LIBROS

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miércoles, 18 de abril de 2018

El arte de la guerra. Sun Tzu. Plutón Ediciones. 2010. Reseña





     Sun Tzu fue un general, estratega militar y filósofo de la antigua China. Su nombre de nacimiento fue Sun Wu, aunque se le conoce mundialmente por su título honorífico, que significa Maestro Sun. Vivió en el siglo VI a. C.. Figura histórica legendaria, ha tenido un gran impacto en la historia y en las culturas china y asiática por ser el autor de El arte de la guerra, un tratado sobre estrategia militar que influyó, más de dos mil años después, a Maquiavelo. De hecho, El príncipe está considerada como la obra filosófica, política y militar más importante desde el tratado de Sun Tzu. Más cercano en el tiempo, encontramos su influencia en los shogunatos y la Revolución Meiji de 1868 en Japón y en la creación de la China Popular por Mao Zedong, quien finalmente consiguió vencer a Chang Kai Chek tras la Gran Marcha, en parte gracias a estos consejos. 

     El tratado de Sun Tzu contiene trece capítulos breves que parten de ideas más generales y se van concretando a base de desarrollar aspectos más puntuales que completan la información de partida. En el primer capítulo, que versa sobre los planes preliminares, habla de los cinco factores fundamentales que determinan las condiciones existentes en el campo de batalla: la ley moral, el clima, el terreno, el mando y la doctrina. Todo el arte de la guerra se basa en el engaño. El capítulo segundo trata sobre la conducción de las operaciones, desaconseja las operaciones largas y el maltrato de los prisioneros y aconseja el saqueo y el aprovisionamiento de riquezas del enemigo. El capítulo tercero, dedicado a la estrategia ofensiva, nos habla de la conveniencia de tomar el país enemigo lo más intacto posible y de que hacer prisionero al ejército enemigo es mejor que destruirlo.

     El capítulo cuarto desarrolla las disposiciones tácticas, asegurando que nuestra invencibilidad depende de nosotros; la vulnerabilidad del enemigo, de él y que no cometer errores asegura el triunfo. El capítulo quinto, La energía, trata de la cuestión de la organización, de las combinaciones infinitas en el campo de batalla y de la necesidad de mantener las apariencias para engañar al enemigo (la confusión aparente indica una disciplina perfecta; el miedo simulado indica valor; la debilidad simulada indica fortaleza). El capítulo sexto versa sobre los puntos débiles y fuertes, y transmite la necesidad de llegar antes que el enemigo al campo de batalla y de que cuando el enemigo esté descansado, has de saber fatigarlo; cuando esté bien alimentado, hacerle pasar hambre; cuando esté descansando, forzarlo a moverse.

     En el capítulo séptimo se habla de las maniobras, que deben transformar un camino tortuoso en la vía más directa y convertir la desventaja en ventaja. Vuelve a hacer hincapié en la importancia del engaño y apuesta por analizar la situación y tomar la decisión conveniente. Además, haciendo referencia a El Libro de la Administración Militar, dice que: como las palabras emitidas no se pueden oír en el fragor del combate, se emplean los tambores y los gongs. Como las tropas no se pueden ver con nitidez durante el combate, se utilizan las banderas y los estandartes. Gongs, tambores, banderas y estandartes pueden unir a las tropas en un punto, de forma que el valiente no avanzará solo y el cobarde no retrocederá.

     El capítulo octavo trata de las variaciones en la táctica. Aconseja no utilizar la misma en dos combates seguidos y subraya los cinco peligrosos errores que pueden afectar al general: si es imprudente, puede perder la vida; si es cobarde, será capturado; si es colérico, puede ser ridiculizado; si su sentido del honor es demasiado susceptible, se le puede avergonzar; si tiene demasiadas contemplaciones con sus hombres, se le puede hacer sufrir.  En el noveno capítulo, titulado En marcha, se nos avisa de que la simple superioridad numérica no debe confiarnos y de que debe tratarse con humanidad a los soldados. Además, afirma que si las órdenes son eficaces, el ejército será disciplinado; si no lo son, el ejército no será disciplinado. 

     Los capítulos décimo y undécimo tratan sobre el terreno y las nueve clases de terreno. El primero clasifica los terrenos en accesibles, difíciles, neutros, cerrados, accidentados y distantes. Asegura que la formación natural del terreno puede ser un factor esencial en el combate, por lo que ha de ser estudiado a conciencia antes de la batalla. Y añade: conoce al enemigo y conócete a ti mismo y tu triunfo nunca se verá amenazado. Conoce el terreno y las condiciones climáticas y tu victoria será completa. En el segundo capítulo de este bloque establece a la rapidez como la esencia misma de la guerra. Cuando el adversario cometa una equivocación has de ser veloz como una liebre. De esta manera, no podrá resistirse.

     El capítulo duodécimo, El ataque con fuego, establece las cinco maneras existentes de atacar con fuego:  quemar a las personas, quemar los almacenes, quemar el equipo, quemar los arsenales y emplear proyectiles incendiarios. Afirma que aquellos que utilizan el incendio para reforzar sus ataques poseen la inteligencia de su lado; los que usan el agua, la fuerza. Y añade que el gobernante sabio delibera acerca de los planes; los buenos generales los ponen en práctica. El capítulo décimo tercero, y último, lleva por título El uso de agentes secretos. La información previa a emprender una guerra es básica para conseguir la victoria final. Y esta no puede conseguirse de los espíritus, ni de las divinidades, ni por semejanza con acontecimientos pasados ni de los cálculos. Es preciso conseguirla a través de hombres. Los agentes secretos se clasifican en : locales, interiores, dobles, falsos y destacados.

     La obra, más allá de los aspectos filosóficos, políticos y estratégicos, es utilizada a día de hoy en múltiples ámbitos que poco o nada tienen que ver con el militar. Es el caso de su uso como guía en programas de administración de empresas y liderazgo destinadas a la gestión de los conflictos y la cultura corporativa. Lo cual otorga una vigencia a la obra de Sun Tzu que no está al alcance de ninguna otra en el mundo. Al menos, de una que data de hace nada más y nada menos que 2.700 años o, dicho de otro modo, 27 siglos.                       

    

miércoles, 11 de abril de 2018

Viento del este, viento del oeste. Pearl S. Buck. Ediciones G. P. 1980. Reseña





     Pearl S. Buck, escritora estadounidense premiada con el premio Nobel de Literatura en 1938, guionista, periodista y activista por los derechos humanos, pasó media vida en China, donde fue llevada por sus padres, misioneros presbiterianos, a los pocos meses de vida. Durante sus ochenta años de vida escribió ochenta y cinco libros de géneros variados (poesía, relato, teatro, guiones de cine, literatura infantil y juvenil, biografía y recetas de cocina). Sin embargo, destacó especialmente en el terreno de la novela. En todas ellas encontramos amables retratos de China y sus gentes. De su estudio de la novela china se nutrió una narrativa de estilo directo y sencillo y siempre preocupada por los valores fundamentales de la vida humana.

     Viento del este, viento del oeste es una de sus obras más reconocidas. Publicada en EE. UU. en 1930, está narrada en primera persona por la protagonista de la historia, Kwei-lan, una joven china de 17 años que asiste, aterrorizada, al choque de civilizaciones contrapuestas --la atrasada China oriental y los EE. UU. como paradigma de los nuevos vientos occidentales--, que amenaza con poner fin a su hasta entonces tranquila y parsimoniosa vida. Recién casada --prometida desde su nacimiento con un médico que, merced a su estancia en Occidente por razones de estudio, ha acogido numerosas formas de vida occidentales--, debe asimilar que la vida adulta quizás no se va a parecer en nada a aquello para lo que su madre la ha preparado.

     Su marido la trata de igual a igual, de tú a tú, algo totalmente contrapuesto a la educación tradicional china recibida por Kwei-lan. Y la joven cuenta las vicisitudes de su nueva vida a una persona a la que se dirige como mi hermana, aunque su identidad se desconoce por completo. La lucha interna de Kwei-lan entre sus valores primigenios y las novedades que en su vida (y, sobre todo, en su mente) va introduciendo su marido la llevarán a ir asimilando de forma progresiva las enseñanzas de su cónyuge, comenzando con la necesidad de quitarse las vendas de los pies y ponerse a caminar en la vida como una mujer que no es sirvienta de su marido sino su igual.

     Por si sus dudas en lo personal eran pocas, su preocupación crecerá cuando su hermano, como anteriormente su cuñado, afincado en EE. UU. para culminar sus estudios, anunciará su deseo primero y su decisión después de romper su compromiso con su prometida, una hija de la familia Li, para casarse con una joven estadounidense de nombre Mary a la que ha conocido en la universidad. Los venerados padres de Kwei-lan se opondrán a semejante aberración, lo que pondrá en jaque a toda la familia. Porque el hermano de la protagonista es el único hijo varón de sus padres, por lo que le corresponde ser el heredero de estos. Aspecto este que lo complica todo sobremanera.  

     A este respecto, reflexiona la narradora así: Hemos aprendido, puesto que las Escrituras Santas nos lo enseñaron, que un hombre no debe nunca anteponer el cariño de su mujer al de sus padres. El que comete ese pecado ofende las tablillas de sus antepasados, ofende a los dioses. Pero, ¿se pueden oponer barreras al ímpetu del amor? El amor se impone, tanto si el corazón quiere, como si no... Finalmente, se dice a sí misma que el amor es una cosa terrible si su vena no se derrama, pura y libre, de corazón a corazón. Así, impotente ante la tensión en la que vive sumida su familia, decide que el amor debe vencer siempre.

     De todo lo anterior se deduce que no solo cobra importancia en la novela ese choque de civilizaciones entre Oriente (o viento del este) y Occidente (o viento del oeste), sino que también lo hace un enfrentamiento entre el viejo orden (la China tradicional y atrasada) y el nuevo (que amenaza con acabar con el anterior merced a la modernidad). Así, Liú, una amiga del marido de Kwei-lan, afirma lo siguiente: Días difíciles para los viejos. Entre los ancianos y los jóvenes ya no existe posibilidad alguna de comprensión; están separados, como un afilado cuchillo separa la rama del tronco. Y es que a veces hay cosas que ya no tienen arreglo.

     Los mundos de Kwei-lan y su familia cambian con la aparición en escena del marido de la joven y de Mary, esposa de su hermano, a la que todos conocen como la extranjera. El aislamiento anterior a estos hechos, con el consiguiente desconocimiento de cuanto ocurre fuera de su casa y de su país, se da de bruces con la realidad: hay otros mundos ahí afuera, y antes o después habrán de juntarse la sangre de los chinos y la de los bárbaros, que así es como se califica a los habitantes de tierras occidentales. Y la narradora cumple a la perfección con su misión: transmitir al lector la zozobra, la agonía de quien ve venir los cambios y no sabe cómo reaccionar ante ellos y ante sus iguales más poco propensos a que tal cosa suceda.

     Viento del este, viento del oeste es una novela que golpea al lector; una historia en la que el amor trata de imponerse a las tradiciones y a los prejuicios; una obra que nos obliga a entender la angustia y el agobio de una joven de tan solo 17 años que debe asimilar que el mundo real es bien distinto del que sus padres le han enseñado; una lectura que nos enseña, además, viejas tradiciones ancestrales de una civilización, la china, en buena parte todavía por descubrir; una novela escrita con el corazón y desde el amplio conocimiento --la de Pearl S. Buck-- de una cultura diferente pero para nada inferior a la nuestra.   

         

lunes, 26 de marzo de 2018

Rojo y negro. Henri Beyle Stendhal. Planeta. 1982. Reseña





     Pese a ser menos conocido que sus contemporáneos Víctor Hugo (Los miserables) y Alejandro Dumas (El conde de Montecristo), Henri Beyle --más conocido por su pseudónimo Stendhal-- veinte años mayor que los anteriormente aludidos, influyó en ellos, siendo considerado uno de los grandes precursores del realismo literario por su magistral descripción psicológica de los protagonistas de sus obras y su estilo, conciso y meridianamente mostrador de la realidad de su tiempo. Un tiempo convulso que vivió las consecuencias de la Revolución Francesa de 1789 y las luchas por el poder tras la muerte de Napoleón en 1821 en la isla atlántica de Santa Elena.

     De hecho, Rojo y negro, la obra cumbre del genial escritor de Grenoble, fue publicada en 1830. Tan solo nueve años después de la definitiva desaparición de Bonaparte. Personaje al que admiró y al que llegó a servir. En efecto, Stendhal conoció las tropas napoleónicas, en las cuales ingresó para participar en las campañas de Italia. Sin embargo, en 1802 abandonó el ejército, pasando a trabajar en la administración imperial en Alemania, Austria y Rusia. Sus dos grandes pasiones, además de la literatura, fueron las mujeres (se le conocieron decenas de amantes a lo largo de sus 59 años de vida) y la admiración por el arte (de su obra Roma, Nápoles y Florencia nace lo que se conoce como síndrome de Stendhal, una especie de éxtasis o mareo producido al contemplar en poco espacio y tiempo demasiada acumulación de arte y belleza).     

     Rojo y negro presenta la Francia de la Restauración de tal manera que nos sumerge de lleno en ella. Las luchas entre las distintas clases sociales que fueron emergiendo y sustituyéndose unas a otras en los años que precedieron a Luis Felipe de Orleans están presentes en cada una de sus casi quinientas páginas. Los protagonistas son egoístas y buscan satisfacer sus placeres. La combinación de una más que acertada ambientación histórica, de un magnífico estudio de la psicología de los personajes y de la descripción moral e intelectual de la Francia del siglo XIX componen un mosaico de una extraordinaria diversidad de colores. Una obra de arte literaria absolutamente recomendable. Aunque entre sus coetáneos solo Honorato de Balzac parece que supo verlo in situ

     Eso sí: pocos años después, su manera y sus formas literarias fueron absorbidas por los grandes escritores franceses y europeos, como los arriba citados Hugo y Dumas y el ruso León Tolstoi. No en vano, con el paso de los siglos --dos en concreto--, se considera que Stendhal es el escritor del XIX que mejor ha envejecido, por lo que se dice de él que es el creador de la novela moderna. Y su influencia en obras como Los miserables o El conde de Montecristo es innegable. Algo que, según los estudiosos, se observa mejor todavía en La cartuja de Parma (publicada en 1839), la otra gran obra del autor que nos ocupa en estas líneas.

     El título de la novela hace referencia a los colores del ejército (rojo) y del clero (negro). Julián Sorel, su gran protagonista, es hijo de un aserradero de un pueblo ficticio denominado Verrières. Lucha, pese a su juventud, por ascender de condición social. No duda en ser diplomático, utilizando su astucia y su valía intelectual --conoce de memoria cada página de la Biblia (en latín)--, para decir a los demás lo que quieren oír y hacer lo que quieren que haga. Todo por labrarse amigos hasta en el infierno. Lo cual, por contra, le generará también grandes enemigos. El cura del pueblo, Chélan, será su gran valedor en sus inicios. Así, le consigue un puesto como preceptor de los hijos del alcalde, Monsieur de Rénal. Más tarde, tras tener un affair con la esposa del alcalde, ingresará en el seminario de Besançon para iniciar su carrera eclesiástica. 

     En el seminario su valía provocará los celos de sus compañeros. Y el abate Pirard decidirá protegerlo primero y sacarlo de allí después, ofreciéndoselo como secretario al marqués de la Mole. Y, así, el pueblerino Sorel llega ni más ni menos que hasta a París. Pasa de un mundo burgués de provincias a otro aristocrático y capitalino. Pero pronto volverá a las andadas. Como el propio Stendhal, Julián es muy proclive a enamorar a las bellas damas. Y Matilde, la hija del marqués, será su siguiente amor. Un amor diferente al protagonizado con la señora de Rénal, con tira y afloja constantes y sin verdadera consistencia. Algo que hace pensar también en el título: un amor pasional y de corazón (rojo) y otro de intelecto y cabeza (negro).

     Al mismo tiempo que la relación entre Julián y Matilde se va estrechando y distanciando por momentos, el marqués, que se muestra encantado en todo momento con Julián de la misma manera que anteriormente lo había estado el alcalde de Verrières, el señor de Rénal, consigue que su secretario sea nombrado teniente de húsares en Estrasburgo, convirtiéndose en el señor Julián de la Vernaye. No obstante, cuando todo parece ir bien en la vida de nuestro protagonista, que insiste en sus ambiciones de ascensión social, un inesperado giro lo colocará en el abismo. Un abismo que lo llevará ante un dilema vital, moral y ético en el que deberá elegir entre una vida miserable y una muerte digna.  
           
     La hipocresía (la clara contradicción entre las palabras de los personajes y sus actos y pensamientos); las luchas por el poder entre republicanos (seguidores de Napoleón) y católicos legitimistas (partidarios de restaurar a los Borbones); la necesidad de jugar a dos o tres bandas con tal de asegurarse el porvenir para conseguir la aprobación de quienes los rodean; y los celos amorosos (aparecen no uno sino varios triángulos amorosos a lo largo de la trama) hacen de este libro una obra maestra de indudable calidad y vigencia. Porque leer a Stendhal es leer historia, leer psicología, leer sobre relaciones personales y amorosas y, sobre todo, leer realidad. Por insoportable que esta sea...      
         


lunes, 12 de marzo de 2018

Frankenstein, de Mary W. Shelley, cumple dos siglos. Reseña





     Mary W. Shelley, hija de los famosos filósofos británicos William Godwin (dedicado al ámbito político) y Mary Wollstonecraft (reconocida feminista autora de la obra Vindicación de los derechos de la mujer), pasó el verano boreal de 1816 junto a su esposo, Percy Shelley, poeta romántico y también filósofo, en la villa que su buen amigo lord Byron tenía cerca de Ginebra. Allí, ante la imposibilidad de salir de la villa debido al fenómeno conocido como invierno volcánico --el hemisferio norte hubo de soportar un verano largo y frío debido a la erupción del volcán indonesio de Tambora --, su anfitrión, su médico personal, John Polidori, y los Shelley acordaron un reto para pasar el tiempo: escribir una historia de terror cada uno.   

     Solo Polidori cumplió el reto. Sin embargo, la única mujer del grupo puso los cimientos de lo que no mucho más tarde tomó cuerpo en forma de un relato que se convirtió en la primera novela moderna de ciencia ficción y en uno de los mayores exponentes de la novela gótica de terror. En ella narró la historia de un joven y ambicioso doctor suizo (Viktor Frankenstein) que, mediante los denominados experimentos galvánicos y la fuerza de la electricidad, es capaz de crear un nuevo ser a partir de diferentes fragmentos de cuerpos ya inertes. Una historia cuya publicación tuvo lugar hace exactamente doscientos años. Dos siglos que bien merecen una referencia en este blog.

     Publicada bajo el título original de Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela aborda temas tan controvertidos como la moral científica, la creación y la destrucción de la vida, la naturaleza humana o la relación de los humanos con Dios. El hecho de que el doctor Frankenstein actúe como una especie de Dios, con el cual rivaliza, justifica su subtítulo, en referencia a ese Prometeo de la mitología griega que robó el fuego de los dioses para dárselo a los mortales. El hecho de que Zeus acabara castigándolo por ello también se relaciona directamente con esta obra, pues también Viktor Frankenstein acabará recibiendo el peor de los castigos divinos. 

     Antes de entrar de lleno en la reseña de la novela conviene hacer una recomendación a cualquier lector que todavía no la haya leído y tenga previsto hacerlo en el futuro: el cine no ha hecho justicia, en ninguna de sus múltiples versiones, a esta historia. Y no lo ha hecho por tres motivos. En primer lugar, porque el verdadero protagonista de Frankenstein no es el monstruo sino el doctor que le otorga la vida. En segundo lugar, porque no estamos ante un médico loco sino incauto y arriesgado. Y, en tercer lugar, porque la figura del monstruo del celuloide tampoco obedece a la original de Mary W. Shelley. Por tanto, el nuevo lector de la obra deberá realizar un ejercicio previo de limpieza de ideas e imágenes preconcebidas que pueden llevarle a engaños, inexactitudes y desilusiones. 

     Además, el doctor no da a conocer en ningún momento las particularidades de su proceso creativo, pues no desea que nadie pueda volver a cometer semejante insensatez. Está absolutamente arrepentido de lo que ha hecho a causa de sus ansias de conocer los secretos del cielo y la tierra, así como la misteriosa alma del hombre, y tan solo se centra en salvar a su familia y en tratar de destruir al ser demoníaco, a el engendro, a la criatura o al horrendo huésped. Porque en ningún momento se dirige al monstruo con el apelativo de Frankenstein, nombre con el que la cultura popular conoce a la criatura creada por el médico. Otro elemento más a tener en cuenta sobre la novela.

     Para mí, más allá de la originalidad de la historia y la caracterización de cada uno de sus protagonistas, lo mejor de la novela quizás sea el triple narrador omnisciente que nos descubre los hechos de la trama. A saber: el monstruo narra al doctor sus propias experiencias en los capítulos centrales de la misma; a su vez, Viktor Frankenstein le cuenta al marinero Robert Walton tanto las vivencias de la criatura como las suyas mismas; y el marinero lo cuenta todo a través de su diario personal y de las cartas que va escribiendo a su hermana Margaret. La secuencia es, pues, la siguiente: 1) diario de Walton, 2) la historia de Viktor, 3) las peripecias del monstruo, 4) continúa la historia de Viktor y 5) fin del diario de Walton.

    A lo largo de sus páginas Mary W. Shelley pone en boca de sus personajes varias expresiones, frases y párrafos enteros dignos de mención. De todos ellos, me quedo con estos dos. El primero hace referencia a una reflexión de Viktor que dice así: Nada causa tanto abatimiento al espíritu como un prolongado cúmulo de desgracias en el tiempo, pues todo ello conlleva a una depresión casi crónica y a un estado de aflicción continuo. Nunca se vislumbra la esperanza, pues el sentirte predestinado a cumplir con tu desdicha en la vida te priva de forma irremediable de experimentar la alegría que conociste en el pasado.

     La segunda la pronuncia la criatura, y reza así: Mi trabajo ha finalizado. No me hace falta vuestra vida ni la de ningún otro hombre para completar lo que es necesario completar. La única vida que preciso es la mía, porque cuando perezca será una liberación para mí (...), reuniré el material que adornará mi pira funeraria, y en ella convertiré este cuerpo horrendo y deforme en cenizas. Y en polvo, para que nadie vuelva a ser testigo de un horror fatal, pues es lo único que inspiro. Y espero de corazón que no se vuelva a producir un hecho similar (...) pues es lo mejor que puede pasar.

     Se cumplen, pues, doscientos años del nacimiento del monstruo más humano de la historia de la literatura. Un monstruo triste, con un físico sobrehumano, extraordinariamente inteligente pero a la vez, y por ello, consciente de su enorme e inevitable desgracia: resultar abominable a ojos humanos y ser incapaz de encontrar su sitio en la naturaleza y en el mundo. Los lectores que todavía no lo conozcan harán bien en acercarse a su historia y a la del doctor que lo creó. Porque, en el fondo, tal vez no sean tan diferentes entre sí...                   
                          

     

lunes, 5 de marzo de 2018

La vigilante del Louvre. Lara Siscar. Plaza & Janés. 2015. Reseña





     En 1866 el pintor francés Gustave Courbet, iniciador del realismo pictórico, realizó una pintura al óleo sobre lienzo en base al cuerpo desnudo de una joven modelo irlandesa que respondía al nombre de Joanna Hifferman, amante de James Whistler, discípulo del genial pintor galo. La obra, El origen del mundo, pasó a la historia del arte como una de las más escandalosas, controvertidas y polémicas. Tuvo varios propietarios a lo largo de los siglos XIX y XX --desde un rico egipcio hasta el conocido psicoanalista Jacques Lacan, pasando por un barón húngaro, la Wehrmacht alemana o el Ejército Rojo-- hasta que finalmente fue adquirido por el Estado francés y expuesto en el Museo de Orsay (París).

     Hasta aquí la parte real que sirve de base a la historia de ficción con la que Lara Siscar (1977) debutó en el mundo literario en 2015. No es la primera vez que un cuadro real (o ficticio) sirve como punto de partida a una obra literaria. Podríamos poner múltiples ejemplos que prefiero ahorrarme en estas líneas. La cuestión es que los enigmas del mundo del arte son tantos y tan interesantes que a menudo resulta imposible no sucumbir ante ellos. Eso debió pensar la conocida televisiva del Grao de Gandia, presentadora de varios programas de los servicios informativos de TVE y actualmente conductora del espacio Asuntos públicos en el canal 24 horas. 

     La vigilante del Louvre es la historia entrecruzada de tres mujeres del siglo XXI --cuatro, en realidad, aunque la cuarta vivió en el XIX, como veremos más tarde-- que, como buenamente pueden, deben hacer frente a situaciones personales más o menos dramáticas. Tres mujeres normales que se convierten en heroínas anónimas de nuestro tiempo en un mundo que, le pese a quien le pese, sigue siendo eminentemente machista. Tres mujeres tan parecidas en algunos aspectos --solo unos pocos-- y, sin embargo, tan diferentes en otros --la mayoría--. Sus nombres: Diana, Claudette e Isabelle. Tres mujeres condenadas a encontrarse pese a la inmensidad del París de nuestro tiempo. 

     Diana es la vigilante del Louvre. Casada y madre de un hijo pequeño, Jean, narra su vida a los cuadros que cuelgan de las paredes del museo. Su vida es anodina, rutinaria, aburrida. Incluso en el trabajo. Porque cuando le toca vigilar una sala concurrida debe hacerse cargo de la defensa y la protección de obras como La Gioconda, la Victoria de Samotracia o la Venus de Milo. Y cuando su cuadrante la destina a salas más tranquilas no sabe entretenerse de otra manera que leyendo novelas que la transporten a otros mundos (El librero de París y la princesa rusa, de Mary Ann Clark Bremer, o Los miserables, de Victor Hugo). Su marido y ella siguen juntos solo por el bien de Jean. O eso creen y se hacen creer ambos.

     Siscar cita a lo largo de la novela a varios autores literarios. Entre ellos, Irene Nemirovsky: El amor que nace del miedo a la soledad es tan triste y poderoso como la muerte. Frase que sirve tanto para Diana como para Claudette. No obstante, la vida de rutinas y lecturas de Diana está a punto de virar su rumbo. Y todo a raíz de una exposición temporal que pondrá ante sus ojos El origen del mundo, la obra que la obsesionará y cambiará no solo su vida sino también las de Claudette e Isabelle. Claudette es una enigmática y joven rubia que va despertando pasiones allá por donde se pasea. Acompañada de su inseparable violonchelo, acude cada día a la sala en que se expone la pintura de Courbet. Está cansada de Bruno, su marido, al que quiere pero al cual engaña con diversos hombres. 

     Isabelle es una hermosa joven de cabello rojo intenso que también está obsesionada con el mismo cuadro. Cree ser tataranieta de Joanna Hifferman, a cuyo diario se aferra como si le fuera la vida en ello. Siguiendo sus pasos, ha trabajado en multitud de ocasiones como modelo de retratos. Y prepara una tesis doctoral sobre la obra de Courbet, en la cual piensa centrarse precisamente en El origen del mundo. Económicamente, de las protagonistas de la novela, es la que más apuros ha pasado desde siempre. Tanto que ha llegado a tener que prostituirse para llegar a fin de mes y costearse sus estudios para procurarse un futuro mejor. Mucho mejor.

     La cuarta protagonista del libro, la que vivió en el siglo XIX, es Joanna, la tatarabuela de Isabelle. Los fragmentos de su diario que va estudiando la futura doctora son fragmentos reales del mismo. Un documento especialmente interesante para los estudiosos del arte. Pero también para los que no lo son. Porque hay aspectos humanos en dichos escritos que nos pueden hacer pensar, y mucho, sobre nuestras propias vidas. Al igual que las vicisitudes por las que atraviesan nuestras otras tres protagonistas. Condenadas a encontrarse. Condenadas a tomar decisiones. Condenadas a reflexionar hasta llegar a la conclusión de que este mundo no está agotado.  

     En definitiva, estamos ante una novela de ficción sobre una base de realidad artística que cumple a la perfección con los dos requisitos básicos de toda obra: entretener (con las historias de las tres protagonistas del París actual, por cierto, también protagonista secundario del libro) y enseñar (porque de ella aprendemos diversos aspectos de la historia del arte del siglo XIX, Courbet, los inicios del realismo y El origen del mundo). Una novela de debut que, con un lenguaje sutil que nos envuelve como en una tela de araña que nos ata a sus páginas, nos narra la revolución silenciosa de tres mujeres que podrían servir de ejemplo a muchas lectoras en situación similar a las suyas. Porque no: este mundo no está agotado. Para ninguna. Para nadie.     

      

lunes, 26 de febrero de 2018

La invención de Morel. Adolfo Bioy Casares. Clásicos del siglo XX de El País. 2003. Reseña





     Siento con desagrado que este papel se transforma en testamento. Si debo resignarme a eso, he de procurar que mis afirmaciones puedan comprobarse; de modo que nadie, por encontrarme alguna vez sospechoso de falsedad, crea que miento al decir que he sido condenado injustamente. El protagonista de La invención de Morel escribe una especie de diario a modo de legado de su existencia, estancia y muerte en una isla abandonada en algún lugar del océano Pacífico. Se trata de un fugitivo que trata de escapar de la acción de la justicia para asentarse en la que creía una isla inhabitada y, por tanto, tranquila.

     El problema es que no está solo en la isla. Un día ve a una mujer asomada a una colina y se enamora de ella de inmediato --ya no estoy muerto, estoy enamorado, escribirá en su diario poco después de aquella extraña y maravillosa visión-- hasta el punto de estar dispuesto incluso a dar la vida con tal de poder hablarle en persona. Tarea que pronto se le antojará misión imposible. Además de estar acompañada por otros personajes, ninguno de ellos parece verlo ni advertir su presencia. Aspecto que inquietará sobremanera a un fugitivo que pasará de esconderse a tratar de dejarse ver por los otros pobladores de la isla.

     Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-99) está considerado uno de los grandes escritores argentinos y en lengua castellana. Se casó con la también escritora Silvina Ocampo y colaboró muy activamente con Jorge Luis Borges, a quien dedicó varios trabajos, entre ellos, La invención de Morel. Fue un adelantado a su época, destacando en la literatura policial, fantástica y de ciencia ficción. En este sentido, conviene resaltar que la obra reseñada fue publicada en 1940, cuando el género fantástico y de ciencia ficción todavía daba sus primeros coletazos. De ahí que se le considere uno de sus principales precursores.

     Escrita a una edad muy temprana --26 años--, La invención de Morel es a la vez una novela de aventuras y de fantasía que reflexiona con hondura sobre temas como la soledad, el amor y la inmortalidad. La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene, escribió una vez Borges. Y su amigo y compañero Bioy Casares añadió que la eternidad es una de las raras virtudes de la literatura. Y en la novela encontramos mucho de ambas afirmaciones. Porque, para el fugitivo, escribir es una especie de redención, de preparación para la eternidad, para la inmortalidad. El objeto de su testimonio así lo atestigua. 

     Y ese objeto no es otro que alguien, algún día, encuentre sus escritos y le otorgue esa inmortalidad anhelada. Idéntico deseo que el del doctor Morel, quien ha inventado una máquina capaz de registrar las acciones y los sentimientos de las personas. Personas --los acompañantes de Morel en la isla-- que se convierten en imágenes y recuerdos. Algo que, a su vez, convierte al fugitivo en invisible. Una invisibilidad difícil de asumir y aceptar. Así, frustrado, escribe sobre Faustine en su diario: no fue como si no me hubiera oído, como si no me hubiera visto; fue como si los oídos que tenía no sirvieran para oír, como si los ojos que tenía no sirvieran para ver.  

     Más que el miedo a la muerte y a la soledad, lo que angustia a nuestro protagonista es no existir. Por eso le cuesta tanto acostumbrarse a no ser visible ante Morel, Faustine y sus compañeros. Éstos, ajenos a su presencia, como en otro plano diferente, irreal, reviven una y otra vez su feliz estancia de una semana en la isla, sin ser conscientes de ello. Una idea que recuerda al eterno retorno de Nietzsche. La presencia de dos soles y dos lunas, los reales y los grabados por las máquinas de Morel, nos transportan a un universo en el que muy a menudo resulta complicada la vida: cuando coinciden las dos lunas --por el frío-- y los dos soles --por el calor--, fenómeno que se repite de vez en cuando, ya que las mareas provocan momentos de detención en el funcionamiento de las máquinas.

     Y luego está el tema de la isla. Recurso literario ampliamente extendido a lo largo de la historia de la literatura, sirve para dramatizar, pero también para construir una realidad paralela. En esa isla desconocida elegida por Morel para poner en práctica su invento, en la cual solo encontramos tres construcciones: el museo, la capilla y la pileta o piscina, podemos reflexionar también sobre temas de hondo calado filosófico como la muerte, la inmortalidad, el amor, la solidaridad o el egoísmo. Temas inherentes a todo lo que tiene que ver con el género humano, y que tantas y tantas páginas han ocupado desde tiempos inmemoriales.

     La invención de Morel, sobre todo tomada en el contexto de su escritura --primeros coletazos de la II Guerra Mundial--, fue una novela original y muy humana. La obra más reconocida de un autor al que se le concedería el Premio Cervantes exactamente medio siglo después. Y que influyó en el mundo literario y de la pequeña y gran pantalla (El año pasado en Marienbad (de Alain Resnais, 1961), Hombre mirando al sudeste (de Eliseo Subiela, 1986) e incluso la más actual y exitosa serie televisiva Lost). Una obra cuya trama fue calificada como perfecta por su amigo Borges y también por el Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz. Ahí es nada. 
                         

    

viernes, 16 de febrero de 2018

Seda. Alessandro Baricco. Anagrama. 1997. Reseña





     El periodista, novelista y licenciado en filosofía turinés Alessandro Baricco se convirtió en todo un fenómeno literario en 1997 tras la publicación de Seda, una novela corta --125 páginas-- que, veinte años después, en España ya ha superado las cuarenta ediciones. Muchos críticos ven al autor como una especie de Salinger a la italiana. Acertada o no esta visión, la cuestión es que sí encontramos varias similitudes entre el estadounidense y el italiano. También Baricco detesta las entrevistas y los actos literarios. Y su escuela de técnicas de escritura de Turín recibe el nombre de Holden, como el protagonista de El guardián entre el centeno

     El estilo narrativo también recuerda en determinados momentos a Salinger, con gran variedad de registros y múltiples giros argumentales. Sin embargo, lo onírico cobra mayor protagonismo en el caso que nos ocupa. Y, como gran conocedor de la filosofía que es, Baricco explora y nos muestra con todo lujo de detalles los rincones más recónditos del alma humana. Incluso persiguiendo sueños y deseos irreales e imposibles. Como ocurre aquí con Hervé Joncour, comerciante francés de mediados del siglo XIX dedicado a la seda que viaja año tras año a Japón en busca no solo de gusanos de seda para abastecer a sus conciudadanos de Lavilledieu.

     Seda resulta una novela misteriosa y lacónica en palabras de Vargas Llosa. Su lenguaje conciso, directo recuerda a una fábula oriental, acercándonos a un Japón que hace siglo y medio se mostraba completamente separado, apartado del mundo occidental. Tal vez sea eso precisamente lo que atrapa a un Joncour que viaja por primera vez a tierras niponas sin tener la más mínima idea de lo que allí se va a encontrar. Así, se asombra de todo lo que sus ojos ven por vez primera. Algo a lo que ayuda el tono pausado y sutil de las composiciones ambientales y descriptivas de Baricco. Todo ello, para cautivar tanto a su personaje como a sus lectores a través de su elegancia y misterio.

     La novela se estructura en 65 capítulos cortos --no más de 3 o 4 páginas-- que son como fogonazos que nos ubican en los diferentes escenarios de la historia narrada y también en la psicología de los personajes. Unos personajes trazados con gran detalle pero sin elementos que nos transmitan un juicio por parte del autor. Más bien, es el lector quien según avanza en las páginas del libro va comprendiendo sus actos y pensamientos, llegando en ocasiones a sentirse identificado con algunos de sus rasgos y motivaciones. En definitiva, Baricco desarrolla un estilo único, original y peculiar que lo ha convertido en uno de los autores de referencia en Italia y el resto del continente europeo.

     Seda es una mezcla de novela de amor, de aventuras, de viajes y de melancolía. En ella, la imagen adquiere una importancia absoluta. Porque, a través de ellas, Baricco nos hace ver más allá de la superficie de las cosas. Y es que en esta historia a menudo es más importante lo que no se escribe, lo que no se ve que lo que realmente el lector lee. Algo que a servidor le recuerda también a un autor patrio, el valenciano Rafael Chirbes. Pocas pero hábiles pinceladas acaban por conformar un cuadro realmente magistral que debe ser necesariamente admirado por el espectador. Y, en ese sentido, puede que estemos ante un escritor-pintor de telas expuestas sobre el papel.

     Japón representa la distancia, el alejamiento de las raíces. Y el viaje representa realmente un recorrido interior por la psicología del principal protagonista. Una especie de psicoanálisis --de ahí la importancia de la descripción de las imágenes y de lo surrealista, de lo onírico en definitiva-- de un Joncour que pasa de ser un joven aventurero a constituirse en un ser plenamente maduro. Un hombre maduro que, pese a ello, o precisamente por ello, arriesga su vida con tal de regresar a un Japón en guerra solo para tratar de volver a ver a una joven con la que jamás ha hablado con anterioridad. Así, la melancolía pasará a ser parte ineludible de la trama.

     Dejo para el final de esta reseña la referencia a la ternura, el erotismo y el sexo. Las descripciones de estas escenas son de las mejores de la novela. Y confirman lo dicho con anterioridad sobre la simbiosis entre la escritura y la pintura. Tanto que estamos ante una serie de descripciones fuera del alcance de la mayoría de los escritores. Estas escenas conmueven, emocionan y seducen hasta al lector más frío. Algo digno de agradecer. Y que quizás nos haga mirar en un lago y que, dibujado en el agua, nos parezca ver el inexplicable espectáculo, leve, que ha sido nuestra vida.         

       

lunes, 5 de febrero de 2018

El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987. Reseña





     En 1961, cinco años después de publicar su primera novela, La hojarasca, Gabriel García Márquez vio cómo salía al mercado su segunda obra, El coronel no tiene quien le escriba, pequeña historia --no más de ochenta páginas-- terminada de escribir en enero de 1957 en París. Cuatro años hubo de esperar hasta verla publicada. Demasiado tiempo. El colombiano llegó a la ciudad de la luz como corresponsal de prensa, aunque con el secreto deseo de estudiar cine. El cierre del periódico para el que trabajaba lo sumió en la pobreza. Mientras, redactó hasta tres versiones diferentes de la obra reseñada, las cuales fueron rechazadas por diversos editores hasta su definitiva publicación.

     El mundo mítico, casi ascético, que lo haría universalmente conocido --Macondo o Aureliano Buendía ya aparecen en las páginas de la historia del coronel-- comienza a asomar en esta novela corta. Su estilo se hace más puro, más transparente, y su economía expresiva se pone de manifiesto al narrar esta historia de injusticia y violencia como consecuencia de una situación histórica provocada por las guerras, la tiranía de los gobernantes y la rebelión de las clases sociales más bajas. No obstante, todavía no podemos hablar de realismo mágico propiamente dicho. Y tampoco aparecen los característicos saltos en el tiempo que más tarde serían tan habituales en los trabajos literarios de Gabo

     El autor siempre habló de esta obra como la más simple pero también como la mejor de todas sus novelas. Aunque tuvo que escribir Cien años de soledad --publicada en 1967-- para que la gente leyera la predecesora. El desasosiego, la pérdida, el hambre y el remordimiento son los temas centrales de la historia. Sin olvidar algo que se puede considerar una consecuencia de todo lo anterior: la crisis matrimonial de los cónyuges protagonistas de la misma. En efecto, nada parece atacar más la estabilidad de un matrimonio de toda la vida como la escasez de recursos económicos, la miseria y el hambre. Y es que la falta de sustento y la carestía alimenticia son elementos ante los que se antoja imposible no sucumbir.

     El viejo coronel retirado y su asmática mujer son huérfanos de un hijo víctima de un atentado político acaecido pocos meses antes del desarrollo de la trama de la novela. Todo ocurre en una gallera, en torno a las apuestas de peleas de gallos. Precisamente es el gallo de su hijo lo único que parece poder sacarlos de la ruina. Pero antes de que llegue la temporada de las peleas y, con ella, las ganancias económicas a través de las apuestas, el gallo debe ser alimentado. Incluso en perjuicio de sus nuevos amos, que deberán elegir entre comprar alimentos para humanos o alpiste para el animal. Dilema muy difícil de enfrentar cuando el recuerdo de su único hijo no les deja tomar una decisión suficientemente lógica.

     El coronel acude cada viernes al puerto para esperar la llegada del administrativo de correos. Espera una carta desde hace quince años. Pero el gobierno al cual ayudó a llegar al poder durante la última guerra civil no contesta a su petición en forma de pensión compensatoria por los servicios prestados a la patria. Una patria que permanece injusta y cruelmente muda ante un coronel que por momentos sucumbe a la desesperación. Así las cosas, el gallo de pelea heredado de su hijo se convierte en la última esperanza del coronel y su esposa. Porque no solo está en juego su alimentación. También la salud de una esposa que cada vez sufre crisis asmáticas más continuadas y horribles.

     La incertidumbre de no saber qué van a poder comer al día siguiente, el empeoramiento de la salud de los cónyuges --también el coronel sufre de dolores estomacales (a menudo se siente como si tuviera animales en las tripas, en las cuales le nacen hongos y lirios venenosos)--, el sentimiento de pérdida ante el vil acribillamiento de Agustín, los cada vez más vanos intentos de disimular su delicadísima situación económica ante los vecinos del pueblo --ya no pueden vender más objetos de la casa, salvo un viejo reloj y un cuadro-- y la represión y la censura (desde los periódicos hasta los cines) del régimen imperante contribuyen a crear un ambiente general de agobio del que resulta imposible si quiera pensar en escapar. 

     El coronel debe afeitarse al tacto (puesto que carece de espejo desde hace años), no puede usar ya un paraguas que solo sirve para contar las estrellas (ya que solo conserva un misterioso sistema de varillas metálicas), posee unos zapatos que son monstruos que tienen cuarenta años y a menudo se avergüenza de haber dormido porque casi siempre sueño que me enredo en telarañas. Pero, aún con todo, lo peor para él es que una noche comprobó que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa. Sintió que algo había envejecido también en el amor.

    Su esposa está cansada de los problemas de la casa, de poner a hervir piedras para que los vecinos no sepan que tenemos muchos días de no poner la olla, de esperar durante veinte años los pajaritos de colores que te prometieron después de cada elección, y de que de todo eso no nos queda nada más que un hijo muerto. En definitiva, está harta de remilgos y contemplaciones. Hasta la coronilla de resignación y dignidad. Y su postrero ataque de cólera la lleva a un enfrentamiento tan cruel como despiadado con su marido, a quien dirige muy duras palabras: Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada y tú estás muerto de hambre, completamente solo. 

     Por todo lo expuesto, El coronel no tiene quien le escriba es una pequeña gran obra maestra de la literatura castellana y universal que condensa en muy pocas páginas muchos de los males de las sociedades contemporáneas. Una joya que conviene leer. Siempre.                                 

      

viernes, 26 de enero de 2018

El círculo del alba. Luisa Ferro. Planeta. 2016. Reseña





     Madrid, esta ciudad que es mujer, que reparte hostias como panes, también sabe encandilar con dulces besos de violetera. La frase, que aparece casi en la recta final de la acción de la novela, sirve para ejemplarizar y demostrar la presencia de la ciudad capital de nuestro país en cada una de las páginas del segundo trabajo de la madrileña Luisa Ferro (1967). Como un personaje más de la trama, Madrid y sus calles adoquinadas, múltiples tipos de carruajes tirados a caballo, elegantes palacios, jardines, fuentes, puentes, museos y villas circundantes se nos muestra de tal manera que nos parece estar viajando en el tiempo por lo que fue la ciudad hace más de un siglo.

     Monitora de taller literario, correctora de estilo y escritora, Luisa Ferro comenzó escribiendo relatos que fueron apareciendo en antologías como Crónicas de la Marca del Este II, Legendarium III o Fantasmagoria. Otros de sus primeros trabajos breves recibieron premios y menciones en importantes certámenes literarios de nuestro país. En 2014 dio el salto a la novela, publicando su opera prima Alcander (Click Ediciones), una novela romántica de fantasía paranormal, género en el que destaca especialmente, tal y como se puede apreciar también en diferentes pasajes de El círculo del alba, su segundo trabajo como novelista.

     Pese a que la acción se desarrolla en 1903, las primeras páginas hacen referencia a un asesinato acaecido en enero de 1878, justo el día de las bodas reales entre el rey Alfonso XII y María de las Mercedes de Orleans. Alba, la víctima, tenía nueve años y había aparecido muerta, desnuda, con el pelo y las cejas rasurados, con una enorme cicatriz a lo largo del esternón y la manita derecha cerrada sobre el corazón. Como las otras cinco pequeñas aparecidas días atrás, todas ellas casi idénticas, presentaba claros síntomas de haber estado recluida en un cubículo de reducidas dimensiones. Además, entre los dedos de la mano que descansa sobre el pecho de cada víctima siempre aparece una cría de golondrina muerta. Y en el interior de su buche, una libélula azul común. Y todas las niñas han sido abiertas en canal para extraerles el corazón. De ahí la inmensa sutura que fragmentaba en dos el diminuto tórax.

      Arturo del Romo, jefe de policía, y Ernesto Olmedo, joven estudiante de último curso de Medicina y Cirugía que se encarga de los temas forenses como asesor policial, se encargan de la investigación del caso. Caso que, pese a los enormes esfuerzos, quedará finalmente sin resolver. Hasta que, casi olvidado, en 1903, justo veinticinco años más tarde, todas estas circunstancias se repetirán de nuevo con los mismos patrones. Del Romo contará entonces con la colaboración de Bruno Moreto, sobrino de Olmedo, recientemente fallecido en extrañas circunstancias (supuesto e increíble suicidio). Juntos, tratarán de cerrar de una vez por todas el inconcluso caso.

     Sin embargo, el testamento de Olmedo encierra un secreto que pronto será desvelado: deja la herencia de su funeraria, La Luz de Helios, incluidas todas sus deudas, a un hermano suyo desconocido por Bruno. La llegada de Hugo Bonaventura, un conde italiano con fama de vividor, pondrá patas arriba la vida del joven, al que le cuesta asimilar todo lo que está ocurriendo a su alrededor. El incierto futuro económico de Bruno, sus preguntas sobre la gravedad de lo ocurrido entre ambos hermanos (suficiente como para dejar de hablarse durante tantos años) y la repetición del ciclo de extraños asesinatos dará un giro inesperado a su hasta entonces relajada vida.

     Bruno y Bonaventura, pese a sus diferencias iniciales, se verán obligados a confiar el uno en el otro para salir de sus problemas: recuperar el resuello económico perdido y destapar un misterio que se hunde en el pasado más oscuro de su hermano y tío respectivamente. Tras décadas de silencio, el recolector de cadáveres ha reaparecido, y dar con él será mucho más que un caso policial: una manera de rendir cuentas a quien pueda estar detrás del asesinato de Olmedo. El papel de Del Romo será clave de todo ello en un principio. En este sentido, la caracterización psicológica de los personajes y su evolución a través del tiempo es una de las cuestiones más destacables de la novela.

     La sociedad madrileña de principios del siglo pasado también está magistralmente trazada en las páginas de El círculo del alba. Desde la opulencia más burguesa hasta la pobreza más absoluta; desde el mundo de las apariencias hasta la realidad más cruel; desde los clubs de alterne y perversión hasta los privados solo para ricachones; desde las sesiones espiritistas hasta los revolucionarios y todavía no muy divulgados estudios de Sigmunnd Freud. Todo tiene cabida en una novela que atrapa desde la primera línea y que, por tanto, debe ser recomendada por cualquier tipo de lector: aventura, fantasía, romanticismo, pasiones, asesinatos, investigaciones policiales, medicina, botánica, etc.

     En definitiva, estamos ante una gran novela. De las que puede atraer a todo tipo de público, pues abarca prácticamente todos los grandes temas de la historia de la literatura. Y, todo ello, a través de una narrativa impecablemente sugestiva, descriptiva y reflexiva que, además, recuerda a las formas narrativas de antaño, haciendo un claro guiño a los estilos narrativos de la época que tan bien recrea la novela.                                                    

     

miércoles, 17 de enero de 2018

El jugador. Fiodor Dostoievski. Servilibro Ediciones. 2012. Reseña





     En 1866, cuando Dostoievski contaba cuarenta y cinco años de edad, compaginó las escrituras de Crimen y castigo, una de sus obras más celebradas, y El jugador, novela corta que nos ocupa en estas líneas. Centrado en la primera durante largo tiempo, acabó cumpliendo el compromiso adquirido con su editor, Stellovski, respecto a El jugador dictándosela a viva voz a una joven taquígrafa, Anna Snitkina, que acabó convirtiéndose en su segunda esposa. Así, lo que en un principio iba a ser una obra menor, ha ido ganando con el paso de los años, justamente por la fuerza de la oralidad con la que fue escrita-dictada. El lenguaje brusco y directo, su frescura de diálogos y un ritmo nervioso han hecho de esta novela corta una de las más conocidas de la obra dostoievskiana. 

     Su título original fue Ruletenburg, ciudad ficticia alemana creada por el genio ruso en la que se desarrolla la acción, narrada en primera persona por el protagonista principal, Aleksei Ivanovich, un joven tutor empleado por un general ruso retirado venido a menos. En la novela volcó muchas de sus experiencias personales en los balnearios de Wiesbaden, Baden-Baden o Homburg, grandes centros del juego europeo, frecuentados por los rusos en sus viajes por Europa occidental. Además, recrea su pasional y excéntrica relación con su amante, Apollinaria (Polina) Prokofievna Suslova, que lo acabó abandonando tras perder todo su dinero en las ruletas de Wiesbaden.

     Por tanto, el valor de esta obra es formidable, pues, como ya había hecho con Memorias del subsuelo --en las que recordó su estancia en la cárcel de Siberia-- y haría más tarde con Los hermanos Karamazov --donde pasó factura a un padre tiránico y alcoholizado--, escribió una novela en gran parte autobiográfica, en la que el más reconocido moscovita de su época pasó revista tanto a su vida personal como a la sociedad de la que fue contemporáneo. Los vaivenes económicos (a consecuencia básicamente de la diferente fortuna en las ruletas), los ambientes de los balnearios alemanes y los escarceos amorosos del protagonista constituyen los ejes centrales de la novela.

     El jugador retrata a ese alter ego ruso sin recursos pero eminentemente culto que caerá atrapado en la pasión del juego, pero también a las clases altas europeas que se dejaban ver por los balnearios-casinos alemanes, a los que critica sin ningún tipo de tapujo. Así, describe a los rusos como apasionados y extravagantes, orgullosos y ridículos a la vez; a los franceses, como galantes, de formas bellas pero falsos; a los ingleses, como educados, enigmáticos y calculadores; y a los alemanes, como serviles e interesados. La descripción de los personajes se nos muestra de forma casi milimétrica, lo que tiene doble valor habida cuenta de la forma de escritura-dictado de la obra.

     Sin embargo, como buen ruso, Dostoievski demuestra ser bastante poco neutral al expresar sus propias convicciones. De manera que no duda un instante en salir en defensa de la dignidad de los rusos. Aunque, eso sí, plasma a la perfección las contradicciones del espíritu humano y sus luchas internas. Todo ello, personalizado en la figura de ese alter ego que es Aleksei Ivanovich, por lo que queda claro que la pretensión del autor era liberarse de recuerdos personales tan duros para hacer borrón y cuenta nueva, redimirse y, quién sabe, comenzar desde cero. Algo que consiguió finalmente en Ginebra de la mano de su segunda esposa. 

     El personaje de Ivanovich, tutor de los hijos del general Zagorianski, representa el alma atormentada del propio Dostoievski, pero también constituye un fiel retrato de muchos de los rusos que residían en el extranjero. El general Zagorianski sufre una obsesión casi enfermiza por madamoiselle Blanche de Cominges que lo lleva al delirio al principio y finalmente a la misma desesperación. Lo arriesga todo en la ruleta con tal de obtener el sí, quiero de su amada. Polina Aleksandrovna, hija del general, está enamorada del francés Des Grieux, marqués que ha sabido aprovechar las debilidades del general para prestarle un dinero que ahora ansía recuperar. Mr. Astley, un adinerado inglés, parece ser el único en poner algo de cordura a una familia en serio de peligro de desintegración.

     Y Antonida Vasilievna, la tía del general, es la clave de las acciones de los demás protagonistas, que basculan en torno a ella en todo momento. Anciana y enferma, asiste al reparto de su herencia entre sus herederos, quienes no hacen más que mandar telegramas a Moscú para conocer la noticia de la posible muerte de la vieja. Su inesperada llegada a Ruletenburg cambia absolutamente el comportamiento de todos sus familiares, y también el de los demás personajes. Pasa de desconocer por completo el juego de la ruleta a convertirse en un gran ejemplo de ludopatía y dependencia del juego. Su temerario comportamiento en la mesa de juego acaba por poner a su familia al borde del precipicio. Y, como no podía ser de otra manera, llegados a esa situación, cada cual luchará por sus propios intereses. 

     El jugador constituye una obra de gran magnitud, pues nos permite conocer de primera mano hechos reales de la vida de uno de los más importantes escritores del siglo XIX, así como elementos de la sociedad en que vivió: la emigración rusa, los balnearios-casinos germanos, las relaciones interpersonales y las bajas pasiones (y, con ello, no me refiero solo a las que tienen que ver con el juego). Una novela que puede servir perfectamente como una magnífica primera toma de contacto con Fiodor Dostoievski. Y hablo con conocimiento de causa...