LIBROS

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jueves, 16 de noviembre de 2017

Un mundo feliz. Aldous Huxley. Ediciones DeBolsillo. 2000. Reseña





     ¿Te imaginas un mundo en el que el Estado domine absolutamente todos los ámbitos de la sociedad con la finalidad de que cada ciudadano acepte el rol que previamente se le ha asignado para conseguir la felicidad del conjunto de la población? ¿Una felicidad, obviamente ilusoria, prefabricada, que está en realidad a años luz de ser tal? A priori, parece algo imposible, ¿verdad? Sin embargo, resulta escalofriante intuir que poco a poco caminamos hacia una civilización indolente, en la que los ciudadanos viven de cara a la galería, donde predomina por doquier una infelicidad que, por compartida por cada vez un mayor número de gente, se nos vende ya como felicidad, una civilización en la que se le echa carnaza a la gente para mantenerla ocupada y distraída de las cosas verdaderamente importantes.

     Hace ya 85 años, el escritor y filósofo británico Aldous Huxley escribió la primera gran distopía de la historia --con permiso de la vieja y conocida Utopía de Tomás Moro--, basándose en una sociedad idealizadamente feliz que en realidad provoca alienación  moral en sus habitantes. El título, Un mundo feliz, hace referencia a la obra de teatro La tempestad, de William Shakespeare --el gran escritor inglés y muchas de sus obras aparecen a lo largo de esta novela en innumerables ocasiones--, en cuyo Acto V Miranda pronuncia el discurso: ¡Oh qué maravilla! / ¡Cuántas criaturas bellas hay aquí¡ / ¡Cuán bella es la humanidad! Oh mundo feliz, / en el que vive gente así.

     La novela anticipa el auge de las técnicas reproductivas, los cultivos humanos y la hipnopedia --o educación a través del sueño, a base de mensajes cortos, repetitivos y fácilmente memorizables que los científicos graban en el cerebro de los niños mientras estos duermen--, de manera que, ya desde la infancia, cada sujeto aprende cómo ha de vivir en el futuro, asumiendo un rol determinado de antemano. Todo ello, de manera conjunta, permite una especie de lavado de cerebro que hará que los sujetos de las capas sociales más bajas sean felices y se sientan importantes en su sociedad, sin pasárseles por la cabeza siquiera la idea de luchar por mejorar su situación personal. Así, el Londres que describe Huxley en la novela presenta una sociedad desenfadada, saludable, tecnológica, sin pobreza y sin guerras.

     No obstante, todo ello solo es posible gracias a  la eliminación de la familia --los niños no nacen del vientre materno sino de probetas, y no tienen ni madre, ni padre ni hermanos, porque lo más importante para ser feliz es no sentir la pérdida de los seres queridos ni tampoco la de uno mismo--, de los avances tecnológicos --más allá de los meramente genéticos, incluyendo la clonación--, de la cultura, el arte, la filosofía y la literatura --porque estas disciplinas hacen pensar, y para ser feliz es conveniente no pensar-- y de la religión --Dios es sustituido por Ford (el fundador de Ford Motor Company e inventor de las modernas cadenas de producción en masa)--. En suma, lo que encontramos en realidad es una humanidad deshumanizada y narcotizada. En efecto, solo un gramo de soma cura diez sentimientos melancólicos.

     La sociedad se divide en cinco grados de población. De más inteligentes a más estúpidos, encontramos a los Alpha (la élite), los Betas (los ejecutantes), los Gammas (los empleados subalternos), los Deltas (los trabajadores rasos) y los Epsilones (los destinados a los trabajos más arduos). Todos ellos, fieles a una dictadura disfrazada de democracia que consiste en un sistema de esclavitud donde, gracias a la sociedad de consumo, el entretenimiento, el soma y la hipnopedia, no solo ningún esclavo ansía dejar de serlo, sino que ama serlo y vive felizmente para ello. Una forma de vida en la que se renuncia a la libertad a cambio de vivir sin problemas.

     La novela consta de 18 capítulos, los cuales podríamos dividir en tres apartados. Los capítulos 1-6 nos introducen en ese mundo feliz en el que viven los dos grandes protagonistas civilizados de la novela: Bernard Marx (guiño a Karl Marx, inventor del materialismo histórico) y Lenina Crowne (alusión a Lenin, líder de la revolución socialista soviética). Ambos aportan dos puntos de vista diferentes sobre el mundo en el que viven. Mientras Lenina actúa como ciudadana perfecta y participa de todos y cada uno de los elementos de su sociedad, Bernard es un inadaptado social, un inconformista y prefiere sentirse miserable antes que tomar un solo gramo de soma.   
     Los capítulos 7-9 marcan un giro en la trama de la novela. Un punto de inflexión a partir del cual todo cambia. Bernard y Lenina viajan a una reserva norteamericana de no civilizados. Allí conocen a John, el Salvaje, hijo de dos ciudadanos civilizados que visitaron años atrás la reserva y cuyos métodos anticonceptivos fallaron. John fue abandonado en la reserva por su padre. Su madre, Linda, dio a luz en la reserva y lo crió allí. John, obviamente, tiene un gran sentimiento religioso, ha recibido la influencia cultural de su madre, pero también de la tribu con la que viven, y goza de la lectura de los autores clásicos, con William Shakespeare a la cabeza.

     La tercera parte de la novela, entre los capítulos 10-18, es, sin duda, la más interesante. Presenta el choque cultural desatado por la visita del Salvaje John a ese mundo feliz que tanto anhelaba conocer pero que tanto rechazo le provoca casi desde el principio. Un choque que anticipa que el final de la novela no va a ser precisamente feliz. Demasiados dilemas morales que salvar por parte de individuos con formas de pensar tan diferentes. John no acepta una felicidad manipulada, vacía, falsa, sin alma. La escena en la que discute con el Interventor Mundial de Europa Occidental, Mustafá Mond, es crucial en el desarrollo de una novela que nos habla de que el dolor y la angustia son parte tan necesaria e insustituible en la vida como la alegría, y de que, sin aquellos, la alegría pierde todo su sentido.

     En conclusión, estamos ante una novela que plantea si realmente hemos avanzado tanto como sociedad. Y si estamos en el camino correcto de cara a un futuro como mínimo incierto. Una novela que critica con dureza el montaje en línea por humillante; el papel de la ciencia en nuestra sociedad; el capitalismo salvaje y el consumismo; el carácter paparazzi y sensacionalista de los medios actuales; y la liberación de la moral sexual como una afrenta al amor y a la familia tradicionales. Todo ello, desde la perspectiva de hace 85 años. Ni más ni menos. Definitivamente, una historia para reflexionar sobre el mundo actual y futuro. Visto lo visto, ¿realmente estamos tan cerca/lejos de vivir en un mundo feliz?             

         

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Tierra de campos. David Trueba. Anagrama. 2017. Reseña





     Tierra de campos es una comarca natural de Castilla-León que comprende las provincias de Palencia, Valladolid, Zamora y León que tiene como característica principal la inmensa llanura que noquea al visitante. Además, es el escenario que sirve al madrileño David Trueba, escritor, guionista y director de cine, para narrarnos una de esas historias conmovedoras y realistas que siempre apetece leer. Una novela que transcurre entre esas tierras de campos que vieran nacer al padre del protagonista, Madrid y hasta Japón. Una historia repleta de amor, desamor, amistad, pérdida y unas hambrientas ganas de comerse la vida hasta no dejar ni sus migajas. 

     Dani Mosca es un músico que reflexiona sobre su vida a lo largo de un libro que, si contara hechos reales, podría calificarse perfectamente como una autobiografía. A modo de disco de vinilo, encontramos una cara A y una cara B. En la cara A el protagonista nos cuenta su infancia y sus recuerdos de juventud. Su difícil relación con su progenitor, sus visitas a ese pueblo paterno al que regresará años después para enterrar a su padre, su educación en un colegio religioso de la capital, la formación del grupo Las Moscas junto a sus inseparables Gus (Agustín, bajista y vocalista) y Animal (batería que debe su apodo al famoso Teleñeco) y su relación con su primer gran amor: Oliva. La acción principal se desarrolla camino del pueblo, acompañado del féretro de su padre y de un conductor de coches fúnebres tan hablador como soporífero. 

     En la cara B Dani nos narra sus vicisitudes en el pueblo, donde se reencuentra con su amigo de infancia, ahora convertido en alcalde, y del resto de familiares lejanos. El relato está protagonizado por la trágica pérdida de su amigo y compañero Gus, el desarrollo de su carrera musical tras un hecho tan dramático, la larga y tortuosa enfermedad de su madre, la muerte de su padre, su relación con Kei (su segundo gran amor) y el nacimiento de sus dos hijos. Una vida parecida, pero diferente a la anterior, que nos muestra cómo la pérdida (de familiares, amigos y amores) y la paternidad modifican la mentalidad de las personas. Algo que se suele nombrar con una palabra, madurez, que más a menudo de lo deseado se esculpe más a golpes que a base de la introspección personal.

     Reconoce Dani Mosca que sus canciones han cambiado y que se siente un tanto impostor. La mayoría de sus canciones hablan del amor. Un tanto idealizado en sus primeros años, mucho más realista con el paso del tiempo. Sin embargo, tras sus dos fracasos amorosos con Oliva y Kei siente que el desamor se ha impuesto en su vida y no se siente capaz de seguir escribiendo ese tipo de canciones. Es evidente que para escribir buenas canciones de amor se ha de estar enamorado. Y luchar contra una evidencia tal se le hace imposible. Dani se muestra desorientado ante una situación nueva para él. Y la desaparición de su mejor amigo, Gus, no ayuda en absoluto a  remediar su mal. Así, la soledad se va imponiendo en sus días. Algo que solo puede reparar mediante la presencia constante de sus hijos.

     Trueba hace gala de su buen hacer narrativo: diálogos corrosivos, humor ácido, un manejo de la lengua literaria envidiable por parte de quienes tratamos de hacer algo al menos parecido, una extraordinaria capacidad para provocar en el lector melancolía, deseo y sonrisas, y una facilidad pasmosa para pasar de las lágrimas a las carcajadas. Todo ello, muy a menudo ¡en la misma página e incluso en el mismo párrafo! Cuestión esta, que nos habla de un escritor con un talento peculiar para despertar los sentimientos del lector. Yo, sin ir más allá, he preferido no subrayar ninguna secuencia por no estropear el libro. Porque frases para enmarcar y no olvidar hay muchísimas a lo largo de la novela.

     Absolutamente todos los personajes de la trama tienen unos aspectos psicológicos trazados al milímetro. Resulta imposible no sentir simpatía o desprecio por ellos. Animal hace gala a su apodo, Gus se come la vida a bocados hasta que la muerte se lo acaba comiendo a él, Jandrón provoca sensaciones tan diferentes entre sí que nos puede dejar pasmados, los dos amores de Dani solo pueden ser queridas por quien lee las páginas del libro, su padre llega a ser odioso y también entrañable, el conductor del coche fúnebre es pesado pero cómico, Bocanegra y Vicente nos muestran los entresijos del mundo de la música, y los ciudadanos del pueblo paterno de Dani son dignos del mejor Delibes en Los santos inocentes

     La pasión por aprender, los vaivenes de la vida, las ganas (pese a todo lo anterior) de vivir, las frustraciones profesionales y emocionales, la familia, la soledad, los conflictos del amor y el deseo y cómo se componen las canciones y cómo es la vida de un músico tras bajarse del escenario componen una novela en continuo zigzag que atrapa al lector de principio a fin. Tanto que cuesta despedirse de los personajes, de los ambientes, de las canciones. Al terminar la lectura de Tierra de campos resulta irresistible la tentación de leer más a Trueba. Algo que servidor hará de nuevo tarde o temprano.

     En definitiva, creo que no resulta exagerado afirmar que estamos ante una de las novelas españolas del año. Una historia que perfectamente se podría adaptar a la gran pantalla. Y con una portada que rinde un fiel homenaje a esa tierra de campos que marca el origen de un Dani Mosca que pasará a la historia de la literatura española por méritos propios. Como amante de la música que soy, me ha encantado la recreación que aquí realiza Trueba sobre la movida madrileña. Y la división de la novela en cara A y cara B es ciertamente original pero también necesaria. Trueba es auténtico y genuino. Tierra de campos es su primera novela que leo, pero no será la última.    


jueves, 26 de octubre de 2017

El ferrocarril subterráneo. Colson Whitehead. Random House. 2017. Reseña





     Se conoció como el ferrocarril subterráneo a una red clandestina organizada durante el siglo XIX en EE. UU. y Canadá para ayudar a escapar hacia los estados libres del norte y Canadá a la máxima cantidad posible de esclavos afroamericanos. Su nombre se debió al hecho de que sus miembros se referían a sus actividades utilizando un lenguaje metafórico, en clave, relacionado con el mundo ferroviario. Los esclavos eran los pasajeros, los que los escondían (en la mayoría de las ocasiones, en sus propias casas) eran los jefes de estación y a los que los ayudaban a escapar de las plantaciones (proporcionándoles instrucciones, mapas y acompañándolos en muchos casos durante parte de sus viajes) se les conocía como maquinistas o conductores.  

     Las rutas de escape recibían el nombre de carriles. La jefatura era la Estación Central. Y los estados del norte y Canadá, el destino. No hace falta decir que quienes ayudaban a los esclavos en cualquier paso del ferrocarril y eran pillados in fraganti eran asesinados o, como mínimo, muy maltratados por los ciudadanos de los estados esclavistas. Por tanto, la audacia y la valentía eran las características de todos sus miembros, que solo se conocían por pseudónimos para proteger su seguridad. Obviamente, todos pertenecían a los movimientos abolicionistas de sus estados respectivos. Así era como extendían sus actividades, siempre al margen de la ley. El ferrocarril subterráneo funcionó hasta 1865, cuando, finalizada la Guerra de Secesión (1861-1865), la esclavitud fue abolida de forma definitiva.

     Colson Whitehead, profesor de las universidades de Princeton y Columbia, nos presenta en esta novela una nueva visión sobre lo ocurrido en los EE. UU. mediado el siglo XIX. Y lo hace siendo riguroso con la realidad y completando su documentación con unas magníficas dotes de ficción. Incluso de realismo mágico en lo que se refiere al propio funcionamiento del ferrocarril subterráneo. Así, Whitehead estructura este particular ferrocarril en el que, en efecto, encontramos túneles verdaderos (de varios cientos de kilómetros de longitud de carriles y vías), máquinas ferroviarias de verdad y estaciones austeras pero decoradas. Todo para explicar, más metafóricamente si cabe que en la realidad, cómo eran trasladados los esclavos hacia estados norteños libres.

     Esas son principalmente la originalidad y la novedad de El ferrocarril subterráneo, la novela que consiguió el National Book Award en 2016 y el Pulitzer en este 2017. Algo (conquistar los dos Premios más importantes de la literatura norteamericana) que ha ocurrido en muy contadas ocasiones a lo largo de la historia. Su imaginación, casi ilimitada, nos ilumina y muestra de forma diferente uno de los períodos más oscuros de la historia. Su tinte épico, en ocasiones hasta onírico, pero a la vez nítidamente realista, nos habla de vidas truncadas, inalcanzables ilusiones de libertad, luchas inhumanas por la supervivencia, solidaridad hasta extremos impensables y también de una determinación férrea de cambiar el destino de los esclavos, individual y colectivamente. 

     La protagonista, Cora, es hija y nieta de esclavos. Vive en una plantación algodonera del estado de Georgia, en el sur de los EE. UU.. Un lugar infernal marcado por la crueldad de sus amos, los Randall, y la marginación por parte de los otros esclavos de la plantación. Porque Cora está sola. Su abuela, Ajarry, ha muerto y su madre, Mabel, huyó cuando Cora tenía solo nueve años, abandonándola a su suerte. Solo conoce su plantación. Nunca ha salido de ella. Por eso, cuando Caesar, esclavo llegado desde Virginia que le habla de la existencia del ferrocarril subterráneo y le propone escapar, sus temores consiguen que se oponga a ello en primera instancia. Solo tras un suceso especialmente grave accede a acompañarlo en su peligroso viaje. Un viaje sin retorno. Porque solo hay dos caminos: libertad o muerte.

     A lo largo de su huida en busca de la libertad Cora pasará mil vicisitudes en varios de los estados norteños: Carolina del sur, Carolina del norte, Tennessee, Indiana, etc. En todos ellos encontrará buena gente (los miembros del ferrocarril subterráneo), capaz de ayudarla en todo momento en la medida de sus posibilidades, pero también personas malvadas que buscarán acabar con ella. Sin embargo, la gran amenaza para Cora será Ridgeway, cazador de esclavos dispuesto a echarle el lazo. Además, con el agravante de que Ridgeway ya pasó años buscando a su madre, sin conseguir dar con ella. Todo parece indicar que Mabel ha alcanzado la libertad. Y Cora, pese a acusarla de haberla dejado sola y desamparada en un mundo tan hostil, siempre la buscará en cada lugar. Como Ridgeway las busca a ambas.

     Resulta llamativo, y en ocasiones sobrecogedor, comprobar cómo estaba la cuestión de la esclavitud y el abolicionismo en cada estado. En cada uno de ellos su estadio era diferente. Así, nunca sabía uno lo que se podía encontrar en cada lugar. Lo que hace de la vida de Cora un continuo vaivén en el que resulta imposible y muy agobiante mantener la calma en cada situación. También para el lector, que ansia y teme a la vez pasar página para seguir con la narración. La peculiar mezcla de historia, realidad y fantasía le da un toque diferente a un tema bastante tratado a lo largo de la historia de la literatura. Y, aún así, seguimos sin poder abarcar los terribles costes humanos que supuso la esclavitud en un mundo en el que pugnaban, como lo han hecho pocas veces en la historia, el bien y la sinrazón.

     Pese a que cuesta entrar en situación, la novela va arrancando destellos que propician que el lector vaya conectando con la historia de manera paulatina. Hasta que queda atrapado en ella y en cada uno de sus protagonistas, a los cuales llega a adorar o a odiar, y solo piensa en conocer el desenlace. Un desenlace que, por supuesto, no desvelaré aquí, pero que nos deja con el corazón en vilo hasta la última frase. Porque, quizás, conecte con el verdadero ferrocarril subterráneo. El que no tenía vías, locomotoras ni estaciones. El que salvó a miles de almas.                        


lunes, 16 de octubre de 2017

La carretera. Cormac McCarthy. Random House. 2007. Reseña





     Premio Pulitzer 2007 en la categoría de ficción y finalista del National Book Award 2006, La carretera narra una historia post-apocalíptica protagonizada por un padre y un hijo que solo se tienen a sí mismos en un mundo inhóspito, gris ceniza, sin vegetación ni fauna, y en el que los humanos son el mayor peligro para el resto de los humanos supervivientes a la apocalipsis. Un cataclismo del que nada se nos dice, pero que sabemos que borró toda huella de la civilización existente y acabó con la mayor parte de la vida en nuestro planeta. Un planeta desolado en el que ya no se puede vivir sino, simplemente, sobrevivir.

     El escritor estadounidense Cormac McCarthy, conocido además por Todos los hermosos caballos (National Book Award, 1992), En la frontera, Ciudades de la llanura o No es país para viejos, está considerado uno de los grandes novelistas norteamericanos de nuestro tiempo, digno sucesor de William Faulkner y Herman Melville y comparable a Jim Thompson por su prosa precisa y a Mark Twain por la importancia del viaje y del río en su obra. Aspecto este último que se pone bien de manifiesto en la novela que nos ocupa en estas líneas.

     Como no podía ser de otra manera, el ambiente de la novela es tétrico, fantasmal, oscuro. Tan solo con tonos grises como puntos más luminosos. Porque lo único que tiene un color distinto es aquello que arde. En efecto, el fuego también es protagonista de la obra. Protagonista que arrasa con todo. Bosques, poblados, casas, coches, carreteras. Nada está a salvo de ser devorado por las inextinguibles llamas apocalípticas. Nada tiene vida. Incluso los árboles caen al suelo, provocando el pánico en el hombre y su hijo. Los verdaderos protagonistas de la historia.

     Abandonados por su esposa y madre, cansada de luchar para sobrevivir en un mundo que ya no vale la pena, están solos en el mundo. Porque el resto de los humanos son enemigos. Y es que, en un mundo en el que pasar hambre se convierte en algo terriblemente cotidiano, la lucha por unos recursos cada vez más escasos es voraz y no conoce límites. La mayoría de los cada vez menos supervivientes no duda incluso en matar para comer. Y no hay animales. Todos están extintos. Con lo que solo se puede comer carne fresca... humana.

     En un ambiente tan hostil, sobre todo en el crudo invierno, conseguir ropa de abrigo seca y zapatos con los que proteger los pies --único medio de transporte existente-- no es nada fácil. Y cruzarse con alguien por la carretera es sinónimo de enfrentamiento. Hasta la muerte, si es necesario. Por muy buena persona que se sea, la vida ya solo consiste en matar o morir. Algo muy duro de afrontar. Sobre todo para un padre que quisiera poder educar en la bondad a su único hijo. Un hijo que a menudo no entiende las crueles decisiones que ha de tomar su padre. Su único protector.

     Padre e hijo viajan por la carretera hacia el sur, en busca de un clima más benigno. Más habitable --si es que queda todavía algún lugar medianamente habitable en el planeta-- y cercano a la costa. Buscar alimento, ropa y seguridad es clave. Al igual que evitar a los maleantes, bandidos y caníbales que pueblan ahora un yermo en el que tan solo la barbarie ha echado raíces. Para todo ello, tan solo cuentan con el amor que se profesan. Amor de padre. Amor de hijo. Pero también amor de supervivencia y protección mutua. Y la esperanza. La esperanza de encontrar, entre tanto hombre malo, algunos buenos. Como ellos mismos.

     La esperanza de que, aunque el mundo haya perdido a sus dioses, quizás el fuego de la civilización no se haya apagado para siempre. Porque, como parece opinar el padre --personaje complejo, sufrido, lúcido pero también obstinado--, el suicidio es el último recurso que les queda. Pero solo una vez se hayan agotado todos los demás. Y no piensa rendirse jamás. Ni por él ni por su hijo. Así, cuando sueñes con un mundo que nunca existió o con un mundo que no existirá y estés contento otra vez entonces te habrás rendido. ¿Lo entiendes? Y no puedes rendirte. Yo no lo permitiré, le dice.

     Los flashbacks y las pesadillas van completando, como si de un puzzle se tratara, lo ocurrido con anterioridad en la vida del padre y del hijo. Unas pesadillas recurrentes que amenazan la estabilidad psicológica de los protagonistas. Ambos deben luchar, juntos a veces, separados otras, por mantener la cordura en un mundo loco habitado por paranoicos, psicóticos y caníbales. Se prometen no comer jamás carne humana. También no matar salvo que sea estrictamente necesario. Y, ante todo, no dejarse solos. No abandonarse. No dejarse nunca solos en este mundo.

     En 2009 John Hillcoat adaptó la novela a la gran pantalla. Viggo Mortensen hizo el papel de padre, Kodi Smith-McPhee el de hijo y Charlize Theron el de esposa y madre. Fue una de las mejores películas del año. Un film conmovedor y desgarrador, como la novela. Y reflexiva. Muy reflexiva. Tanto el libro como la película valen la pena. Y mucho.                      

             

jueves, 5 de octubre de 2017

Por encima de la lluvia. Víctor del Árbol. Ediciones Destino. 2017





     Comentó Víctor del Árbol hace unos días en una entrevista con motivo de la presentación de Por encima de la lluvia que con esta novela, en la que nos cuenta una historia arrolladora sobre el valor de vivir siempre intensamente, no pretende otra cosa que arañar el alma del lector. Cuestión que enlaza este nuevo trabajo con cualquiera de sus anteriores. Por algo se le conoce como el escritor del dolor. Etiqueta de la que siempre huye, por otra parte. Como de toda clase de clichés y tópicos. Especialmente en un momento tan convulso como el actual, en el que la sinrazón de unos y otros nos está llevando, a todos, hacia el abismo. 

     Soy absolutamente sincero si afirmo que cada vez me cuesta más reseñar una novela de este escritor extremeño-barcelonés. Y esto es así por varios motivos. En primer lugar, porque un buen comentario sobre una obra debe ser lo más imparcial y objetivo posible. Algo complicado cuando se conoce en persona a un autor con el que se comparten muchas posiciones e inquietudes literarias, políticas y sociales. Aspecto, este, de gozosa existencia pero difícil salida y resolución a la hora de abordar, desde la distancia apropiada, sus escritos. Porque cualquier reseñador que se precie de serlo, ante todo, debe ser y parecer creíble.

     En segundo lugar, porque todas y cada una de sus historias tienen las mismas estructuras, unos personajes diseccionados hasta el más invisible de los detalles físicos y psicológicos, unas tramas secundarias y principales que se desarrollan en diferentes épocas y lugares y que acaban confluyendo en un punto común decisivo y unas temáticas también similares que nos introducen en las mentes de los protagonistas, los ambientes de los lugares y en la necesidad de vivir a toda costa, pese al peso de esas mochilas llenas de hechos pasados que en no pocas ocasiones pueden lastrar también nuestro futuro.

     Y el tercer motivo que explica lo costoso de escribir sobre una de las obras de este autor es la necesidad de no desvelar demasiado sobre la historia del libro en cuestión. La complejidad de las obras de del Árbol es tal que resulta casi imposible entrar en materia sin hablar de más. Algo que, obviamente, tampoco conviene hacer jamás. Aclarado, pues, todo lo anterior, paso a contaros mis impresiones sobre Por encima de la lluvia, la nueva novela del Premio Nadal 2016 por La víspera de casi todo y autor, además, de Un millón de gotas (2014), Respirar por la herida (2013), La tristeza del samurái (2011), El abismo de los sueños (finalista del Premio Fernando Lara en 2008, todavía inédita) y El peso de los muertos (Premio Tiflos 2006).     

     Seguramente se habrá preguntado el lector qué puede tener de especial una novela que presenta la misma estructura, unos personajes similares que arrastran pesadas cargas y siempre sufren y unas descripciones ambientales que tanto recuerdan a las anteriores del mismo autor. ¿Puede resultar finalmente todo esto un tanto cansino, tal vez? Para nada. La respuesta a esta situación es muy sencilla: la estructura de la historia es la misma porque lo que funciona a las mil maravillas no necesita ni debe ser cambiado; los personajes sufren, sí, pero cada vez de manera distinta y por motivos nuevos y diferentes; y los ambientes tampoco son los mismos y nos transportan a lugares que no conocemos al iniciar la lectura pero sí al final gracias a unas descripciones minuciosas y efectivas.

     Sin embargo, hay otros motivos de mayor peso que siempre nos invitan a leer a este autor. Es genuino, original y auténtico. Y también optimista. Porque, pese a que a primera vista sus obras pueden parecer oscuras y deprimentes, lanzan mensajes positivos que conviene no pasar nunca por alto. Vivir siempre intensamente no es fácil. Del Árbol lo sabe. Y, no obstante, mediante un lenguaje de extremos (que oscila entre una prosa casi poética y otra cruda, dura y desgarradora) nos conduce por senderos que nos llevarán hacia la redención personal e incluso colectiva. Algo tan necesario y urgente en la época oscura que vivimos. 

     Miguel y Helena provienen de familias que pertenecieron a mundos diferentes y a colectividades enfrentadas durante la Guerra Civil y la posguerra. Sin embargo, logran alcanzar una relación plena, con sus necesarios altibajos, que los hará descubrir que, pese a su ancianidad (principio de alzheimer en el caso de Miguel), la vida no termina hasta el último aliento. Y que, hasta ese instante final, siempre es posible alcanzar nuestros sueños o superar nuestros peores temores. Así, Miguel perderá su miedo a volar, mientras que Helena aprenderá a nadar. Metáforas, ambas, que vienen a indicarnos que nunca es tarde para vivir, por terrible que haya sido nuestra existencia hasta ahora.

     Por encima de la lluvia muestra también la singularidad de apartarse ligeramente de sus obras anteriores en el sentido de la temática o temáticas de la trama principal. En la secundaria, por contra, sí es cierto que encontramos una historia al más puro estilo de la novela negra. Es la que tiene lugar en Malmö, Suecia. La trama española nos habla de la barbarie de la guerra --los moros de Franco, la construcción del Valle de los Caídos, la vida de los soldados españoles en el norte de África y el eterno odio hacia el contrario-- y de temas como la falsa creencia de que a los viejos hay que apartarlos de la sociedad, la soledad en la ancianidad, el alzheimer, los malos tratos o la corrupción. Absolutamente todos los protagonistas son personas comunes que pueden llegar a ser extraordinarias.

     Estamos ante una novela que ayuda al lector en diferentes aspectos de la vida cotidiana. Pero también debería ayudar al autor. No hace mucho, del Árbol afirmó que le aterra la sola idea de pasar a la historia como el autor de Un millón de gotas. Pues bien, a tenor de esta última novela, puede estar tranquilo y considerarse a sí mismo por encima de la lluvia. Porque el conjunto de historias entrelazadas que la componen supone un paso más en una carrera literaria que todo el mundo debería conocer y compartir. Como trata de hacer servidor con esta humilde reseña.                
           

lunes, 25 de septiembre de 2017

Desgracia. J. M. Coetzee. Círculo de Lectores. 2000. Reseña





     El escritor sudafricano John Maxwell Coetzee (1940, Ciudad del Cabo) recibió el Premio Nobel de Literatura en 2003 por la brillantez a la hora de analizar la sociedad sudafricana. En su país natal se desarrollan la mayor parte de sus obras. Unas obras marcadas por el simbolismo, las metáforas --el autor juega con las palabras y los símbolos como si de un prestidigitador se tratara, pues siempre encuentra la expresión exacta para cada situación narrativa o ambiental-- y la crítica del apartheid y sus funestas consecuencias para los individuos y las sociedades. Desgracia, la novela que nos ocupa, recibió uno de los premios literarios en lengua inglesa más prestigiosos del mundo: el Premio Booker (1999). Galardón que, por cierto, ya le fue otorgado en 1983 por Vida y época de Michael K, novela que narra la historia de un superviviente de la guerra civil sudafricana.

     Influenciado por autores como Samuel Beckett, Ford Madox Ford, Fedor Dostoyevski, Daniel Defoe, Franz Kafka o Luigi Pirandello y por la realidad social contemporánea de una de las naciones africanas más castigadas por las cuestiones raciales durante todo el siglo XX, no es de extrañar, como ha quedado dicho más arriba, que Desgracia narre parte de esa problemática a través de sus 270 páginas. Sobre todo, a partir del segundo tercio de la novela. Antes de ello, la trama se recrea en el tipo de vida del protagonista masculino de la historia: David Lurie, académico experto en poesía romántica inglesa, dos veces divorciado, con una hija (Lucy) de su primer matrimonio. La existencia de David es anodina y se centra en su trabajo, que no le hace feliz ni le proporciona grandes satisfacciones, y en visitar cada jueves por la tarde a una prostituta con la que mitiga sus ansias sexuales.

     La raíz del problema que aborda la novela se desatará cuando la prostituta decida dejar de verlo después de cruzarse con él por la calle y comprobar que su cliente ha averiguado, aunque de forma fortuita,que tiene dos hijos. El ímpetu sexual del académico se trasladará a una de sus alumnas. Un encuentro casual en un parque cercano a la universidad con Melanie Isaacs, ese es el nombre de la jovencita, provocará que el protagonista tienda una red sobre ella. El objetivo: acostarse juntos y mantener con ella una relación temporal. Sin embargo, todo se torcerá demasiado pronto. Casi sin tiempo para que David pueda gozar de Melanie. Primero, al recibir el acoso del novio de la joven (Ryan); y segundo, al ser visitado por el padre  de esta. Al final, los acontecimientos se precipitan a gran velocidad y la joven, presionada por todo su círculo, acaba presentando una denuncia por acoso sexual contra su profesor.

     El propio profesor reconoce haber mantenido esa relación con Melanie --una relación que en algunos aspectos recuerda vagamente a la mítica Lolita de Nabokov--, además de haber excusado sus faltas de asistencia a las clases y de haberle calificado como apta una prueba a la que no había asistido. La investigación puesta en marcha por la universidad, la denuncia de Melanie y la indolencia y falta de interés de David por defender sus intereses y su puesto de trabajo provocarán un escándalo de tales dimensiones que terminará por hacerle dimitir y dejar la universidad. Sintiéndose el foco de atención mediático en su ciudad y en su barrio, optará por huir. Y así es como decide visitar a su hija Lucy, que vive sola en una granja de la Sudáfrica profunda. Un lugar casi deshabitado que se mueve por una serie de leyes no escritas que pueden llegar a ser incluso mucho más crueles que las de la jungla que compone la urbe.

     Sobre todo, con aquellos que no se adaptan al lugar y a esas leyes. Unas leyes que engloban también unos comportamientos humanos muy difíciles de entender para quienes llegan desde cualquier otro lugar. Así, de la mano de David y de la propia Lucy, sobreviene la verdadera desgracia que narra la novela. Por un lado, David trata de olvidar su casi-carnívoro deseo sexual. Algo fácil de conseguir en un lugar como la provincia del Cabo Oriental, donde la mujer más cercana está a varios kilómetros de la granja de su hija. No obstante, por otra parte, deberá plantearse su propia condición, como ser humano y también como padre. Y es que, si David es terco y cabezota, su hija demostrará serlo todavía más. Mucho más. Y en su obstinación por mantener su granja y su modus vivendi llegará a poner en grave riesgo su propia supervivencia. Una supervivencia que pende de un hilo demasiado fino para soportar una carga que parece aumentar.

     Y, curiosamente, mientras la verdadera desgracia se cierne sobre padre e hija, David consigue, poco a poco, hacerse a la vida en la granja. Ayuda con las tierras y sus labores, alimenta a los perros que cría su hija, acude cada sábado al mercado de Grahamstown para vender los productos cultivados por Lucy, colabora con el matrimonio Shaw en su clínica veterinaria y hasta se va habituando a vivir allí. Sin embargo, su relación con Lucy pasará por momentos delicados. Las diferencias no solo de sexo, de edad y de cultura sino también de formas de ver y de afrontar la vida conllevarán rifirrafes entre ellos. Hasta tal extremo que David deberá decidir entre quedarse y proteger a una hija que no desea su protección o volver a su casa y tratar de rehacer su vida pese a haber perdido su trabajo de toda la vida. Decisión complicada que le cuesta tomar.

     En el último tercio de la novela David visita a los padres de Melanie para explicarles lo sucedido con su hija. Sorpresivamente, es recibido y perdonado por ellos y retorna a su casa de Ciudad del Cabo. Comprueba que la desgracia lo persigue allá adonde va, pues su casa ha sido saqueada durante su ausencia. Vaga por la ciudad, recoge sus pertenencias de su antiguo despacho en la universidad y acude a una representación teatral en la que actúa Melanie. Su novio lo encuentra entre las butacas y vuelve a echarlo de allí con amenazas. Constatando que su vida en esa ciudad ya no tiene sentido, decide volver a la granja de su hija. La granja se convierte, así, en su último refugio. Un refugio peligroso en el que en cualquier momento él y su hija pueden ver amenazadas sus vidas. David se resigna y trata de vivir de la mejor manera posible. Pero la convivencia con Lucy se antoja cada vez más complicada.

     Pese a que la novela consta de 270 páginas, la rápida sucesión de acontecimientos, la introspección y una narración directa, sencilla, casi sin descripciones y a menudo más insinuadora que efectivamente mostradora, nos conducen a una especie de montaña rusa de emociones, de sentimientos, de toma de decisiones, de actos más o menos preconcebidos. Desde luego, la historia nos captura, nos conmociona, nos zarandea, nos hace tomar partido, nos cabrea. En varias ocasiones no entendemos la actitud de sus protagonistas. Nos gustaría incluso darles un cachete para hacerlos reaccionar. Sin embargo, los personajes son tan cercanos que en otros momentos sí les entendemos. Porque no son perfectos. Tienen sus defectos, sus dudas, sus frustraciones. Y quizá sea eso lo mejor de la novela, lo que la hace tan descarnada y a la vez tan bella (literariamente hablando): que la realidad siempre supera a la ficción.                           

       

jueves, 14 de septiembre de 2017

Relato de un náufrago. Gabriel García Márquez. Círculo de Lectores. 1988. Reseña





     El 28 de febrero de 1955 ocho miembros de la tripulación de un destructor colombiano denominado A. R. C. Caldas cayeron al mar apenas un par de horas antes de su llegada a Cartagena. Se dijo que el accidente se debió a una tormenta en el mar Caribe. Sin embargo, con el tiempo, se demostró que la tragedia fue ocasionada por el balanceo de una extraña y excesivamente pesada carga transportada por el buque: neveras, televisores, lavadoras y demás electrodomésticos. Algo ilegal según las normas de la marina imperantes en aquella época. La reconstrucción del relato del único superviviente del accidente, Luis Alejandro Velasco --dado por muerto, como sus siete compañeros, cuatro días después del incidente--, por parte del periodista y escritor Gabriel García Márquez demostró que la carga ilegal del buque traspasaba incluso los límites políticos y morales.

     La colaboración entre el superviviente y el periodista-escritor dio como resultado la publicación por episodios, en catorce días consecutivos, de la verdadera historia del buque y de los diez días que pasó a la deriva el náufrago que estuvo en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido y olvidado para siempre. Todos los miembros del diario El Espectador de Bogotá --incluido el futuro Premio Nobel-- y el superviviente, Luis Alejandro Velasco, cayeron en desgracia ante el régimen dictatorial del general Gustavo Rojas Pinilla. El protagonista pasó de héroe a villano, teniendo que abandonar una marina que anteriormente lo había condecorado; el diario acabó cerrando; y el genial escritor hubo de abandonar su país natal, iniciando ese exilio errante y un tanto nostálgico que tanto se parece también a una balsa a la deriva

     Más allá del valor de un documento real mediante el cual el náufrago destruyó tanto la estatua como el pedestal que su país le había dedicado, la narración es tan descriptiva y dramática que el mismísimo Miguel Delibes confesó haberse mareado al leerla, algo que, añadió, jamás me había pasado leyendo un libro. En efecto, la escena de la caída de los marineros al mar y las siguientes, en las cuales Luis Alejandro consigue subirse a una balsa y trata de ayudar, sin éxito, a algunos de sus compañeros, provocan que el corazón del lector se encoja y lata a mayor velocidad de la habitual. La tragedia cobra vida ante nuestros ojos y su magnitud nos golpea hasta la desolación.

     A partir del capítulo cuarto se narra, siempre en primera persona, cómo el náufrago comienza poco a poco a buscar un motivo para no dejar de luchar pese a verse solo y abandonado en la inmensidad del mar. La soledad, la sed, el hambre, el picor de una herida en la pierna y un sol abrasador que progresivamente quema su piel constituyen sus primeras preocupaciones tras comprobar que los aviones de rescate pasan de largo sin verlo. Así, interioriza que está perdido y comienza a luchar consigo mismo para no rendirse. Precisamente eso, el no rendirse, será lo que lo convierta en héroe nacional tras su llegada a la costa colombiana de Urabá.

     La soledad se manifiesta de muchas maneras a lo largo de la novela. Una de ellas provoca alucinaciones en el náufrago, al que visita varias noches uno de sus compañeros. Dialogan, se miran y se hacen compañía durante las largas horas de la noche. Tan largas que el narrador llega a confesar que la noche es muchísimo más extensa que el día. Sobre todo en pleno invierno (conviene no olvidar que los hechos se desarrollaron durante los primeros días del mes de marzo). Cualquier punto negro en el horizonte, cualquier brillo, cualquier destello crean falsas esperanzas de salvación. Pese a ser falsas, siempre conviene agarrarse a ellas con tal de seguir viviendo. Aunque sea malviviendo.

     En un mar interminable una bandada de gaviotas, un banco de peces o incluso la peligrosa visita de los tiburones --que rodean la balsa cada atardecer, a partir de las cinco de la tarde--, pueden lograr que uno aparque la soledad, por perturbadora que esta pueda llegar a ser. Cualquier suceso basta para mantener las ansias de vivir. Más aún cuando la supervivencia se ve definitivamente afectada. Poniendo en evidencia que tanto la mente como el cuerpo humano están capacitados para soportar toda clase de inconvenientes. De esta manera, para sorpresa del lector, el narrador llega a hablar de su buena estrella ante situaciones que uno no podría ni imaginar.

     El náufrago, en circunstancias tan extremas, es capaz de alimentarse a base de gaviotas, peces crudos, tarjetas de almacenes comerciales y hasta suelas de zapatos. Todo con tal de sobrevivir. No obstante, en determinados momentos, los acontecimientos pueden con él, lo sobrepasan y lo obligan a dejarse llevar, a abandonarse, a dejarse morir, a desear la muerte por encima de todo. La desesperación se apodera de él de tal manera que el lector cree que en cualquier momento va a perder la cabeza y a lanzarse ante los tiburones. Sin embargo, de nuevo la fortuna, el destino o la buena estrella le permiten volver a la lucha por seguir con vida.

     Y, cuando por fin tiene tierra a la vista y la salvación parece tan cercana, el cansancio, la debilidad, las ansias y la desesperación se abalanzan sobre él, poniendo en riesgo la consecución del objetivo perseguido durante diez días de dura deriva física y mental. La solidaridad de los lugareños de Urabá y los pueblos cercanos, los sabios cuidados del doctor y el hecho de verse de repente centro de atención de todo el mundo --¡no olvidemos nunca que poder contar todo lo sucedido es la máxima urgencia del protagonista en esa situación!-- mantienen al superviviente alejado de ese estado de irrealidad que lo persigue por momentos desde hace ya tantos días. Lo cual indica que la pesadilla no siempre finaliza cuando uno despierta del horrible sueño.

     En definitiva, nos encontramos ante un relato (aparecido por fin en formato libro en 1970, quince años después de su primigenia publicación en El Espectador) de pura supervivencia, lucha y superación personal extraordinariamente bien narrado por un autor que pocos años después (1982) recibiría el merecido Nobel de Literatura. Una novela que nos habla, además, de las corruptelas políticas, de los peligros --y urgentes necesidades-- de hacerles frente, de la valentía de quienes alzan su voz contra las injusticias y de las mil y una argucias de los periodistas a la hora de detectar una noticia y ser los primeros en darla a conocer a la sociedad.              
             


viernes, 1 de septiembre de 2017

El cielo es azul, la tierra blanca. Hiromi Kawakami. Alfaguara. 2017. Reseña





     Es japonesa, tiene 59 años, lleva escribiendo dos décadas y cuenta con varios prestigiosos premios literarios en su país natal. Entre ellos, el Tanizaki, precisamente por la obra que ahora reedita Alfaguara: El cielo es azul, la tierra blanca. Su prosa es elegante, sutil, delicada y detallada y siempre encuentra las palabras justas para noquear al lector y conmoverlo hasta el límite. Eso es, al menos, lo que me ha transmitido la lectura de esta obra. Una belleza literaria que nos presenta de forma descarnada y talentosa las marcas del alma, la indefinición y la duda en la que a menudo nos movemos las personas. Y también nuestros miedos, frustraciones, melancolía y demás cuestiones que nos atormentan.

     Todo ello, no obstante, ofreciéndonos una vía para la esperanza, la ilusión, la auto afirmación personal y la posibilidad, siempre presente, de volver a empezar. De superar todas las dificultades y seguir nuestro camino en este mundo. En definitiva, de vivir de la mejor manera posible. De disfrutar de los pequeños placeres, de los pequeños gestos cotidianos que podemos regalarnos --a nosotros mismos y a los demás--. Si lo referido anteriormente se adereza con abundante sake, cerveza, aperitivos y platos típicos japoneses --en el texto encontramos una completa guía culinaria del país nipón--, además de mercados, béisbol, bares y tabernas, aspecto este que recuerda al Murakami primigenio, encontramos una ambientación realista y cercana.

     En efecto, la taberna de Satoru y el bar Maeda --lugares en que Tsukiko se encuentra con el maestro Matsumoto y Takashi Kojima respectivamente-- son los protagonistas ambientales de la novela, en la que también disfrutamos de islas, montañas, parques y museos. A través de haikus, recetas de cocina, recogida de setas y otras excursiones, la relación entre Tsukiko y su antiguo maestro de japonés del instituto irá creciendo de manera lenta, progresiva y sólida. Enseñando que el amor no entiende de edades y que el sexo sin amor es algo imposible de sostener (sin negar, eso sí, el hondo placer que provoca dormir juntos y abrazados).  

     La relación de amor mutuo que se establecerá entre ellos estará fundamentada en la bondad y en el estricto sentido de la justicia del maestro. Así, Tsukiko, protagonista y narradora de la historia, nos dice que el maestro no era amable conmigo para hacerme feliz, sino porque analizaba mis opiniones sin tener ideas preconcebidas. Se podría decir que su bondad era más bien una actitud pedagógica. Por eso cuando me daba la razón me sentía mucho más feliz que si se hubiera limitado a decirme que sí para tenerme contenta. Aquello fue todo un descubrimiento. No me siento cómoda cuando me dan la razón sin tenerla. Prefiero mil veces que me traten con justicia.

     Pero hasta el momento de formalizar su relación, ambos pasan por incertidumbres, ilusiones amorosas, miedos, sensación de amor no correspondido, celos --respecto a la señora Ishino y Takashi Kojima--, desencuentros, reconciliaciones nada fáciles, encuentros esporádicos y casuales, impotencia, soledad, resignación y rebeldía. Tsukiko y el maestro se distancian durante tiempo en varias ocasiones. Sus debilidades les convierten en mortales, en reales, lo que los hace además entrañables. Así, cuesta despedirse del eterno maletín del maestro, de sus cavilaciones, de sus enseñanzas y de sus composiciones de haikus. Porque esta historia, sus personajes y sus lugares comunes nos acompañan aunque cerremos el libro una vez terminado.

     Tsukiko, que siempre había estado sola, bebía sola, se emborrachaba sola y se divertía sola, es feliz cuando está cerca del maestro. Y este, que aún llora el abandono y posterior muerte de su mujer, Sumiyo --Mi esposa no era una mujer de trato fácil, pero yo tampoco. Dicen que nunca falta un roto para un descosido. Es evidente que yo no era el roto ideal para su descosido--, se siente renacer junto a su antigua alumna. Y a ambos se les hace cada vez más complicado vivir sin la presencia del otro. De esta manera, aquel sofá duro e incómodo me parecía el lugar más agradable del mundo. Me sentía feliz a su lado. Eso era todo.

     A lo largo de la novela encontramos varias frases más para enmarcar. Como esta: Cuando tienes un gran amor, debes cuidarlo como si fuera una planta. Debes abonarlo y protegerlo de la nieve. Es muy importante tratarlo con esmero. Si el amor es pequeño, deja que se marchite hasta que muera. Y es que, en ocasiones, nos vemos obligados a matar al amor para poder seguir con nuestras vidas. ¿Por qué no conseguía sentirme a gusto conmigo misma si estaba acostumbrada a estar sola?, se pregunta Tsukiko en el peor momento de su relación con el maestro, cuando toma la decisión de terminar con ese sentimiento amoroso hacia él.

     En definitiva, y siempre teniendo en cuenta que el presente escrito es una mera opinión personal que no tiene por qué ser seguida a pies juntillas, creo que nos encontramos ante una escritora que hay que seguir con mucha atención a partir de ahora. Sobre todo, viendo cómo narra y cómo utiliza su prosa para golpearnos sin siquiera tocarnos. A mí, por lo menos, me ha ganado como lector. Porque El cielo es azul, la tierra blanca es una maravillosa historia de amor (como ya indica su subtítulo en esta reedición de Alfaguara) como hacía tiempo no leía. No, no es la típica historia romántica prefabricada de moda, sino una original, delicada, cuidada y exquisita historia de amor en el más amplio de los sentidos de la palabra. ¡Ahí es nada! 
       


viernes, 30 de junio de 2017

Mis diez mejores lecturas del primer semestre de 2017





     Como cada mes de junio, justo antes de las vacaciones estivales--el mejor momento del año para leer según la mayor parte de la gente--, os dejo mi particular lista de las diez mejores lecturas de lo que va de año. Espero que os animéis a leer algunas de ellas y, si es así, las disfrutéis tanto como yo. Como siempre, podéis observar cómo hay todo tipo de libros: novedades, publicaciones más o menos actuales y alguna pieza clásica de la literatura nacional y universal. Ahí va la lista:


10. 84 Charing Cross Road. Helene Hanff. Anagrama. 2006 Una de esas obras clásicas que nos enseñan el amor por los libros. Unos personajes inmortales de los que cuesta despedirse y a los que a todos nos gustaría poder conocer algún día. Una maravillosa novela epistolar que dio pie a una igualmente maravillosa película. Y también una gran desdicha: la de dos personas que comparten el amor por la literatura sin poder llegar a conocerse jamás en persona.

9. Cáscara de nuez. Ian McEwan. Anagrama. 2017 La última novela de uno de los escritores actuales más originales, innovadores y arriesgados. Un feto nos cuenta la historia del asesinato de su padre por parte de su futura madre y su amante, su futuro tío paterno. Impotencia, rabia, culpabilidad y búsqueda de la salvación. Una especie de thriller psicológico que no dejará indiferente ni al más pintado de los lectores.

8. El monarca de las sombras. Javier Cercas. Random House. 2017 La historia que Javier Cercas nunca quiso contar pero sabía que algún día contaría. La búsqueda, personal, familiar e histórica, de un familiar directo del propio escritor que no se sabe bien si es héroe o villano, valiente o cobarde. Uno de esos textos que le ponen a uno un nudo en la garganta. Porque a veces no se sabe qué es mejor: conocer o no conocer.

7. Escucha la canción del viento / Pinball 1973. Haruki Murakami. Tusquets Editores. 2015 Las dos primeras novelas del genio japonés, por fin traducidas y publicadas en castellano. Los inicios de alguien que, pese a su juventud, ya prometía ser un grande. Los primeros signos de lo que en el futuro se conocería como el universo Murakami. Los secretos de un escritor todavía anónimo y, por ello, también genuino y directo. 

6. Fahrenheit 451. Ray Bradbury. Ediciones DeBolsillo. 2000 Una de las tres distopías más conocidas del siglo XX. Una obra en la que la ciencia-ficción y el futuro se dan la mano y caminan una al lado del otro para enseñarnos, tantos años después, que el autor de esta obra fue un auténtico visionario. Esperemos no terminar como él vaticinó: aprendiendo de memoria un libro para rescatarlo de las llamas de una civilización que parece agotarse por momentos.

5. La buena letra. Rafael Chirbes. Anagrama. 2000 Otra obra eterna del inmortal escritor de Tavernes de la Valldigna. Una pluma clara, directa y sin artificios que nos enseña que el peor sufrimiento es aquel que no sirve para nada y que la buena letra no es más que el disfraz de las mentiras. Una historia durísima que se nos hace todavía más dura por lo bien escrita que está. Placer + angustia = exquisitez literaria. 

4. La tristeza del samurái. Víctor del Árbol. Editorial Alrevés. 2011 La novela que encumbró a un autor al que hoy ya todo el mundo conoce y disfruta. Varias épocas, varios ambientes, distintos personajes acaban confluyendo antes o después para mostrarnos, por ejemplo, que el pasado y el mal nunca desaparecen, y que los vicios y las malas actitudes hacia la vida en general y hacia la política en particular cuestan mucho de cambiar.

3. Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987 Una novela absolutamente imprescindible. Tanto para la legión de seguidores de su autor como para los que no lo son. El alma humana queda milimétricamente dibujada y desmenuzada en esta corta pero impactante novela en la que nunca se pierde el interés por el desarrollo de la trama pese a conocer su fin desde la primera frase. Algo al alcance solo de un genio. 

2. Clavícula. Marta Sanz. Anagrama. 2017 Una de las grandes alegrías de los últimos meses. Si con su anterior novela, Farándula, Marta Sanz ya deslumbró, con esta nos ha dejado ciegos por completo. Sinceridad, integridad, honestidad, humor hasta la burla de sí misma, maestría a la hora de reflejar sentimientos íntimos y clarividencia para mostrarnos su mundo son los rasgos utilizados por la autora madrileña para bordar la (hasta el momento, y sin duda) novela del año.  

1. Los renglones torcidos de Dios. Torcuato Luna de Tena. Planeta. 1979 El personaje de Alice Gould pasó a formar parte de la historia de la literatura nacional por méritos propios. Y el autor que la creó, también. La obra es fruto de una mente ENORME y también de un proceso de documentación sobre la psiquiatría española de los años setenta que necesitó de 18 días de internamiento voluntario por parte de Luca de Tena. Una novela que te atrapa desde la primera hasta la última escena, te zarandea por los hombros, te lleva a trompicones por las distintas salas del hospital psquiátrico y te deja estupefacto con un final digno de una historia como la que cuenta. Una obra maestra que merece ser el número uno de mi lista de libros preferidos de este primer semestre del 2017.   
   


lunes, 19 de junio de 2017

TAJ. Andrés Pascual. Espasa Libros. 2016. Reseña





     El escritor y conferenciante logroñés Andrés Pascual (El guardián de la flor de loto, El haiku de las palabras perdidas y otras) ganó el pasado año el Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio con TAJ, novela épica que rinde homenaje a los veinte mil héroes que participaron en la construcción y levantamiento de una de las mayores glorias arquitectónicas de la historia de la Humanidad: el Taj Mahal de Agra. Conmocionado por la majestuosidad del edificio y buscando alejarse del resplandeciente balcón real desde el que hasta ahora se había contado la historia de su construcción para acercarse a aquella gran multitud de héroes anónimos, Pascual se embarcó en una novela amena, instructiva, documentada y justa.

     Reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en 1983 y nombrado una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno, el mausoleo de Mumtaz Mahal, esposa favorita del emperador Shah Jahan, comenzó a gestarse en el mismo momento de su fallecimiento. En su lecho de muerte, su esposo le prometió honrar su recuerdo con el monumento más hermoso jamás construido. Y no escatimó en gastos ni esfuerzos a la hora de cumplir su promesa. Costó 22 años cumplir con el proyecto completo y participaron más de veinte mil obreros, artesanos y calígrafos. Y no pocos de ellos perdieron su vida en el transcurso de las obras.

     En palabras del autor de la novela, la obra mostró a la Humanidad que cuando actuamos juntos y guiados por el amor en cualquiera de sus formas, somos capaces de alcanzar cualquier desafío. Y no le falta razón a Pascual, pues en ella participaron los mejores profesionales de cada campo y de todo Oriente. No en vano, el Taj Mahal está considerado el más bello ejemplo de arquitectura mogola, combinando elementos de las arquitecturas islámica, persa, india y turca. Así funciona el karma: como una cadena de buenas acciones en la que todo se enlaza y tiene sentido a través del amor.

     La única forma de llevar a cabo el pretendido homenaje a esa ingente masa de anónimos capaces de llevar a buen término un proyecto tan colosal como el Taj Mahal era crear un personaje que perteneciera a ella. Es decir, alguien que no fuera parte importante del proceso. Alguien a través del cual narrar la historia desde un punto de vista diferente. Y Balu fue el elegido por Andrés Pascual. Un joven del desierto, con un don muy peculiar --con manos para el dibujo--, que huye de su poblado tras la inesperada muerte de su padre, el señor Metha, un humilde campesino que siempre cuidó las manos de su hijo. Aunque ello conllevara el odio y los celos de sus hermanos mayores.

     TAJ es también una novela de aventuras. Porque Balu deberá hacer frente a una serie de vicisitudes para alcanzar sus sueños: abrirse camino entre la gran multitud de calígrafos, arquitectos, artesanos y obreros y reunirse con el amor de su vida, Aisha, de la cual hubo de apartarse al salir a toda prisa de su poblado. Ni qué decir tiene que el protagonista irá madurando y enfrentando cada uno de los problemas que amenazan con poner fin no solo a sus sueños sino a su propia vida. Una vida que pasa de no valer nada en absoluto a ir siendo cada vez más importante para otros protagonistas. De nuevo, el karma.

     Absolutamente todos los personajes aparecen bien definidos ante nuestros ojos. Tanto los reales --con el calígrafo Khush Nawis, el arquitecto Ustad Ahmad y los hijos del Shah Jahan, Dara, Aurangzeb y Jahanara, al frente-- como los inventados. Dejando al margen a Balu, también su amada Aisha, sus amigos Deepak y Santosh y otros obreros cumplen un papel muy definido en la obra. El amor, los celos, la cooperación, la solidaridad y la maldad se convierten también en personajes de la novela. Porque, a tenor de todo lo anterior, también estamos ante una especie de novela ejemplar, por cuanto destaca los valores que todos deberíamos querer para nuestros hijos.

     Además, la novela también nos cuenta una serie de historias de amor. De amor sin condiciones. El de Balu y Aisha es la principal. Sin embargo, no deberíamos pasar por alto la de Deepak y Santosh, la pareja amiga de Balu. Tampoco la de los padres del protagonista. Y, obviamente, tampoco la del Shah Jahan y Mumtaz Mahal, pues es esta la razón de ser de las otras y también de la novela misma. Porque el amor engendra amor. De la misma manera que el odio engendra odio. Y es que el odio también aparece en las páginas de la última novela de Andrés Pascual.

     TAJ nos muestra cómo lo más grande que se levantó en Agra no fue el edificio en sí sino la fusión pura e incondicional de dos civilizaciones: Islam e Hinduismo. Hinduismo e Islam. Un ejemplo a seguir, especialmente en tiempos tan convulsos e irracionales como los actuales. En efecto, tal y como se extrae de una conversación entre Balu y Ustad Ahmad, las dos escuelas milenarias se habían fundido de forma natural con el único objetivo de alcanzar juntas la perfección. No se trataba de promover la mera tolerancia, ni una pacífica convivencia. El fin último era la fusión total en una fe única. De nuevo, los valores.