solo una como cualquiera otra. Simplemente, es que, para entender el punto de arranque de la novela que nos ocupa, Farándula, de Marta Sanz, he creído conveniente definir el título y las dos partes en que esta se divide: Faralaes y Tarántula. ¿Por qué? Pues porque estamos ante una novela no al alcance de cualquier lector. Entre otras cosas porque su autora, doctora en Filología, hace gala de su saber sobre el mundo de las letras y, a lo largo de su texto, introduce multitud de vocablos cuyo significado ha de ser consultado en el diccionario de la RAE para una perfecta comprensión del mismo. 

     ¿Es esto bueno o malo? Pues, depende del nivel lector de quien esté ocupado en la lectura del libro. Me ocurrió lo mismo con Intemperie, la obra de debut de Jesús Carrasco. Particularmente, pienso que aquellos lectores que gusten de visitar el diccionario y aprender nuevas palabras, disfrutarán de la lectura de este tipo de novelas. Quienes no, casi mejor que tomen cualquier otro libro. Pero esta es mi modesta opinión. Lo que está fuera de toda duda es que un libro así requiere paciencia y tiempo. Lógicamente, la consulta del diccionario ralentiza el ritmo de lectura. Y conjugar esto con un ritmo narrativo que pretende ser alto, como creo que es el caso, resulta muy complicado para el escritor. Su solo intento ya merece un aplauso.

     Farándula es una historia de decadencia. Decadencia social de un mundo huérfano de sentido crítico. Y decadencia moral y política, por supuesto. Porque, ahora más que nunca, no corren buenos tiempos para la lírica --en cualquiera de sus campos--. En lugar de subvenciones, impuestos; en lugar de difusión, descrédito. Farándula es una denuncia urgente, una llamada, a quien corresponda, para salvar el arte escénico. Su ironía y su sarcasmo son las herramientas más fiables para diagnosticar una sociedad superficial y en quiebra. Su lenguaje, directo, a veces triste, en ocasiones divertido, se convierte a menudo en borde, incluso obsceno, para no dejar indiferente a ningún lector. ¡Y lo consigue!

     El Premio Herralde de Novela 2015 narra la historia de tres actrices --no creo que por casualidad, Farándula fue también el nombre de una de las principales compañías ambulantes de cómicos del siglo XVII, constituida precisamente por tres actrices y bastantes más actores-- de diferentes edades y situaciones en un mundo que se desmorona a su alrededor. Ana Urrutia es una vieja gloria de la escena teatral, ahora decadente, que vive los últimos y también peores momentos de su vida. Una mujer irreverente, antipática, antisocial que no tiene donde caerse muerta y vive sola en un mugriento piso --su única pertenencia en este mundo-- del centro de la capital. Solo la visita, una vez por semana, Valeria Falcón, actriz de cierta notoriedad que sobrevive como puede en tiempos de desprestigio de la cultura en general y de la escénica en particular. Y Natalia de Miguel, la tercera actriz en discordia, está a punto de explotar en la escena. Más por su participación en un famoso reality show que por sus méritos como actriz. 

     En efecto, serán el morbo y la atracción que suscita la joven televisiva los que llenarán el teatro de gente que no va a entender nada en absoluto de la obra representada. Solo hay aplausos para las intervenciones de la protagonista famosa. Decadencia. Arrebato. Ruina. Inquietud. Desazón. Tarántula. Público desentendido. De mal gusto. Superfluo. Superficial. Adornado. Exagerado. Faralaes. Tarántula y faralaes confluyendo en Farándula. Y, así, retrocedemos al principio de esta reseña y todo cobra sentido --o eso espero--. Charla embrollada con la que se pretende desorientar o engañar. En mi opinión, esa es la intención de Marta Sanz al presentarnos esta historia. Y lo hace con un lenguaje y un ritmo narrativo elevado, rápido, directo al corazón.

     Porque, como ya he escrito con anterioridad, el mensaje que la autora pretende transmitirnos con esta novela es urgente, decisivo, definitivo: el teatro se muere ante nuestros ojos. La cultura está desprestigiada por nuestros gobernantes. Y trabajar en ella y para ella sale cada vez más caro. Sobre todo si se pretende combinar el glamour y el éxito con el compromiso social y político, tal y como le ocurre a Daniel Valls, el protagonista masculino de la novela. Y es que ser reaccionario, en estos días, es complicado. Y el miedo a perder el sitio que tanto cuesta llegar a ocupar lo dificulta todavía más. Devaluación artística. Precariedad. ¿Renovarse o morir? Envejecimiento. Relevo generacional. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?    

     Farándula nos presenta la posibilidad o no de que el teatro cambie el mundo, nos muestra cómo es el día a día del conjunto de personas que forman parte del pequeño-gran mundo del espectáculo, nos enseña que bajo una superficie de glamour, éxito y dinero existe un fondo de oscuridad, sombras y miseria, nos entretiene, nos divierte, nos emociona, nos hace reír, nos hace llorar, nos hace pensar y reflexionar, nos enfada, nos cabrea, nos irrita. Y nos lanza un órdago que deberíamos ser capaces de asumir: de nosotros depende que continúe vigente aquello del that´s entertainment...