LIBROS

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miércoles, 17 de enero de 2018

El jugador. Fiodor Dostoievski. Servilibro Ediciones. 2012. Reseña





     En 1866, cuando Dostoievski contaba cuarenta y cinco años de edad, compaginó las escrituras de Crimen y castigo, una de sus obras más celebradas, y El jugador, novela corta que nos ocupa en estas líneas. Centrado en la primera durante largo tiempo, acabó cumpliendo el compromiso adquirido con su editor, Stellovski, respecto a El jugador dictándosela a viva voz a una joven taquígrafa, Anna Snitkina, que acabó convirtiéndose en su segunda esposa. Así, lo que en un principio iba a ser una obra menor, ha ido ganando con el paso de los años, justamente por la fuerza de la oralidad con la que fue escrita-dictada. El lenguaje brusco y directo, su frescura de diálogos y un ritmo nervioso han hecho de esta novela corta una de las más conocidas de la obra dostoievskiana. 

     Su título original fue Ruletenburg, ciudad ficticia alemana creada por el genio ruso en la que se desarrolla la acción, narrada en primera persona por el protagonista principal, Aleksei Ivanovich, un joven tutor empleado por un general ruso retirado venido a menos. En la novela volcó muchas de sus experiencias personales en los balnearios de Wiesbaden, Baden-Baden o Homburg, grandes centros del juego europeo, frecuentados por los rusos en sus viajes por Europa occidental. Además, recrea su pasional y excéntrica relación con su amante, Apollinaria (Polina) Prokofievna Suslova, que lo acabó abandonando tras perder todo su dinero en las ruletas de Wiesbaden.

     Por tanto, el valor de esta obra es formidable, pues, como ya había hecho con Memorias del subsuelo --en las que recordó su estancia en la cárcel de Siberia-- y haría más tarde con Los hermanos Karamazov --donde pasó factura a un padre tiránico y alcoholizado--, escribió una novela en gran parte autobiográfica, en la que el más reconocido moscovita de su época pasó revista tanto a su vida personal como a la sociedad de la que fue contemporáneo. Los vaivenes económicos (a consecuencia básicamente de la diferente fortuna en las ruletas), los ambientes de los balnearios alemanes y los escarceos amorosos del protagonista constituyen los ejes centrales de la novela.

     El jugador retrata a ese alter ego ruso sin recursos pero eminentemente culto que caerá atrapado en la pasión del juego, pero también a las clases altas europeas que se dejaban ver por los balnearios-casinos alemanes, a los que critica sin ningún tipo de tapujo. Así, describe a los rusos como apasionados y extravagantes, orgullosos y ridículos a la vez; a los franceses, como galantes, de formas bellas pero falsos; a los ingleses, como educados, enigmáticos y calculadores; y a los alemanes, como serviles e interesados. La descripción de los personajes se nos muestra de forma casi milimétrica, lo que tiene doble valor habida cuenta de la forma de escritura-dictado de la obra.

     Sin embargo, como buen ruso, Dostoievski demuestra ser bastante poco neutral al expresar sus propias convicciones. De manera que no duda un instante en salir en defensa de la dignidad de los rusos. Aunque, eso sí, plasma a la perfección las contradicciones del espíritu humano y sus luchas internas. Todo ello, personalizado en la figura de ese alter ego que es Aleksei Ivanovich, por lo que queda claro que la pretensión del autor era liberarse de recuerdos personales tan duros para hacer borrón y cuenta nueva, redimirse y, quién sabe, comenzar desde cero. Algo que consiguió finalmente en Ginebra de la mano de su segunda esposa. 

     El personaje de Ivanovich, tutor de los hijos del general Zagorianski, representa el alma atormentada del propio Dostoievski, pero también constituye un fiel retrato de muchos de los rusos que residían en el extranjero. El general Zagorianski sufre una obsesión casi enfermiza por madamoiselle Blanche de Cominges que lo lleva al delirio al principio y finalmente a la misma desesperación. Lo arriesga todo en la ruleta con tal de obtener el sí, quiero de su amada. Polina Aleksandrovna, hija del general, está enamorada del francés Des Grieux, marqués que ha sabido aprovechar las debilidades del general para prestarle un dinero que ahora ansía recuperar. Mr. Astley, un adinerado inglés, parece ser el único en poner algo de cordura a una familia en serio de peligro de desintegración.

     Y Antonida Vasilievna, la tía del general, es la clave de las acciones de los demás protagonistas, que basculan en torno a ella en todo momento. Anciana y enferma, asiste al reparto de su herencia entre sus herederos, quienes no hacen más que mandar telegramas a Moscú para conocer la noticia de la posible muerte de la vieja. Su inesperada llegada a Ruletenburg cambia absolutamente el comportamiento de todos sus familiares, y también el de los demás personajes. Pasa de desconocer por completo el juego de la ruleta a convertirse en un gran ejemplo de ludopatía y dependencia del juego. Su temerario comportamiento en la mesa de juego acaba por poner a su familia al borde del precipicio. Y, como no podía ser de otra manera, llegados a esa situación, cada cual luchará por sus propios intereses. 

     El jugador constituye una obra de gran magnitud, pues nos permite conocer de primera mano hechos reales de la vida de uno de los más importantes escritores del siglo XIX, así como elementos de la sociedad en que vivió: la emigración rusa, los balnearios-casinos germanos, las relaciones interpersonales y las bajas pasiones (y, con ello, no me refiero solo a las que tienen que ver con el juego). Una novela que puede servir perfectamente como una magnífica primera toma de contacto con Fiodor Dostoievski. Y hablo con conocimiento de causa...                         


lunes, 8 de enero de 2018

Mis diez mejores lecturas de 2017





10. La buena letra. Rafael Chirbes. Anagrama. 2000 La buena letra es el disfraz de las mentiras, afirma Ana en boca de Isabel. Unas palabras dulces que encubren una gran amargura. Ciertamente, la novela no es bella sino muy dura. En ella es casi más importante lo que se deja entrever, lo que se intuye que lo realmente narrado. Un fiel reflejo de una sociedad y una época a través de una pluma seria, original y fuerte que se echa mucho de menos en nuestra literatura actual. Y es que la intención de Chirbes nunca fue escribir bonito sino escribir bien. Y ello se nota en cada una de sus obras.

9. El cielo es azul, la tierra blanca. Hiromi Kawakami. Alfaguara. 2017 Nos encontramos ante una escritora que hay que seguir con mucha atención a partir de ahora. Sobre todo, viendo cómo narra y cómo utiliza su prosa para golpearnos sin siquiera tocarnos. La novela es una maravillosa historia de amor (como ya indica su subtítulo en esta reedición de Alfaguara) como hacía tiempo no leía. No, no es la típica historia romántica prefabricada de moda, sino una original, delicada, cuidada y exquisita historia de amor en el más amplio sentido de la palabra. 

8. Desgracia. J. M. Coetzee. Círculo de Lectores. 2000 La rápida sucesión de acontecimientos, la introspección y una narración directa, sencilla, casi sin descripciones y a menudo más insinuadora que efectivamente mostradora, nos conducen a una especie de montaña rusa de emociones, sentimientos, toma de decisiones y actos más o menos preconcebidos. La historia nos captura, conmociona, zarandea y hasta cabrea. Los personajes no son perfectos pero sí cercanos. Tienen defectos, dudas, frustraciones. Y quizá sea eso lo mejor de la novela, lo que la hace tan descarnada y a la vez tan bella (literariamente hablando).

7. La tristeza del samurái. Víctor del Árbol. Editorial Alrevés. 2011 Las culpas, los dolores y las traiciones de los personajes de la Extremadura de 1941 han sido heredadas por sus hijos, los protagonistas de la acción que transcurre en la Barcelona de 1981. Algunos de ellos han nacido culpables y marcados por un pasado en el que todavía no existían. Otros tratan de sobrevivir a pesar de sus pasados. La venganza, el ansia de la destrucción, la lucha por el poder y el amor como única vía de salvación son algunos de sus modos de vida. Pero para poder seguir con ella han de cerrar el círculo. Algo que cada uno hará a su manera. El pasado no se puede cambiar, pero el futuro está en nuestras manos. 

6. Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987 El día en que que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Así comienza una de las novelas más representativas e imprescindibles de la literatura contemporánea. En apenas un centenar de páginas García Márquez realiza un tour de force genuino y extraordinario, atrapando al lector en una lectura cuyo desenlace conoce ya desde su primera frase. Y para ello, además de un lenguaje exquisito, empleó una acción a la vez colectiva y personal, clara y ambigua. hasta el punto de que los recuerdos de unos y otros protagonistas llegan a contradecirse. 

5. Clavícula. Marta Sanz. Anagrama. 2017 Novela intensa, singular, diferente, original, sorprendente, talentosa, clarividente, lúcida, valiente, arriesgada, honesta, social, moral, políticamente incorrecta y que sabe dirigir la atención del lector exactamente hacia donde apunta la flecha. Digna, sin un ápice de duda, de quien afirma que me gustan los libros que abren estigmas en las palmas de las manos, los que aprietan la garganta y nos cortan la respiración. Todo ello, a pesar de que no tolero mostrar debilidades en público porque el público es siempre un enemigo. ¡Pues vaya manera de demostrarlo! 

4. Por encima de la lluvia. Víctor del Árbol. Ediciones Destino. 2017 Comentó Víctor del Árbol hace unos meses que con esta novela, en la que nos cuenta una historia arrolladora sobre el valor de vivir siempre intensamente, no pretende otra cosa que arañar el alma del lector. Cuestión que enlaza este nuevo trabajo con cualquiera de sus anteriores. Por algo se le conoce como el escritor del dolor. Etiqueta de la que siempre huye, por otra parte. Como de todo tipo de clichés y tópicos. Especialmente en un momento tan convulso como el actual, en el que la sinrazón de unos y otros nos está llevando, a todos, al abismo. 

3. La vida negociable. Luis Landero. Tusquets. 2017 Una novela en la que la soledad, la psicología humana y las bajas pasiones --los celos, las infidelidades, el sexo por el sexo-- son su leitmotiv. Y, sin embargo, el amor --sea o no correspondido--, la esperanza y la necesidad de tener, mantener o crear nuevos sueños son los factores que mantienen con vida a sus protagonistas. Ya se sabe: reinventarse o morir. Porque, a veces, la vida se convierte en un valle de lágrimas y la redención es la única salida para poder seguir adelante y comprobar lo que nos espera al final de nuestro camino. Y es que puede que lo mejor esté a la vuelta de la esquina...

2. Tierra de campos. David Trueba. Anagrama. 2017 Creo que no resulta exagerado afirmar que estamos ante una de las mejores novelas españolas del año. Una historia que perfectamente se podría adaptar a la gran pantalla. Y con una portada que rinde un fiel homenaje a esa tierra de campos que marca el origen de un Dani Mosca que pasará a la historia de la literatura española por méritos propios. Como amante de la música que soy, me ha cautivado la recreación que realiza Trueba de la movida madrileña. Y la división de la novela en cara A y cara B es ciertamente original pero también necesaria. Trueba es auténtico y genuino. Y esta obra no será la última suya que lea. 

1. Los renglones torcidos de Dios. Torcuato Luca de Tena. Planeta. 1979 La mejor lectura del 2017 viene de la mano del escritor y periodista Torcuato Luca de Tena, que en 1979 pasó hasta 18 días seguidos encerrado en un manicomio para documentarse para escribir esta novela. Convivió como un loco más entre los locos del Hospital Psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela. El autor de esta verdadera obra maestra de la literatura española contemporánea pidió permiso al reconocido psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera para ingresar en su manicomio. Llegaron a discutir ante la negativa del segundo. La trama de la historia va dando una serie de inesperados giros que, aspectos psiquiátricos al margen, mantienen el interés por conocer el desenlace hasta la última página. Una novela digna de ser el número 1 de esta lista. 


viernes, 22 de diciembre de 2017

...Y el republicanismo catalán barrió al 155 monárquico español





     El pueblo es siempre soberano. Pero algunas veces más que otras. Porque si unos comicios alcanzan la estratosférica cifra de 82% de participación ciudadana legitiman de forma extraordinariamente amplia al gobierno formante. Y en el caso que nos ocupa estará presidido --Dios y el gobierno español mediante-- por Carles Puigdemont, a todas luces legítimo president de Cataluña. Ni puede ni debe ser de otra manera. Porque el republicanismo catalán ha barrido del mapa al 155 monárquico español. Y, de paso, la ciudadanía catalana ha dado a la española una tremenda lección de democracia, valentía, perseverancia y coherencia. Ojalá, bien sea por pura envidia bien por vergüenza torera, los republicanos españoles despierten de su largo letargo.

     Conviene, en primer lugar, felicitar a Inés Arrimadas y a Ciudadanos, que han conseguido la nada despreciable suma de 1.103.000 votos (25,4% del total) y 37 escaños. Triunfo amargo, pues este espectacular resultado solo les servirá para seguir siendo el primer partido de la oposición. Allí les acompañarán el PSC --cuyo líder, Miquel Iceta, es un político de indudable valía, pero tiene al enemigo (PSOE) en casa, y así es imposible conseguir logros mejores de los obtenidos (80.000 votos y un escaño más que en 2015)--, Catalunya-En Comú-Podem --que ha pagado muy caro el hecho de mantener su inmaculada coherencia política en torno a la negación de la unilateralidad y del 155 y su tenaz defensa del derecho a decidir del pueblo catalán en un momento político tan polarizado que ha terminado por hacerles perder tres escaños y 44.000 votos-- y un PP que a este paso acabará saliendo del parlament más pronto que tarde.

     En el grupo mixto el PP tendrá un acompañante muy poco agradable para él: la CUP. El partido anticapitalista también ha pagado la enorme polarización de la actual sociedad catalana, perdiendo 144.000 votos y 6 escaños. Eso sí, a diferencia de los populares, su participación en el nuevo parlament parece que será activa y decisiva, pues esos cuatro escaños obtenidos se antojan necesarios para constituir el gobierno. A no ser que se decidan por la abstención en el caso de que JxC y ERC abandonen la unilateralidad. El caso es que las reuniones del grupo mixto del parlament se presuponen muy divertidas en los próximos tiempos.

     Casi todos los votos y los escaños perdidos por la CUP se han repartido, a tenor de los resultados finales, entre los dos grandes partidos independentistas: JxC y ERC. El partido de Puigdemont ha obtenido 940.000 votos y 34 escaños. El de Junqueras, 930.000 papeletas y 32 escaños. Entre ambos, pues, 1.870.000 votos (casi 250.000 más que en 2015) y 66 escaños (4 más que cuando se presentaron como JxSí). Apoyos más que suficientes para reeditar el gobierno interrumpido por la aplicación del artículo 155 de la Constitución por parte del gobierno español.

     Uno de los datos más relevantes de los resultados del 21D es la suma de los apoyos independentistas. Y es que JxC, ERC y la CUP suman en total 2.063.000 sufragios --casi 100.000 más que en 2015 y ¡¡¡los mismos que obtuvieron en el pseudo referéndum del 1-O!!!--, 70 escaños (2 menos que en 2015, debido a la extraordinaria movilización de estos comicios (un 7% mayor)), y el 47,5% de los votos totales. Lo cual nos devuelve a la paradoja de hace dos años: mayoría absoluta en escaños pero no en votos. Resultados, pues, que según se miren, justifican o no una hipotética (aunque muy poco probable) nueva declaración de independencia. Pero que, en cambio, sí dejan claro que la celebración de un referéndum de autodeterminación pactado es urgente, necesario y legítimo.

     Porque, si sumamos los votos y escaños conseguidos por Catalunya-En Comú-Podem, que siempre ha abogado por la celebración de dicho referéndum, las cifras no dejan lugar a dudas: 2.386.000 votos, 78 escaños y el 54,9% del total de los votos. Algo que debería obligar al gobierno español a mover ficha. Una ficha que debería pasar por el diálogo y la negociación y no por la intransigencia y la fuerza. Sin embargo, nada bueno parece que debamos esperar de M. Rajoy y sus secuaces. Puigdemont ha pedido una reunión "sin condiciones" en un país neutral y Rajoy ha respondido que él con quien debe dialogar es con quien ha ganado las elecciones, Inés Arrimadas. Quizá le iría bien al presidente del gobierno español que Papá Noel le regalara una calculadora, pues parece no saber sumar.

     En definitiva, que pese a los notables errores de cálculo y de actuación del govern cesado --que se saltó las leyes españolas, las catalanas y las que él mismo aprobó cuatro semanas antes del 1-O--, la ciudadanía catalana ha demostrado que su apuesta por la república no entiende de 155, de amenazas, de discursos del miedo ni de medias tintas. Máxime cuando el gobierno español tampoco ha estado al nivel deseado en este procés: bloqueo de cuentas, porrazos, encarcelamientos injustos, disolución del parlament, convocatoria de elecciones, apoyo (y presiones) a las empresas para que abandonen Cataluña, manipulación de medios públicos --los propios trabajadores de RTVE lo han denunciado en varias ocasiones-- e invención de bulos. Por no hablar de las declaraciones de la vice presidenta Sáenz de Santamaría, quien aseguró la pasada semana que M. Rajoy había descabezado a los partidos independentistas. Afirmaciones que, como mínimo, ponen en tela de juicio la supuesta separación de poderes, la supuesta independencia judicial y el supuesto estado de derecho.

     No obstante, la pregunta es: y, ahora, ¿qué? Puigdemont debería ser investido president, pero seguramente será detenido de inmediato. De momento, hoy mismo, apenas unas pocas horas después de los comicios, la justicia española ya habla de imputar a la número dos de ERC, Marta Rovira, al presidente del PdCat, Artur Mas, a la coordinadora general del PDCat, Marta Pascual, al ex número dos de la Conselleria de Economía, Josep María Jové, a las dirigentes de la CUP Anna Gabriel y Mireia Boya, al ex mayor de los mossos, Josep Lluís Trapero, y hasta a Pep Guardiola. Casi nada para una jornada post electoral y víspera de fiestas navideñas.

     Pero, más allá de estas cuestiones políticas, jurídicas y judiciales, el presente escrito no debe finalizar sin mencionar a los que, en mi opinión, son los grandes protagonistas de un procés que, contrariamente a lo que muchos opinaban hasta hace solo unas horas, no está precisamente muerto: los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña, que han demostrado ser valientes, persistentes y tenaces. Y también que jamás cejarán en su empeño de construir lo que para muchos de ellos es un sueño cada vez más cercano: la consecución de una república catalana social y de derecho. Y no estaría de más que sus hermanos españoles les echaran un cable. ¡Viva la República!              


viernes, 15 de diciembre de 2017

Memoria de mis putas tristes. Gabriel García Márquez. Mondadori. 2004. Reseña





     El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen. Me acordé de Rosa Cabarcas, la dueña de una casa clandestina que solía avisar a sus buenos clientes cuando tenía una novedad disponible. Nunca sucumbí a esa ni a ninguna de sus muchas tentaciones obscenas, pero ella no creía en la pureza de mis principios. También la moral es un asunto de tiempo, decía, con una sonrisa maligna, ya lo verás. Era algo menor que yo, y no sabía de ella desde hacía tantos años que bien podía haber muerto. Pero al primer timbrazo reconocí la voz en el teléfono, y le disparé sin preámbulos: "hoy sí".

     Así de directo y crudo comienza el relato de Memoria de mis putas tristes, la última novela que escribió Gabriel García Márquez allá por 2004. Una novela corta que recuerda a una obra suya anterior, Doce cuentos peregrinos (1992), cuya historia se basa también en un amor a edad muy tardía, cuando parecía que la vida ya no podía deparar nada más que la muerte a su protagonista, y a La casa de las bellas durmientes, del japonés Yasunari Kawabata, escrito que siempre influyó en el Premio Nobel colombiano, tal y como siempre confesó él mismo en vida, y en el que el protagonista también mantiene extrañas relaciones con prostitutas dormidas. Y, sin embargo, Memoria de mis putas tristes es diferente a la obra del gran escritor nipón.

     Porque la novela que nos ocupa en estas líneas, a diferencia de la de Kawabata, sí se puede inscribir en el género de novela romántica en el sentido de que el nonagenario se obsesiona hasta tal punto con Delgadina --nombre que le pone a su amante pasiva dormida-- que llega a sentir hasta celos. Así, en su relato en primera persona llega a afirmar que esto es algo nuevo para mí. Él, que reconoce además sin tapujos que nunca me he acostado con ninguna mujer sin pagarle, y a las pocas que no eran del oficio las convencí por la razón o por la fuerza de que recibieran la plata aunque fuera para botarla en la basura. No obstante, todo cambia al conocer a Delgadina.
                 
     Porque, de repente, como por arte de magia, esa noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin las urgencias del deseo o los obstáculos del pudor. Y es que Rosa Cabarcas, constatando el miedo de la niña, de tan solo quince años, ante el hecho estar a punto de perder su virginidad decide atiborrarla de valerianas para relajarla. Tanto que esta se queda dormida y no se entera de nada de lo que ocurre en la habitación de la casa de Rosa. De nada salvo de que no ha perdido la virginidad, claro. El caso es que a nuestro protagonista le encanta la experiencia y no duda en repetirla cada vez que tiene la más mínima ocasión. Hasta que ha de rendirse, por primera vez en su nonagenaria vida, al amor verdadero.

     El Sabio o el Filósofo, como lo llaman los demás personajes de la obra, es un periodista mediocre, un soltero sin futuro, un feo ejemplar que jamás ha tenido una relación medianamente normal con ninguna mujer durante su larga vida. Vive en la ciudad colombiana de Barranquilla de los años sesenta y asiste, perplejo, a un drástico y caprichoso cambio del destino. Y lo que se presentaba como una historia de amor desenfrenado sin compromiso se convierte en una oportunidad única para conocer el amor verdadero. Y, claro, una vez superado el shock inicial, el protagonista no está dispuesto a dejar pasar la ocasión. Y se mostrará dispuesto a cualquier cosa con tal de vivir algo nuevo antes de morir.  

     La novela trata temas muy controvertidos, como la trata de menores, el comercio sexual y la pederastia. Y, sin embargo, no se puede acusar a su autor de fomentar ninguna práctica ilícita, pues, pese a que la intención inicial del protagonista sí es mantener relaciones sexuales con una joven de quince años, lo que se narra realmente es una historia de amor casto y puro. En cualquier caso, es indudable que la temática puede resultar polémica según el tipo de lector que se sumerja en las páginas de una novela que también fue llevada a la gran pantalla --bajo título homónimo-- de la mano del director danés Henning Carlsen y del guionista Jean-Claude Carriére. Emilio Echevarría interpretó el papel de el Sabio, Paola Medina Espinoza hizo de Delgadina y Geraldine Chaplin encarnó a Rosa Cabarcas.

     En sus encuentros, mientras la niña duerme, el Sabio le susurra canciones, historias y piropos al oído. Se establece entre ellos una especie de comunicación a base de gestos, sonrisas y movimientos. El anciano le regala a la joven pendientes, collares, cuadros, etc. Incluso convierte la habitación de la casa de Rosa Cabarcas en la que se encuentran en un nidito de amor en el que estar más cómodos, solos, desnudos y abrazados. Y, como se ha referido más arriba, el viejo comienza a sentir celos y a preguntarse cómo es la vida de la niña durante el día. Solo sabe por Rosa que es obrera y que cose botones en un almacén de moda. Y ese sentimiento de pertenencia comienza a provocar en el Sabio un maremágnum de pensamientos y sentimientos contradictorios difíciles de llevar por alguien que jamás antes se ha enamorado.

     Gabo publicó esta novela diez años antes de su fallecimiento. Y a la polémica de la supuesta incitación a la pedofilia se sumaron el expreso deseo de su autor de que nunca más fuera llevada al cine ninguna de sus novelas y la teoría de si la narración estaba basada o no en algún extraño capítulo de su propia vida. No en vano, el protagonista de la historia es un periodista de edad avanzada (García Márquez contaba en aquel momento 77 años). El autor siempre indicó que sus fuentes bebían de la obra de Kawabata comentada al principio de la presente reseña. Sea como sea, y conjeturas al margen, estamos ante una gran novela de amor y desamor, de ansias de vivir cada momento con la máxima intensidad posible --sabiendo su protagonista que su muerte está cada vez más cercana-- en la que está también presente el característico realismo mágico, especialmente en las escenas en que el Sabio se relaciona con su madre ya muerta.      


lunes, 4 de diciembre de 2017

La vida negociable. Luis Landero. Tusquets. 2017. Reseña





     Señores, amigos, cierren sus periódicos y sus revistas ilustradas, apaguen sus móviles, pónganse cómodos y escuchen con atención lo que voy a contarles. Así, como si estuviéramos esperando turno en su peluquería, comienza a narrarnos su vida Hugo Bayo, el protagonista de la última y magnífica obra del escritor extremeño Luis Landero. Un comienzo de novela de esos que de inmediato presuponemos que van a pasar a la historia de la literatura española contemporánea. Que llama la atención, nos atrapa desde la primera frase y nos transmite unas irrefrenables ganas de saber por dónde va a discurrir la historia que se nos dice que se nos va a contar.

     El autor de, entre otras, Juegos de la edad tardía (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa en 1990), Caballero de fortuna, El mágico aprendiz o El balcón en invierno, hace reflexionar en voz alta a Hugo Bayo, quien nos cuenta en primera persona las vicisitudes por las que atraviesa su existencia desde la adolescencia hasta el cumplimiento de sus primeros cuarenta años de vida. Una vida marcada por los fracasos, los proyectos que lo llevan a empezar de cero de nuevo, una gran capacidad de reinvención y unos pensamientos y unas actitudes que en numerosas ocasiones llegan a escandalizar al lector, quien asiste, conmocionado, a una sucesión de acontecimientos que amenazarían la estabilidad de cualquiera. 

     Hugo es, en lenguaje coloquial, un mal bicho. Un personaje capaz de chantajear a sus propios padres con sus respectivos secretos --el de ella, que tiene un amante que dice ser doctor pero que en realidad es pianista; el de él, que la imagen de recto y digno administrador de fincas es algo ficticio, pues mantiene una serie de chanchullos que permite a su familia vivir muy bien-- con tal de sacarles dinero y vivir de rentas a costa de mantener su boca cerrada y no contar nada a nadie. Y, pese a ello, resulta imposible no empatizar con él en muchísimas de las situaciones que la historia describe. Algo solo al alcance de un autor notable. Como Landero. Un destripador psicológico de primera magnitud. 

     Hugo es egoísta, insolidario, necio, provocador, maltratador --de padres, amigos y novias-- e infiel. Por naturaleza. Pero también soñador empedernido, capaz de lo mejor y de lo peor, aventurero, arriesgado y negociador. Así, afirma que con los años, uno se acomoda a lo que hay, negocia con uno mismo y con el mundo, porque, como bien decía mi padre, todo en la vida es negociable. Ahora comienzo a comprenderlo, ahora que empiezo a vivir en el presente sin otra patria que el presente. Quién sabe, quizá aceptando mi fracaso, es decir, aceptándome, consiga, si no ser feliz, al menos un poco de sosiego y de paz.

     Porque, en efecto, tal y como se desprende de la frase anterior, el protagonista de La vida negociable actúa como actúa porque, pese a creer que tiene innumerables cualidades y que la vida acabará poniéndolo en su sitio antes o después, en el fondo ni se comprende ni se acepta. Por ello, parece deambular por el mundo tratando de cruzarse consigo mismo por algún callejón para preguntarse quién es y qué quiere ser cuando sea mayor. La eterna pregunta del millón que muchos nos hacemos a menudo, tengamos la edad que tengamos. Sí, Hugo es en realidad un sufridor que no entiende sus propias decisiones, sus actuaciones y, lo que es peor, sus formas de pensar.

     Un personaje que sufre continuas crisis de identidad. De las cuales se suele recuperar de manera tan rápida como inconsciente. Porque parece ser de la opinión de que un sueño roto solo puede superarse mediante la auto imposición de un nuevo sueño. Por inalcanzable que este sea. La clave, quizá, sea no perder nunca la esperanza. Por eso, Hugo se reafirma en que dentro de mí hay magníficas cualidades innatas esperando a salir a la luz y también en que con un poco de suerte mi gran momento está aún por llegar. Sin duda, cuando uno se está hundiendo es capaz de aferrarse a cualquier cosa. Incluso a un clavo ardiendo.

     No obstante, las acciones del presente siempre condicionan el futuro. De una u otra manera. Y nuestro protagonista no encuentra la paz consigo mismo porque sabe que en el pasado se ha portado muy mal con sus padres, con sus pocos amigos y con sus chicas: Olivia --un joven amor fugaz pero intenso-- y Leo, la protagonista femenina de la historia, con quien Hugo mantiene desde un primer instante una relación enfermiza, dependiente y violenta carente de sexo, cariño y respeto. En ella vuelca Hugo todas sus iras en sus peores momentos, tratándola cual saco de boxeo. Y ella se deja maltratar porque comparte con su agresor los mismos problemas de falta de autoestima.

     La vida negociable es una novela en la que la soledad, la psicología humana y las bajas pasiones --los celos, las infidelidades, el sexo por el sexo-- son su leitmotiv. Y, sin embargo, el amor --sea o no correspondido--, la esperanza y la necesidad de tener, mantener o crear nuevos sueños son los factores que mantienen con vida a sus protagonistas. Ya se sabe: reinventarse o morir. Porque, a veces, la vida se convierte en un valle de lágrimas y la redención es la única salida para poder seguir adelante y comprobar lo que nos espera al final de nuestro camino. Y es que puede que lo mejor esté a la vuelta de la esquina...                


lunes, 27 de noviembre de 2017

El baile. Irene Némirovsky. Salamandra. 2006. Reseña





     Solo vivió 39 años --fue deportada y asesinada en Auschwitz en 1942--, pero le bastaron para dejarnos algunas joyas literarias. Por ejemplo, la premiada y archi conocida Suite francesa (publicada en 2004), David Golder, la primera que vio la luz (1929), y la novela corta que nos ocupa en estas líneas: El baile (1928, pero publicada en 1930). Irene Némirovsky, escritora judía de origen ucraniano, huyó de Rusia tras la revolución de 1917. Su familia, de inmenso poder económico, se instaló en París, donde Irene estudió la licenciatura de Letras en La Sorbona. Razón que probablemente explique que escribiera toda su obra literaria en francés.

     Pese a padecer una infancia infeliz y solitaria, su exquisita educación y sus grandes dotes como novelista la convirtieron en una de las voces literarias más importantes de la Francia del período de entreguerras. Por desgracia para ella, y también para nosotros, la Segunda Guerra Mundial puso punto y final a su vida, privándonos de un talento que podría haber llegado mucho más lejos todavía. La cuestión es que poco a poco cayó en el olvido. Hasta que en 2004 sus hijas descubrieron el manuscrito de Suite francesa. A partir de su publicación, se relanzó el interés por la figura de la que está considerada como una de las grandes escritoras del siglo XX.

     Autores tan diferentes como Joseph Kessel (judío) y Robert Brasillach (antisemita) coincidieron en aplaudir sus obras. Viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, casi veinte años después de establecerse en París y tras escribir en lengua francesa sus obras, Némirovsky pidió la nacionalidad francesa. El gobierno francés, haciendo gala de una actitud antisemita, se lo denegó. En 1939 ella y toda su familia se convirtieron al catolicismo. Siguió escribiendo hasta el final, pese a la prohibición expresa de las leyes antisemitas del gobierno de Vichy de publicar sus obras. Finalmente, acaecieron su detención, deportación y posterior asesinato en el campo de exterminio de Auschwitz. 

     El baile narra el difícil paso de la adolescencia a la edad adulta de la protagonista, Antoinette. Una joven de solo catorce años de edad que se asoma con cautela y a la vez con intrepidez a un mundo que desconoce pero ansía conocer. Su padre, Alfred, es un corredor de bolsa francés que, merced a un golpe de suerte, se convierte en rico de la noche a la mañana. Muy pronto se traslada (junto a su esposa, Rosina, e hija, Antoinette) a la capital, París, donde la familia pretende hacer creer a sus nuevos conciudadanos que la riqueza les ha acompañado desde siempre. El mundo de las apariencias pasará a ser, desde el principio de la narración, uno de los protagonistas de la novela. 

     Un año después de su llegada a París, y viendo que su pretendida ascensión social capitalina no se acaba de concretar, el matrimonio organiza en su mansión un baile al que invita a doscientas personas. El objetivo, darse por fin a conocer ante las personas más influyentes de la ciudad de las luces. Antoinette ve en la ocasión una inmejorable oportunidad para darse a conocer ella misma ante los jóvenes casaderos de las familias más importantes de la capital. Sin embargo, sus padres le prohíben asistir a la fiesta, pues la ven poco preparada para un acto de tanta magnitud. Y eso que la niña cuenta con la inestimable ayuda de miss Betty, quien la ayuda a aprender a hacerse pasar por rica de toda la vida

     Los Kampf se embarcan en una vorágine de quehaceres diarios con el fin de que el baile sea un éxito. Saben que es su última oportunidad para convertirse en una familia influyente en el París de entreguerras. No escatiman en gastos y todo parece preparado para propulsarlos al estrellato. No obstante, no todo está tan atado como ellos piensan. Y todo por un acto medio involuntario pero posteriormente no arreglado por su hija. Una rabieta momentánea y no calculada de Antoinette, en efecto, supone el caldo de cultivo para una venganza finalmente trazada que únicamente necesita dejar pasar el tiempo y tomar asiento para ver su trágico desenlace. Porque a menudo un simple gesto, tan impulsivo como espontáneo, puede provocar el mayor de los desastres. 

     Irene Némirovsky nos demuestra en esta breve pero incisiva obra unas apabullantes dotes psicológicas para describirnos a unos personajes que más que creados para la novela parecen existir en realidad. Así, condensa en apenas noventa páginas --la novela se lee en una hora y cuarto, más o menos-- una historia protagonizada por la difícil relación madre-hija, el ansia de reconocimiento social y la pasión por la vida y la búsqueda de la felicidad. Y, todo ello, justo unos meses antes de que la opulenta sociedad de finales de los felices años veinte fuera arrastrada al desastre por el crack de 1929. Lo cual le otorga, además, un carácter un tanto profético.

     Ilusión. Desencanto. Venganza. Crueldad. Tragedia. El baile es una novela ágil, cruel, apasionada en la que nada sobra y en la que, al final, el lector tiene la sensación de haber vivido en primera persona los hechos ficticios narrados. Como si fueran reales. Como si hubieran ocurrido ante sus ojos. Algo solo al alcance de una narradora excepcional. De una obra maestra que concentra aspectos tan aparentemente distanciados como la perfección literaria y la experiencia humana. En definitiva, de una joya.        


jueves, 16 de noviembre de 2017

Un mundo feliz. Aldous Huxley. Ediciones DeBolsillo. 2000. Reseña





     ¿Te imaginas un mundo en el que el Estado domine absolutamente todos los ámbitos de la sociedad con la finalidad de que cada ciudadano acepte el rol que previamente se le ha asignado para conseguir la felicidad del conjunto de la población? ¿Una felicidad, obviamente ilusoria, prefabricada, que está en realidad a años luz de ser tal? A priori, parece algo imposible, ¿verdad? Sin embargo, resulta escalofriante intuir que poco a poco caminamos hacia una civilización indolente, en la que los ciudadanos viven de cara a la galería, donde predomina por doquier una infelicidad que, por compartida por cada vez un mayor número de gente, se nos vende ya como felicidad, una civilización en la que se le echa carnaza a la gente para mantenerla ocupada y distraída de las cosas verdaderamente importantes.

     Hace ya 85 años, el escritor y filósofo británico Aldous Huxley escribió la primera gran distopía de la historia --con permiso de la vieja y conocida Utopía de Tomás Moro--, basándose en una sociedad idealizadamente feliz que en realidad provoca alienación  moral en sus habitantes. El título, Un mundo feliz, hace referencia a la obra de teatro La tempestad, de William Shakespeare --el gran escritor inglés y muchas de sus obras aparecen a lo largo de esta novela en innumerables ocasiones--, en cuyo Acto V Miranda pronuncia el discurso: ¡Oh qué maravilla! / ¡Cuántas criaturas bellas hay aquí¡ / ¡Cuán bella es la humanidad! Oh mundo feliz, / en el que vive gente así.

     La novela anticipa el auge de las técnicas reproductivas, los cultivos humanos y la hipnopedia --o educación a través del sueño, a base de mensajes cortos, repetitivos y fácilmente memorizables que los científicos graban en el cerebro de los niños mientras estos duermen--, de manera que, ya desde la infancia, cada sujeto aprende cómo ha de vivir en el futuro, asumiendo un rol determinado de antemano. Todo ello, de manera conjunta, permite una especie de lavado de cerebro que hará que los sujetos de las capas sociales más bajas sean felices y se sientan importantes en su sociedad, sin pasárseles por la cabeza siquiera la idea de luchar por mejorar su situación personal. Así, el Londres que describe Huxley en la novela presenta una sociedad desenfadada, saludable, tecnológica, sin pobreza y sin guerras.

     No obstante, todo ello solo es posible gracias a  la eliminación de la familia --los niños no nacen del vientre materno sino de probetas, y no tienen ni madre, ni padre ni hermanos, porque lo más importante para ser feliz es no sentir la pérdida de los seres queridos ni tampoco la de uno mismo--, de los avances tecnológicos --más allá de los meramente genéticos, incluyendo la clonación--, de la cultura, el arte, la filosofía y la literatura --porque estas disciplinas hacen pensar, y para ser feliz es conveniente no pensar-- y de la religión --Dios es sustituido por Ford (el fundador de Ford Motor Company e inventor de las modernas cadenas de producción en masa)--. En suma, lo que encontramos en realidad es una humanidad deshumanizada y narcotizada. En efecto, solo un gramo de soma cura diez sentimientos melancólicos.

     La sociedad se divide en cinco grados de población. De más inteligentes a más estúpidos, encontramos a los Alpha (la élite), los Betas (los ejecutantes), los Gammas (los empleados subalternos), los Deltas (los trabajadores rasos) y los Epsilones (los destinados a los trabajos más arduos). Todos ellos, fieles a una dictadura disfrazada de democracia que consiste en un sistema de esclavitud donde, gracias a la sociedad de consumo, el entretenimiento, el soma y la hipnopedia, no solo ningún esclavo ansía dejar de serlo, sino que ama serlo y vive felizmente para ello. Una forma de vida en la que se renuncia a la libertad a cambio de vivir sin problemas.

     La novela consta de 18 capítulos, los cuales podríamos dividir en tres apartados. Los capítulos 1-6 nos introducen en ese mundo feliz en el que viven los dos grandes protagonistas civilizados de la novela: Bernard Marx (guiño a Karl Marx, inventor del materialismo histórico) y Lenina Crowne (alusión a Lenin, líder de la revolución socialista soviética). Ambos aportan dos puntos de vista diferentes sobre el mundo en el que viven. Mientras Lenina actúa como ciudadana perfecta y participa de todos y cada uno de los elementos de su sociedad, Bernard es un inadaptado social, un inconformista y prefiere sentirse miserable antes que tomar un solo gramo de soma.   
     Los capítulos 7-9 marcan un giro en la trama de la novela. Un punto de inflexión a partir del cual todo cambia. Bernard y Lenina viajan a una reserva norteamericana de no civilizados. Allí conocen a John, el Salvaje, hijo de dos ciudadanos civilizados que visitaron años atrás la reserva y cuyos métodos anticonceptivos fallaron. John fue abandonado en la reserva por su padre. Su madre, Linda, dio a luz en la reserva y lo crió allí. John, obviamente, tiene un gran sentimiento religioso, ha recibido la influencia cultural de su madre, pero también de la tribu con la que viven, y goza de la lectura de los autores clásicos, con William Shakespeare a la cabeza.

     La tercera parte de la novela, entre los capítulos 10-18, es, sin duda, la más interesante. Presenta el choque cultural desatado por la visita del Salvaje John a ese mundo feliz que tanto anhelaba conocer pero que tanto rechazo le provoca casi desde el principio. Un choque que anticipa que el final de la novela no va a ser precisamente feliz. Demasiados dilemas morales que salvar por parte de individuos con formas de pensar tan diferentes. John no acepta una felicidad manipulada, vacía, falsa, sin alma. La escena en la que discute con el Interventor Mundial de Europa Occidental, Mustafá Mond, es crucial en el desarrollo de una novela que nos habla de que el dolor y la angustia son parte tan necesaria e insustituible en la vida como la alegría, y de que, sin aquellos, la alegría pierde todo su sentido.

     En conclusión, estamos ante una novela que plantea si realmente hemos avanzado tanto como sociedad. Y si estamos en el camino correcto de cara a un futuro como mínimo incierto. Una novela que critica con dureza el montaje en línea por humillante; el papel de la ciencia en nuestra sociedad; el capitalismo salvaje y el consumismo; el carácter paparazzi y sensacionalista de los medios actuales; y la liberación de la moral sexual como una afrenta al amor y a la familia tradicionales. Todo ello, desde la perspectiva de hace 85 años. Ni más ni menos. Definitivamente, una historia para reflexionar sobre el mundo actual y futuro. Visto lo visto, ¿realmente estamos tan cerca/lejos de vivir en un mundo feliz?             

         

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Tierra de campos. David Trueba. Anagrama. 2017. Reseña





     Tierra de campos es una comarca natural de Castilla-León que comprende las provincias de Palencia, Valladolid, Zamora y León que tiene como característica principal la inmensa llanura que noquea al visitante. Además, es el escenario que sirve al madrileño David Trueba, escritor, guionista y director de cine, para narrarnos una de esas historias conmovedoras y realistas que siempre apetece leer. Una novela que transcurre entre esas tierras de campos que vieran nacer al padre del protagonista, Madrid y hasta Japón. Una historia repleta de amor, desamor, amistad, pérdida y unas hambrientas ganas de comerse la vida hasta no dejar ni sus migajas. 

     Dani Mosca es un músico que reflexiona sobre su vida a lo largo de un libro que, si contara hechos reales, podría calificarse perfectamente como una autobiografía. A modo de disco de vinilo, encontramos una cara A y una cara B. En la cara A el protagonista nos cuenta su infancia y sus recuerdos de juventud. Su difícil relación con su progenitor, sus visitas a ese pueblo paterno al que regresará años después para enterrar a su padre, su educación en un colegio religioso de la capital, la formación del grupo Las Moscas junto a sus inseparables Gus (Agustín, bajista y vocalista) y Animal (batería que debe su apodo al famoso Teleñeco) y su relación con su primer gran amor: Oliva. La acción principal se desarrolla camino del pueblo, acompañado del féretro de su padre y de un conductor de coches fúnebres tan hablador como soporífero. 

     En la cara B Dani nos narra sus vicisitudes en el pueblo, donde se reencuentra con su amigo de infancia, ahora convertido en alcalde, y del resto de familiares lejanos. El relato está protagonizado por la trágica pérdida de su amigo y compañero Gus, el desarrollo de su carrera musical tras un hecho tan dramático, la larga y tortuosa enfermedad de su madre, la muerte de su padre, su relación con Kei (su segundo gran amor) y el nacimiento de sus dos hijos. Una vida parecida, pero diferente a la anterior, que nos muestra cómo la pérdida (de familiares, amigos y amores) y la paternidad modifican la mentalidad de las personas. Algo que se suele nombrar con una palabra, madurez, que más a menudo de lo deseado se esculpe más a golpes que a base de la introspección personal.

     Reconoce Dani Mosca que sus canciones han cambiado y que se siente un tanto impostor. La mayoría de sus canciones hablan del amor. Un tanto idealizado en sus primeros años, mucho más realista con el paso del tiempo. Sin embargo, tras sus dos fracasos amorosos con Oliva y Kei siente que el desamor se ha impuesto en su vida y no se siente capaz de seguir escribiendo ese tipo de canciones. Es evidente que para escribir buenas canciones de amor se ha de estar enamorado. Y luchar contra una evidencia tal se le hace imposible. Dani se muestra desorientado ante una situación nueva para él. Y la desaparición de su mejor amigo, Gus, no ayuda en absoluto a  remediar su mal. Así, la soledad se va imponiendo en sus días. Algo que solo puede reparar mediante la presencia constante de sus hijos.

     Trueba hace gala de su buen hacer narrativo: diálogos corrosivos, humor ácido, un manejo de la lengua literaria envidiable por parte de quienes tratamos de hacer algo al menos parecido, una extraordinaria capacidad para provocar en el lector melancolía, deseo y sonrisas, y una facilidad pasmosa para pasar de las lágrimas a las carcajadas. Todo ello, muy a menudo ¡en la misma página e incluso en el mismo párrafo! Cuestión esta, que nos habla de un escritor con un talento peculiar para despertar los sentimientos del lector. Yo, sin ir más allá, he preferido no subrayar ninguna secuencia por no estropear el libro. Porque frases para enmarcar y no olvidar hay muchísimas a lo largo de la novela.

     Absolutamente todos los personajes de la trama tienen unos aspectos psicológicos trazados al milímetro. Resulta imposible no sentir simpatía o desprecio por ellos. Animal hace gala a su apodo, Gus se come la vida a bocados hasta que la muerte se lo acaba comiendo a él, Jandrón provoca sensaciones tan diferentes entre sí que nos puede dejar pasmados, los dos amores de Dani solo pueden ser queridas por quien lee las páginas del libro, su padre llega a ser odioso y también entrañable, el conductor del coche fúnebre es pesado pero cómico, Bocanegra y Vicente nos muestran los entresijos del mundo de la música, y los ciudadanos del pueblo paterno de Dani son dignos del mejor Delibes en Los santos inocentes

     La pasión por aprender, los vaivenes de la vida, las ganas (pese a todo lo anterior) de vivir, las frustraciones profesionales y emocionales, la familia, la soledad, los conflictos del amor y el deseo y cómo se componen las canciones y cómo es la vida de un músico tras bajarse del escenario componen una novela en continuo zigzag que atrapa al lector de principio a fin. Tanto que cuesta despedirse de los personajes, de los ambientes, de las canciones. Al terminar la lectura de Tierra de campos resulta irresistible la tentación de leer más a Trueba. Algo que servidor hará de nuevo tarde o temprano.

     En definitiva, creo que no resulta exagerado afirmar que estamos ante una de las novelas españolas del año. Una historia que perfectamente se podría adaptar a la gran pantalla. Y con una portada que rinde un fiel homenaje a esa tierra de campos que marca el origen de un Dani Mosca que pasará a la historia de la literatura española por méritos propios. Como amante de la música que soy, me ha encantado la recreación que aquí realiza Trueba sobre la movida madrileña. Y la división de la novela en cara A y cara B es ciertamente original pero también necesaria. Trueba es auténtico y genuino. Tierra de campos es su primera novela que leo, pero no será la última.    


jueves, 26 de octubre de 2017

El ferrocarril subterráneo. Colson Whitehead. Random House. 2017. Reseña





     Se conoció como el ferrocarril subterráneo a una red clandestina organizada durante el siglo XIX en EE. UU. y Canadá para ayudar a escapar hacia los estados libres del norte y Canadá a la máxima cantidad posible de esclavos afroamericanos. Su nombre se debió al hecho de que sus miembros se referían a sus actividades utilizando un lenguaje metafórico, en clave, relacionado con el mundo ferroviario. Los esclavos eran los pasajeros, los que los escondían (en la mayoría de las ocasiones, en sus propias casas) eran los jefes de estación y a los que los ayudaban a escapar de las plantaciones (proporcionándoles instrucciones, mapas y acompañándolos en muchos casos durante parte de sus viajes) se les conocía como maquinistas o conductores.  

     Las rutas de escape recibían el nombre de carriles. La jefatura era la Estación Central. Y los estados del norte y Canadá, el destino. No hace falta decir que quienes ayudaban a los esclavos en cualquier paso del ferrocarril y eran pillados in fraganti eran asesinados o, como mínimo, muy maltratados por los ciudadanos de los estados esclavistas. Por tanto, la audacia y la valentía eran las características de todos sus miembros, que solo se conocían por pseudónimos para proteger su seguridad. Obviamente, todos pertenecían a los movimientos abolicionistas de sus estados respectivos. Así era como extendían sus actividades, siempre al margen de la ley. El ferrocarril subterráneo funcionó hasta 1865, cuando, finalizada la Guerra de Secesión (1861-1865), la esclavitud fue abolida de forma definitiva.

     Colson Whitehead, profesor de las universidades de Princeton y Columbia, nos presenta en esta novela una nueva visión sobre lo ocurrido en los EE. UU. mediado el siglo XIX. Y lo hace siendo riguroso con la realidad y completando su documentación con unas magníficas dotes de ficción. Incluso de realismo mágico en lo que se refiere al propio funcionamiento del ferrocarril subterráneo. Así, Whitehead estructura este particular ferrocarril en el que, en efecto, encontramos túneles verdaderos (de varios cientos de kilómetros de longitud de carriles y vías), máquinas ferroviarias de verdad y estaciones austeras pero decoradas. Todo para explicar, más metafóricamente si cabe que en la realidad, cómo eran trasladados los esclavos hacia estados norteños libres.

     Esas son principalmente la originalidad y la novedad de El ferrocarril subterráneo, la novela que consiguió el National Book Award en 2016 y el Pulitzer en este 2017. Algo (conquistar los dos Premios más importantes de la literatura norteamericana) que ha ocurrido en muy contadas ocasiones a lo largo de la historia. Su imaginación, casi ilimitada, nos ilumina y muestra de forma diferente uno de los períodos más oscuros de la historia. Su tinte épico, en ocasiones hasta onírico, pero a la vez nítidamente realista, nos habla de vidas truncadas, inalcanzables ilusiones de libertad, luchas inhumanas por la supervivencia, solidaridad hasta extremos impensables y también de una determinación férrea de cambiar el destino de los esclavos, individual y colectivamente. 

     La protagonista, Cora, es hija y nieta de esclavos. Vive en una plantación algodonera del estado de Georgia, en el sur de los EE. UU.. Un lugar infernal marcado por la crueldad de sus amos, los Randall, y la marginación por parte de los otros esclavos de la plantación. Porque Cora está sola. Su abuela, Ajarry, ha muerto y su madre, Mabel, huyó cuando Cora tenía solo nueve años, abandonándola a su suerte. Solo conoce su plantación. Nunca ha salido de ella. Por eso, cuando Caesar, esclavo llegado desde Virginia que le habla de la existencia del ferrocarril subterráneo y le propone escapar, sus temores consiguen que se oponga a ello en primera instancia. Solo tras un suceso especialmente grave accede a acompañarlo en su peligroso viaje. Un viaje sin retorno. Porque solo hay dos caminos: libertad o muerte.

     A lo largo de su huida en busca de la libertad Cora pasará mil vicisitudes en varios de los estados norteños: Carolina del sur, Carolina del norte, Tennessee, Indiana, etc. En todos ellos encontrará buena gente (los miembros del ferrocarril subterráneo), capaz de ayudarla en todo momento en la medida de sus posibilidades, pero también personas malvadas que buscarán acabar con ella. Sin embargo, la gran amenaza para Cora será Ridgeway, cazador de esclavos dispuesto a echarle el lazo. Además, con el agravante de que Ridgeway ya pasó años buscando a su madre, sin conseguir dar con ella. Todo parece indicar que Mabel ha alcanzado la libertad. Y Cora, pese a acusarla de haberla dejado sola y desamparada en un mundo tan hostil, siempre la buscará en cada lugar. Como Ridgeway las busca a ambas.

     Resulta llamativo, y en ocasiones sobrecogedor, comprobar cómo estaba la cuestión de la esclavitud y el abolicionismo en cada estado. En cada uno de ellos su estadio era diferente. Así, nunca sabía uno lo que se podía encontrar en cada lugar. Lo que hace de la vida de Cora un continuo vaivén en el que resulta imposible y muy agobiante mantener la calma en cada situación. También para el lector, que ansia y teme a la vez pasar página para seguir con la narración. La peculiar mezcla de historia, realidad y fantasía le da un toque diferente a un tema bastante tratado a lo largo de la historia de la literatura. Y, aún así, seguimos sin poder abarcar los terribles costes humanos que supuso la esclavitud en un mundo en el que pugnaban, como lo han hecho pocas veces en la historia, el bien y la sinrazón.

     Pese a que cuesta entrar en situación, la novela va arrancando destellos que propician que el lector vaya conectando con la historia de manera paulatina. Hasta que queda atrapado en ella y en cada uno de sus protagonistas, a los cuales llega a adorar o a odiar, y solo piensa en conocer el desenlace. Un desenlace que, por supuesto, no desvelaré aquí, pero que nos deja con el corazón en vilo hasta la última frase. Porque, quizás, conecte con el verdadero ferrocarril subterráneo. El que no tenía vías, locomotoras ni estaciones. El que salvó a miles de almas.                        


lunes, 16 de octubre de 2017

La carretera. Cormac McCarthy. Random House. 2007. Reseña





     Premio Pulitzer 2007 en la categoría de ficción y finalista del National Book Award 2006, La carretera narra una historia post-apocalíptica protagonizada por un padre y un hijo que solo se tienen a sí mismos en un mundo inhóspito, gris ceniza, sin vegetación ni fauna, y en el que los humanos son el mayor peligro para el resto de los humanos supervivientes a la apocalipsis. Un cataclismo del que nada se nos dice, pero que sabemos que borró toda huella de la civilización existente y acabó con la mayor parte de la vida en nuestro planeta. Un planeta desolado en el que ya no se puede vivir sino, simplemente, sobrevivir.

     El escritor estadounidense Cormac McCarthy, conocido además por Todos los hermosos caballos (National Book Award, 1992), En la frontera, Ciudades de la llanura o No es país para viejos, está considerado uno de los grandes novelistas norteamericanos de nuestro tiempo, digno sucesor de William Faulkner y Herman Melville y comparable a Jim Thompson por su prosa precisa y a Mark Twain por la importancia del viaje y del río en su obra. Aspecto este último que se pone bien de manifiesto en la novela que nos ocupa en estas líneas.

     Como no podía ser de otra manera, el ambiente de la novela es tétrico, fantasmal, oscuro. Tan solo con tonos grises como puntos más luminosos. Porque lo único que tiene un color distinto es aquello que arde. En efecto, el fuego también es protagonista de la obra. Protagonista que arrasa con todo. Bosques, poblados, casas, coches, carreteras. Nada está a salvo de ser devorado por las inextinguibles llamas apocalípticas. Nada tiene vida. Incluso los árboles caen al suelo, provocando el pánico en el hombre y su hijo. Los verdaderos protagonistas de la historia.

     Abandonados por su esposa y madre, cansada de luchar para sobrevivir en un mundo que ya no vale la pena, están solos en el mundo. Porque el resto de los humanos son enemigos. Y es que, en un mundo en el que pasar hambre se convierte en algo terriblemente cotidiano, la lucha por unos recursos cada vez más escasos es voraz y no conoce límites. La mayoría de los cada vez menos supervivientes no duda incluso en matar para comer. Y no hay animales. Todos están extintos. Con lo que solo se puede comer carne fresca... humana.

     En un ambiente tan hostil, sobre todo en el crudo invierno, conseguir ropa de abrigo seca y zapatos con los que proteger los pies --único medio de transporte existente-- no es nada fácil. Y cruzarse con alguien por la carretera es sinónimo de enfrentamiento. Hasta la muerte, si es necesario. Por muy buena persona que se sea, la vida ya solo consiste en matar o morir. Algo muy duro de afrontar. Sobre todo para un padre que quisiera poder educar en la bondad a su único hijo. Un hijo que a menudo no entiende las crueles decisiones que ha de tomar su padre. Su único protector.

     Padre e hijo viajan por la carretera hacia el sur, en busca de un clima más benigno. Más habitable --si es que queda todavía algún lugar medianamente habitable en el planeta-- y cercano a la costa. Buscar alimento, ropa y seguridad es clave. Al igual que evitar a los maleantes, bandidos y caníbales que pueblan ahora un yermo en el que tan solo la barbarie ha echado raíces. Para todo ello, tan solo cuentan con el amor que se profesan. Amor de padre. Amor de hijo. Pero también amor de supervivencia y protección mutua. Y la esperanza. La esperanza de encontrar, entre tanto hombre malo, algunos buenos. Como ellos mismos.

     La esperanza de que, aunque el mundo haya perdido a sus dioses, quizás el fuego de la civilización no se haya apagado para siempre. Porque, como parece opinar el padre --personaje complejo, sufrido, lúcido pero también obstinado--, el suicidio es el último recurso que les queda. Pero solo una vez se hayan agotado todos los demás. Y no piensa rendirse jamás. Ni por él ni por su hijo. Así, cuando sueñes con un mundo que nunca existió o con un mundo que no existirá y estés contento otra vez entonces te habrás rendido. ¿Lo entiendes? Y no puedes rendirte. Yo no lo permitiré, le dice.

     Los flashbacks y las pesadillas van completando, como si de un puzzle se tratara, lo ocurrido con anterioridad en la vida del padre y del hijo. Unas pesadillas recurrentes que amenazan la estabilidad psicológica de los protagonistas. Ambos deben luchar, juntos a veces, separados otras, por mantener la cordura en un mundo loco habitado por paranoicos, psicóticos y caníbales. Se prometen no comer jamás carne humana. También no matar salvo que sea estrictamente necesario. Y, ante todo, no dejarse solos. No abandonarse. No dejarse nunca solos en este mundo.

     En 2009 John Hillcoat adaptó la novela a la gran pantalla. Viggo Mortensen hizo el papel de padre, Kodi Smith-McPhee el de hijo y Charlize Theron el de esposa y madre. Fue una de las mejores películas del año. Un film conmovedor y desgarrador, como la novela. Y reflexiva. Muy reflexiva. Tanto el libro como la película valen la pena. Y mucho.