LIBROS

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lunes, 24 de abril de 2017

Mimoun. Rafael Chirbes. Anagrama. 1988. Reseña





     Rafael Chirbes tardó dos años (1985-7) en escribir el centenar de páginas que componen su primera novela publicada --que no escrita, pues se habla de hasta cuatro obras anteriores que todavía a día de hoy siguen inéditas, ocultas, perdidas--, a la que puso por título Mimoun, palabra árabe que significa algo así como el creyente o el que tiene fe. Sin embargo, en la novela, Mimoun es el nombre de un pequeño poblado marroquí inventado por el propio autor. Un lugar nada exótico sino más bien hostil, perturbador y amenazador en todas las épocas del año.

     En todas las novelas de Chirbes podemos encontrar ciertos aspectos autobiográficos en algunos de sus personajes. Y Manuel, el protagonista de esta historia, no es una excepción. Aunque trabaja en Fez, prefiere huir de una gran ciudad para refugiarse en un lugar algo apartado como es Mimoun. Aunque ello lo obligue a hacer kilómetros cada día de trabajo. Además, Manuel es escritor, y tiene una historia en la cabeza que le parece magnífica. Lástima que en Marruecos en lugar de inspirarse vaya perdiendo interés por aquella obra que tan llamativa le parecía en Madrid.

     Manuel se muestra como un personaje indolente, frío, casi inexpresivo, al más puro estilo del Meursault de El extranjero, de Camus, o del Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, de Salinger. Y, no obstante, el modelo que reconoció tomar Chirbes a la hora de escribir y narrar la novela reseñada fue el de Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Un tono más que apropiado para contar la historia de un desconcertado profesor de español que busca un paraíso y se pierde en un laberinto decrépito y claustrofóbico que lo arrojará a las manos de la soledad y el alcohol.

     Preocupación formal y verdad literaria se dan la mano en la narración de Manuel, testigo subjetivo que no solo critica el Marruecos de la época sino también a aquella España que casi lo ha expulsado. No en vano, Chirbes ya colocó el dedo en la llaga en su primera obra conocida. Algo en lo que siempre destacaría. La duda, el empantanamiento y el desconcierto de Manuel son los de toda una generación. Y ese Mimoun que tan exótico parece en un inicio dará paso al odio y a la sensación de que no hay huida posible. Manuel cada vez escribirá menos, beberá más y perderá más el tiempo. Y nada hay peor para un escritor que tener la sensación de estar perdiendo el tiempo.

     Algo parecido debió ocurrirle al propio Chirbes. Dos años para un centenar de páginas no es demasiado a primera vista. Sin embargo, el resultado valió la pena. Me sentía como si fuera una burbuja que flotase en el mar de la noche y pensé que, cuando aquella burbuja se viera obligada a reventar, iba a convertirse en nada, nos dice Manuel. Un personaje que se nos muestra como un muerto en vida, preso en un sin fin de pesadillas nocturnas que amenazan definitivamente su mente. Inmerso en una vida de amarga provisionalidad, de excesos, suciedad, sexo y destructivas orgías carentes por completo de placer pero repletas de vicio improductivo.

     En efecto, Manuel caerá en una especie de estado de total promiscuidad, tanto sexual como social. Y la culpa pondrá a prueba sus nervios y su capacidad para seguir con su vida. Comprendí que había regresado no para atender a Francisco, sino para ponerme bajo su vigilancia y que él pudiese castigarme, nos cuenta tras un intento de falso suicidio de su amigo. Y no es extraño ese sentimiento, pues así ve nuestro protagonista ese Mimoun que él mismo había elegido como lugar para vivir: El aislamiento de la gente (de Mimoun) era como el de esos árboles inmensos y solitarios cuyas raíces se buscan bajo la tierra.   

     Esa soledad tan magníficamente ejemplificada en los árboles (y sus raíces) de Mimoun explica en buena parte su incesante búsqueda del sexo y del amor. Un amor homosexual que también lo atrapará, tal y como veríamos nuevamente en la última obra de Chirbes, publicada pocos meses después de su muerte. Como si con ello hubiera de cerrar un círculo entre esta obra y París-Austerlitz. Manuel bebe una cerveza que es poco más que una mezcla de agua y jabón. Y debe de soportar que Francisco le diga cosas tan hirientes como esta: Tú nunca llegarás a escribir: solo te interesan las vistas panorámicas. 

     Por lo visto, desde el principio, el estilo de Chirbes estuvo bien definido: contenido, más sugerente que indicativo, crítico, duro, insobornable y no adscrito a ningún canon literario (pese a que en ocasiones, como en el ejemplo que nos ocupa, sí beba más o menos directamente de algún escritor o de alguna obra anterior tomada como modelo narrativo). En Mimoun encontramos, pues, el germen de todo lo que vendría después. Una sucesión de joyas necesarias, obligatorias --si es que en literatura se puede obligar a alguien a algo--, recomendables y altamente disfrutables. ¡Vaya debut literario!   

miércoles, 12 de abril de 2017

Los renglones torcidos de Dios. Torcuato Luca de Tena. Planeta. 1979. Reseña





     Hasta dieciocho días seguidos estuvo encerrado el escritor y periodista madrileño Torcuato Luca de Tena en un manicomio para documentarse para poder escribir Los renglones torcidos de Dios. Convivió como un loco más entre los locos del Hospital Psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela. Corría el año 1979, en pleno período post franquista y de transición a la democracia. La tan mal llamada transición democrática. El autor de esta absoluta obra maestra de la literatura contemporánea española pidió permiso al psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera para ingresar en su manicomio. Llegaron a discutir y el reconocido psiquiatra se lo impidió.

     Sin embargo, Luca de Tena consiguió ser admitido en otro hospital y llevar a cabo la tarea documental que necesitaba para escribir aquella historia que tenía entre ceja y ceja. El resultado fue tal que el propio Vallejo-Nágera le pidió prologar el libro. Ver para creer, ¿verdad? Sin duda, los bastos apuntes recogidos en su estancia en Santiago le vinieron de perlas a la hora de caracterizar a cada uno de los más de trescientos personajes que aparecen, de una u otra forma, en la novela. Eso sí, para evitar suspicacias, inventó el inexistente Hospital de Nuestra Señora de la Fuentecilla, en los alrededores de Zamora, donde se ambientó la trama.

     Al margen de la soberbia y magistral caracterización de los personajes, cabe destacar en Los renglones torcidos de Dios un seguido de explicaciones psicológicas y psiquiátricas (y hasta psicoanalíticas) de las enfermedades padecidas por los compañeros de encierro de Alice Gould, protagonista principal de la novela. Hecho que, desde la publicación de la obra, en diciembre de 1979, ha ido haciendo las delicias no solo de los entusiastas lectores de la misma, sino también de especialistas en la materia. Y es que, en mi modesta opinión, aunque han pasado casi cuarenta años, supone aún a día de hoy una manera original e interesante de explicar los diversos procesos psicológicos. Claramente, estamos ante una obra que debería ser de obligada lectura para cualquier psicólogo o psiquiatra que se precie. Una especie de El mundo de Sofía (de Jostein Gaarder) para los filósofos contemporáneos. 

     Como el propio autor, su protagonista principal, Alice Gould, se hace ingresar en el manicomio. No obstante, su intención no es la documentación sino la investigación. Investigadora de profesión, su propósito es realizar una serie de indagaciones que la lleven a descubrir al autor del asesinato del padre de un cliente suyo, Raimundo García del Olmo, casualmente otro especialista de la psique humana que conoce al director del manicomio: Samuel Alvar. Alice está segura de que el asesino es uno de los internos y pretende encontrarlo y desenmascararlo para cobrar un suculento sueldo. Cliente y director se ponen de acuerdo en que la enfermedad que mejor puede interpretar la investigadora es la paranoia. 

     Desde el inicio de su encierro nada se desarrollará según los planes previstos, lo que hará esforzarse a la protagonista no para pretender pasar por lo que no es sino para todo lo contrario, es decir: demostrar que no lo es en realidad. Todo ello, narrado de una manera que provoca en el lector verdadera angustia ante el cariz que van tomando los acontecimientos. Porque, como afirma en el prólogo Vallejo-Nágera, ¿puede haber algo peor para un ser humano que imaginar ser enterrado vivo o verse encerrado en un manicomio estando totalmente sano? Pues bien, al segundo de estos hechos deberá hacer frente Alice, desplegando toda su astucia, inteligencia y elocuencia tanto de palabra como de pensamiento.

     Esos giros en la trama, esos hechos que angustian al lector y los pensamientos, los traumas y las mochilas del pasado de los protagonistas (muchos de ellos, arrebatadoramente entrañables pese a sus locuras) constituyen, al margen de todo lo anteriormente expuesto, los puntos fuertes de la novela. Una novela que puede calificarse incluso de thriller psicológico precisamente por sus giros a nivel de trama. Y es que, en numerosas ocasiones a lo largo del desarrollo de la novela, cuando un tema parece cerrado de repente todo cambia y vuelve a liarse más que antes. Lo cual ata literalmente al lector a sus páginas. 

     La dedicatoria de la novela dice así: Los renglones torcidos de Dios son, en verdad, muy torcidos. Unos hombres y unas mujeres ejemplares, tenaces y hasta heroicos, pretenden enderezarlos. A veces lo consiguen. La profunda admiración que me produjo su labor durante mi estadía voluntaria en un hospital psiquiátrico acreció la gratitud y el respeto que siempre experimenté por la clase médica. De aquí que dedique estas páginas a los médicos, a los enfermeros y enfermeras, a los vigilantes, cuidadores y demás profesionales que emplean sus vidas en el noble y esforzado servicio de los más desventurados errores de la Naturaleza.

     Toda una declaración de intenciones que ejemplifican los doctores César Arellano, Sobrino y Rosellini, la doctora Bernardos, la enfermera Montserrat Castell o las cuidadoras (batas blancas) conocidas como las Conradas por ser madre e hija. Un homenaje totalmente merecido a un colectivo a menudo nada valorado pero absolutamente necesario en una sociedad que conoce cada vez más y mayores enfermedades mentales, a través de una de esas maravillas literarias que todo el mundo debería leer, al menos una vez, a lo largo de su vida. 

     Y para acabar, no debo dejar de comentar que la novela fue llevada al cine en 1983 a través de una producción mexicana de idéntico título dirigida por Tulio Demicheli e interpretada por Lucía Méndez (en el papel de Alice Gould), Gonzalo Vega, Manuel Ojeda, Alejandro Camacho y Mónica Prado. El proyecto contó con la participación personal del propio Torcuato Luca de Tena, quien elaboró el guión de la misma.         

                          

lunes, 3 de abril de 2017

Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987. Reseña





     El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Así comienza una de las novelas más representativas e imprescindibles de la literatura contemporánea. El Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez realiza en esta novela corta --apenas un centenar de páginas-- un tour de force genuino y extraordinario, atrapando al lector en una lectura cuyo desenlace conoce ya desde su primera frase. Y para ello, además de un lenguaje exquisito, empleó una acción a la vez colectiva y personal, clara y ambigua. Hasta el punto de que los recuerdos de unos protagonistas y otros llegan incluso a contradecirse.

     Y es que esta crónica del asesinato de Nasar está escrita 23 años después de los hechos, por lo que el narrador, de quien no sabemos su nombre pero sí que era amigo del fallecido, relata los hechos y cita los testimonios de aquellos testigos que llegan a contradecirse en algo tan simple, tan sencillo como si llovía o lucía el sol aquel lunes trágico. García Márquez realiza un exhaustivo trabajo literario-periodístico para acercarnos unos hechos tan claros como ambiguos, tan objetivos como subjetivos. Y, todo ello, para convertir esta novela en una obra maestra de la literatura.

     El narrador avanza y retrocede en la historia para trazar los hechos fundamentales que llevan a los hermanos Vicario a buscar la muerte de Nasar, un turco de tercera generación afincado en un pequeño pueblo colombiano (motivo por el cual el genial escritor conoce de primera mano el hecho histórico real contado). Su escritura es tan mágica que, pese a conocer el lector el más importante de los hechos: el asesinato, no puede dejar de leer para saber más. Y es que la acción va in crescendo, hasta desembocar en la escena del asesinato. 

     Tres ideas clave están detrás de la intra historia de esta novela: la caza de amor es de altanería (cita de inicio que pertenece a Gil Vicente y que utiliza el autor como introducción a un hecho fundamental en la trama de la novela: el matrimonio concertado entre Bayardo San Román y la joven Ángela Vicario, devuelta por su marido pocas horas después de la boda por no haber llegado virgen al matrimonio); dadme un prejuicio y moveré el mundo (anotación del juez instructor del sumario tras preguntar a Ángela Vicario sobre el supuesto culpable de la pérdida de su virginidad); y la fatalidad nos hace invisibles (nueva anotación del juez instructor tras hacerse una opinión de los hechos acaecidos).

     Esta última cita es muy importante para la trama de la historia, pues todo el pueblo --convertido en un personaje más, al más puro estilo de La colmena, de Cela, por ejemplo-- conoce la intención de los hermanos Vicario de asesinar a Santiago Nasar para salvar el honor de su repudiada hermana, pero por diferentes motivos nadie, absolutamente nadie es capaz de impedirlo. Y eso que los hermanos anuncian a todos los vecinos del pueblo de sus intenciones. Intenciones que o no son tenidas por verdaderas o simplemente son pasadas por alto por todos los vecinos. Precisamente la gran cantidad de vecinos provoca que existan tantos protagonistas en la novela, pues todos ellos juegan un papel más o menos importante en la acción de la misma. 

     Resulta sobrecogedor el hecho de que nadie pueda hacer nada por salvar a Santiago pese a ser su muerte tan largamente anunciada. También el cúmulo de circunstancias que impiden su salvación por parte de los poquísimos vecinos que sí querrían haber impedido su asesinato. Algo que, en parte, incluye a los propios hermanos Vicario. La cuestión es que el narrador consigue que el lector empatice con la historia y con el fallecido hasta el punto de llegar a sentirse impotente por no poder alterar los hechos que conducen a tan trágico final. Cuestión esta que compunge su corazón hasta la última línea de la narración.  

     La mayoría de los personajes se sienten de alguna manera culpables de los hechos ocurridos 23 años atrás. Y, sin embargo, también la mayoría quiere formar parte de la tragedia. Casualidad, destino, violencia, la incapacidad para conocer toda la verdad de los hechos, el machismo, la traición, la venganza, el honor y sus crueles códigos, el fetichismo, la superstición, la milagrería, la credulidad y el simplismo son temas que se tratan con mayor o menor profundidad a lo largo de la exposición de los hechos. Todo, desde un punto de vista multi perspectivo que va sembrando dudas, inconsistencias y ambigüedades.  

     En 1987, año en que editó la obra Mondadori, se estrenó también la película de mismo título, dirigida por Francesco Rosi e interpretada por Rupert Everett, Ornella Muti, Anthony Delon e Irene Papas. El propio García Márquez afirmó que era una adaptación paupérrima y muy poco fiel a su obra, lo que repercutió negativamente a la hora de posteriores permisos para futuras adaptaciones. No en vano, no hubo más hasta 2007, cuando se llevó al cine El amor en los tiempos del cólera. En definitiva, Crónica de una muerte anunciada supuso el acercamiento entre lo periodístico y lo narrativo y una aproximación a la novela policíaca. Estamos, muy probablemente, ante la obra más realista del genial escritor colombiano.   

  

lunes, 20 de marzo de 2017

La rabia. Lolita Bosch. Círculo de Lectores. 2017. Reseña





     El bullying --hasta no hace demasiado tiempo denominado también acoso escolar-- es uno de los principales problemas de la sociedad actual. Y poco a poco, quizás más lentamente de lo deseado, va ocupando páginas de periódicos, minutos radiofónicos y espacios televisivos. No obstante, se echaba en falta un testimonio tan veraz, crudo, duro y dramático como el que nos presenta Lolita Bosch en este libro, editado hace pocos meses por Círculo de Lectores. Unas páginas con las que su autora busca superar y ayudar a superar momentos que quienes los sufren jamás podrán olvidar.

     La rabia nos golpea de tal manera que nos hace ponernos, por fin, en el lugar de todos esos niños y adolescentes que sufren una situación así sin motivo alguno. Porque nadie merece sufrir, y mucho menos en la más tierna infancia o en la adolescencia. Etapas que marcan, para bien o --como en este caso-- para mal, la mentalidad y la psicología de los futuros adultos. La rabia es una forma extraña de esperanza, asegura una autora que sabe de lo que habla, pues en este libro expone el bullying que ella misma padeció entre los 13 y los 17 años de edad. Cuatro años que estuvieron a punto de acabar con ella. Como, por desgracia, les ha sucedido a quienes no han tenido la misma suerte que ella.

     Lolita Bosch es novelista y periodista de investigación, y lucha contra la exclusión social  y en favor de la paz a través de seminarios, cursos, ponencias y demás publicaciones. Además de dar su testimonio personal --de hace 30 años-- en este libro, recoge también frases y pensamientos de chicos y chicas que sufren bullying en la actualidad. Cuanto más se humilla a una persona, más daño se deja hacer ella, comenta una víctima de solo 17 años. Otra afirma que primero vienen la sorpresa y la incredulidad, Luego, el dolor, la tristeza y la furia. Después, los pensamientos y las emociones. Finalmente, acabas con la sensación de que nunca serás el mismo, que eso quedará para siempre grabado en tu alma.

     El comienzo de todo suele venir a través de una grieta por la que los acosadores entran y arrasan con todo. Una vulnerabilidad que, cuando queda al descubierto, ha de mantener alerta al acosado en todo momento. Porque por ahí le vendrán todos sus males. Y la rabia no lo abandonará jamás, y todo --su vida futura-- dependerá de cómo utilice esa rabia. Por eso, Lolita Bosch ha decidido, treinta años después, usarla para escribir esta novela, aunque hacerla me enfrenta a chicos y chicas a los que aún les quedan años para pensar, asumir, perdonar y ponerlo todo en su lugar. En efecto, el perdón, hacia uno mismo --por dejarse acosar sin rebelarse ni revelar lo que sucede-- y hacia los demás --no solo los acosadores, sino también quienes intentar ayudar--, será una de las claves para poder seguir con una vida plena.

     Una de las características fundamentales del proceso de acoso es que casi siempre se da de forma grupal. Es decir, varias personas contra una sola. Así, buscan a alguien que no esté en igualdad de condiciones y atacan, sistemáticamente, su autoestima. Cuestión a diferenciar de un conflicto, en el cual dos personas luchan con los mismos recursos. Y, desde luego, un pensamiento a desterrar cuanto antes es el tan manido de que son cosas de niños. Porque las cosas de niños de ayer son las que generan traumas en los adultos de mañana.

     Uno de cada cuatro escolares sufre acoso. Y este acoso supone una de las cinco causas nacionales de suicidio. Los acosados --exactamente igual que los acosadores-- son un ejército. Pero, a diferencia de lo que hacen aquellos, los acosados no se buscan unos a otros para defenderse, sino que no se llevan bien entre ellos porque esto es un Sálvese Quien Pueda. Bosch escribe, de forma tan desgarradora como casi robótica, que la rabia es un fuego que mantiene a los demás alejados, y que antes resoplaba cada mañana cuando me preparaba para ir a la escuela pero ahora ese bufido lo uso a cada rato. Me he convertido en esta persona que no permite que nadie le diga nada. Tengo que ser la más fuerte, la más resistente, la que aguanta más horas despierta y bebe más y aguanta más trastornos químicos y tiene más ganas de perder la cabeza, de vez en cuando, para mandarlo todo a paseo.

     Y, además, lanza una idea mucho más dramática si cabe. La de que los móviles, internet y las redes sociales amplían exponencialmente tanto el alcance como los resultados de los acosos. El ciber-acoso es, a día de hoy, un arma mucho más mortífera. Algo que hace treinta años ni existía. Así, Bosch llega a afirmar sentirse una mujer con suerte al haber sido niña en un época en la que todavía no existían esos adelantos que mal utilizados pueden resultar tan dañinos. Porque hoy, que tanta gente usa las redes sociales como si fueran una extremidad más de sus cuerpos, la virtualidad nos afecta tanto como la realidad. 

     Y, ¿cuál es el papel de la escuela y de los maestros y profesores en todo esto? Pues la opinión general de la autora, que yo comparto al ciento por ciento, es que la mayoría de ellos no están capacitados para hacerse cargo de nuestros hijos. Ni hace treinta años ni, por supuesto, ahora mismo. La mayoría miran hacia otro lado, tratan de tapar los hechos para mantener la reputación de sus centros y la de ellos mismos, negando claras evidencias --con el ya referido son cosas de niños a la cabeza de sus argumentaciones--, y actúan con una despreocupación que en algunos casos llega a ser total y absoluta. Y en el libro pone un par de ejemplos escalofriantes. ¡Tutores y jefes de estudio tan emocionalmente ignorantes que ponen los pelos de punta!

     La cuestión es que el sentimiento más común de esos chicos y chicas es que cada vez me caigo peor a mí misma y no soporto que los demás me quieran si yo no me quiero. Y una psicóloga responde que se sienten demasiado culpables, tienen la autoestima por el suelo. Problema de tal seriedad y magnitud que, a tenor de lo expuesto en este libro, ya no nos permite seguir mirando hacia otro lado y poner excusas. Sino que nos obliga a tomar cartas en el asunto y a buscar posibles soluciones. Porque la próxima vez le puede tocar a mi hijo. O al tuyo... De ahí la importancia de este libro-testimonio: un relato tan sobrecogedor como necesario en la sociedad actual.        

           

miércoles, 15 de marzo de 2017

En tiempos del papa sirio. Jesús Sánchez Adalid. Ediciones B. 2016. Reseña





     Cuando estudié la carrera de Historia una de las primeras cosas que me enseñaron es la teoría de los ciclos. Aquella que dice que los procesos históricos se rigen por un extraño carácter cíclico que provoca que los sucesos se vayan repitiendo cada cierto tiempo. Aunque ello tarde en darse mil doscientos años. Pues bien: una vez más, dicha teoría se cumple. Como ejemplo, la actualidad siria. Una guerra civil y un éxodo de refugiados que parecen no tener fin. Ni solución. A diferencia, en este caso sí, de lo ocurrido en el siglo octavo. El propio autor, Sánchez Adalid, asegura que ahora tenemos mayores facilidades para ayudar a los refugiados. Cosa que, por cierto, no estamos haciendo. 

     En el Bizancio posterior a la fragmentación del Imperio Romano los cristianos fueron libres. Sin embargo, la muerte del emperador Heraclio provocó una serie de luchas intestinas por el poder que trajo, como consecuencia, la invasión musulmana, la conquista y el entronamiento de Abú Kakr (quien mantuvo la libertad de culto de judíos y cristianos, denominados gentes del Libro, es decir, depositarios, como los árabes, de los libros de la Revelación). No obstante, este fue sucedido por Omar el Grande.  El conocido como Pacto de Omar otorgó a los cristianos libertad de culto, pero también les impuso una serie de condiciones opresivas que, en suma, los privó de esa libertad de la que habían gozado hasta entonces. 

     Muchos cristianos aceptaron las obligaciones del pacto con tal de poder seguir con sus vidas de la mejor manera posible. Otros adoptaron el islam y la lengua árabe para eludir el pago de impuestos y el resto de obligaciones del compromiso. Y otros, no soportando la humillación de las obligaciones contraídas, emigraron hacia las provincias cristianas de Occidente. El protagonista de la novela, Efrén, pertenece al primero de los grupos. Pero ansía el momento de poder recuperar la dignidad perdida por su pueblo y su familia. Hecho este que le lleva a tratar de liberar su Damasco natal del poder ismaelita. A cualquier precio.

     Tanto es así que, acompañado de familiares y conocidos, cree llegado el momento de hacer cumplir la profecía de Metodio de Patara, quien había vaticinado el fin del poder califal, y también de todos los tiempos, a manos del poder de alguien a quien nombra Constante, el rey que debía devolver la paz al mundo antes del definitivo regreso de Cristo. Curiosamente, este hecho parece sustentarse en el hecho de que el papa de la época había elegido como nombre Constantinus I. Y también de que, como Efrén, era un sirio exiliado de su país.

     A nuestro protagonista alguien le dice: Efrén de los Sarjun de Damasco y de los Flavianos de Pisidia. En ti se juntan la antigua sangre de Grecia, la savia de Roma y la pasión de Bizancio... Perteneces a la tercera generación  sometida al agravio de la dominación agarena. También yo pertenezco a esa descendencia, y aunque lo tengo todo, me falta lo principal, que es la libertad... Esta frase, unida a todo lo anterior y, sobre todo, a la ignorancia propia de la juventud y a su espíritu de aventura, lo llevarán a embarcarse en una conspiración contra el poder califal.

     Efrén pasa por una serie de vicisitudes a lo largo de su vida que lo llevarán hasta Biblos, Constantinopla y Roma. Estamos también, pues, ante una novela de ciudades, pues describe minuciosamente los ambientes de cada una de las urbes que va visitando su protagonista a través de los 61 capítulos de que consta su trama (especialmente la Damasco del califa Walid). Dichas descripciones nos presentan las similitudes, las diferencias, las especificidades y las particularidades de cada una de ellas, poniendo de manifiesto las diferencias culturales, religiosas y de carácter de todas ellas.   

     La firme creencia en que los cristianos recibieron su nombre en Siria (los Hechos de los Apóstoles dicen que los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez en Antioquía, que se convirtió en el centro más importante para la primera Iglesia), que Dios jamás los había abandonado pese a no responder a sus súplicas y que sus verdaderas palabras están recogidas en las Sagradas Escrituras son aspectos que están bien presentes en las páginas de esta novela. Quizás la novela más dogmática, filosófica y de fe de todas cuantas ha escrito hasta ahora el párroco extremeño.

     Los orígenes monásticos y eremíticos del cristianismo en Siria (presentes en la novela con todo lujo de detalles en el capítulo 39 de la misma, donde se describe en profundidad Ouadi Qadisha) deben de haber requerido un riguroso y duro trabajo de documentación por parte del autor. Algo que hace de En tiempos del papa sirio no solo una novela histórica y de aventuras sino también una explicación de cómo ha ido evolucionando el fanatismo musulmán hasta la actualidad (con Al Qaeda y el Estado Islámico a la cabeza) y las claves para comprender lo que está sucediendo en aquel país en nuestros días. Una novela que, como se anuncia en sus panfletos propagandísticos, es necesaria en estos tiempos que nos ha tocado vivir...           

        

miércoles, 1 de marzo de 2017

Escucha la canción del viento / Pinball 1973. Haruki Murakami. Tusquets Editores. 2015. Reseña





     Escribe el propio Murakami en el prólogo de esta edición, que recoge en un solo volumen sus dos primeras obras, por fin traducidas al castellano, que las novelas de la mesa de la cocina, escritas a altas horas de la madrugada sobre la mesa del bar que regentaba a finales de los setenta, constituyen algo decisivo e irreemplazable. Y añade que son como las viejas amistades del pasado. Quizás ya no quedemos y charlemos, pero jamás olvido su existencia. Porque en aquellos tiempos fueron algo inestimable, insustituible para mí. Me alentaron, reconfortaron mi corazón. Fiel reflejo de que los inicios de uno como novelista pueden quedar atrás pero jamás olvidarse. Le entiendo perfectamente.

     En el mismo prólogo explica cómo se le ocurrió la idea de escribir: mientras veía un partido de béisbol, ni más ni menos. Y también comprendo que ese preciso instante en que la idea pasa por nuestra mente no puede ser borrado. Nunca. Porque es como un fogonazo. El corazón se acelera, la temperatura corporal asciende y uno se pone a sudar. De pura emoción. Y, entonces, escribir se convierte, como por arte de magia, en una obsesión. Un vicio. El único sano que conocemos hasta la fecha. Lógico que esa primera --o primeras novelas-- se conviertan en algo especial e ilusionante para cualquier escritor. ¡Cómo no!

     Escucha la canción del viento y Pinball 1973 son continuación una de la otra. Se trata de dos novelas muy breves --entre las dos ocupan apenas 280 páginas-- en las que el narrador nos cuenta en primera persona su historia personal y en tercera persona la de su fiel amigo, apodado el Rata, y la de Jay, el barman del Jay´s bar, lugar que ambos amigos frecuentan. Son historias de bares, cervezas, cigarrillos, libros, música y máquinas de juego. Las famosas pinball. Pero también de soledad y de incomunicación. Negras, oscuras, lúgubres, casi deprimentes. Pero enormemente atractivas. Quizá esa sea precisamente su grandeza.

     El sempiterno candidato al Premio Nobel de Literatura nos presenta, en estas dos novelas breves, el origen, el germen de su universo. Y es que uno no puede remediar imaginar a Jay, el barman, como un alter ego del propio Murakami. Taciturno, servicial, solitario, poco comunicativo a nivel verbal. Y, sin embargo, con inusitadas ansias comunicativas sobre el papel. Puede que nunca lo sepamos, pero a mí me gusta imaginar que Jay es el Murakami inmediatamente anterior al escritor que hoy en día todos conocemos. No sería algo ilógico. La mayoría de escritores contamos buena parte de nuestras vidas, sobre todo en nuestras primeras novelas. Narrar algo conocido resulta más sencillo y cómodo. Y también catártico. 

     En Escucha la canción del viento (1979) Murakami nos presenta a un joven estudiante de 21 años, sin nombre, que pasa las vacaciones del verano de 1970 en su pueblo natal junto a el Rata, una joven con cuatro dedos en su mano izquierda y el barman. Un escritor ficticio, Derek Heartfield, abre y cierra la novela. En cambio, en Pinball 1973 (1980), el joven protagonista tiene 24 años, vive en Tokio con dos extrañas --en realidad, todos los protagonistas de ambas historias lo son-- gemelas idénticas, trabaja como traductor y cae rendido ante una máquina pinball con la que pasa más tiempo que con cualquier persona. Mientras tanto, el Rata sigue viendo pasar la vida ante él, sin capacidad para vivirla en realidad.

     En cada página de ambas novelas está presente la melancolía. Gatos, pozos, antiguas novias, incomunicación. Y la atmósfera, notablemente poética, nos traslada a esos recuerdos de sus protagonistas. Sin embargo, sus historias parecen deslavazadas. Van a trompicones. Las ideas saltan de unas páginas a otras y en ocasiones desaparecen. Sin duda, el Murakami de hace 37 años era mucho menos maduro y mucho más inseguro y dubitativo. Lógico. Comenzó a escribir con 30 años, sin patrones definidos, sin referencias, sin una larga tradición literaria en su haber. Pero cómo ha mejorado con los años.

     No obstante, en estas dos novelas aparecen ya muchas de las señas de identidad del universo Murakami. Por ejemplo: el surrealismo, el amor por el jazz, la soledad, la huida --incluso de uno mismo--, los bares, las relaciones sentimentales frustradas, lo excéntrico, lo absurdo, un lenguaje extraño, casi alienígena, y unos personajes jóvenes, melancólicos --¡qué puede haber más triste que un joven melancólico!--, perdidos, inadaptados y hasta depresivos. Y también el riesgo. Un riesgo que lo ha hecho grande en el mundo de la literatura. Aunque sin Premio Nobel, por el momento.

     A buen seguro, para los fans del escritor nipón (Tokio, 1949), poder conocer estas dos primeras novelas ahora traducidas al castellano constituirá todo un alimento para su espíritu. Y también para su conocimiento. Porque a todos nos gusta saber más sobre nuestros ídolos. Especialmente sobre sus inicios, cuando todavía eran desconocidos y, por tanto, anónimos. Cuando, precisamente ese anonimato, les permitió ser también intrépidos y arriesgados. Porque, exactamente de esos momentos, nacen las cosas más grandes de nuestra existencia. Como la literatura. Como Murakami.                     


viernes, 24 de febrero de 2017

La tristeza del samurái. Víctor del Árbol. Editorial Alrevés. 2011. Reseña





     Cada novela que leo de Víctor del Árbol me sorprende de una u otra manera. Pese a que todas --con esta he completado sus hasta ahora cinco publicaciones en castellano-- tienen más o menos las mismas estructuras, en las que encontramos varias épocas y escenarios diferentes cuyas respectivas tramas llegan a converger a partir de un nexo común que al principio obviamente se nos escapa --ahí está precisamente la gracia del asunto--, son los personajes quienes nos mantienen en vilo. Me explico: son ellos quienes labran sus propios destinos, para bien en unos casos o para mal en otros.

     En efecto, una de las características que mejor define la literatura del escritor extremeño-barcelonés es su alucinante facilidad para diseccionar no solo la psicología de cada uno de sus personajes sino también sus gestos, sus vicios y sus pensamientos. Y también sus sufrimientos. Porque todos, absolutamente todos son seres que padecen y arrastran alguna pesada carga provinente del pasado individual o familiar. Mochilas de rencores, traumas e incluso enfermedades mentales --según los casos-- que antes o después van a pasarles factura, de un modo u otro; que van a impedirles llevar una vida medianamente sana y feliz.

     Las cinco obras de del Árbol son thillers (con gran componente histórico --la memoria histórica es un tema que interesa mucho a este escritor--) en absoluto carentes de calidad literaria. Y es que siempre podemos encontrar la palabra o la frase exactamente necesaria para la situación que se está narrando en sus páginas. Algo poco usual en un mundo, el literario, en el cual la mayoría de autores buscan que sus escritos lleguen a convertirse en best sellers, siguiendo los cánones marcados por la moda. Cuestión que resta innovación y calidad a las obras. No es el caso de Víctor del Árbol. Aunque con el paso de los años haya conseguido ser también un autor best seller.

     La tristeza del samurái, su segunda novela publicada, nos sumerge en dos etapas apasionantes de la historia reciente de nuestro país. Por un lado, los primeros años de la posguerra civil. Por otro, los meses inmediatamente anteriores al golpe de Estado de Tejero, del que se acaban de cumplir 36 años --la casualidad, de existir, ha querido que servidor terminara la lectura de esta obra precisamente la noche del 23F--. Dos momentos (la Guerra Civil y el golpe de Estado) que, de haber concluido de otra manera, nos habrían dejado un panorama muy diferente del actual. Mejor o peor, pero sin duda diferente.

     En la novela las culpas, las traiciones y los dolores de los personajes de la Extremadura de 1941 han sido heredadas por sus hijos, los protagonistas de la acción que transcurre en la Barcelona de 1981. Algunos de ellos --los más jóvenes-- han nacido culpables y  marcados por un pasado en el que todavía no existían. Otros, los más mayores, tratan de sobrevivir a pesar de sus pasados. La venganza, el ansia de la destrucción, la lucha por el poder y el amor como única vía de salvación son algunos de sus modos de vida. Pero, para poder seguir con ella, han de cerrar el círculo. Y cada uno lo hará a su manera. Como quiera o como pueda. En mi modesta opinión, la diferente forma de afrontar la situación de cada personaje es lo realmente atractivo de esta historia. Porque el pasado no se puede cambiar, pero el futuro está en nuestras manos.

     Además, como afirma del Árbol, de todas las historias la mejor es la que nos explica a nosotros. Y es cierto: porque en todas sus obras, en algún personaje o en alguna situación concreta, nos podemos ver reflejados de una forma tal que puede llegar a erizarnos el vello. Algo de nuestro interior se despierta en sus novelas. Cobardía, valentía, resolución, duda, clarividencia, capacidad de sufrimiento... Todos sentimos algo de todo ello mientras leemos alguna de las historias que nos presenta este autor. Y La tristeza del samurái es un buen ejemplo de ello.

     Por si todo lo anterior fuera poco, en todas las novelas de este escritor encontramos frases antológicas que conviene recordar. Como esta: Algún día tendría que explicarle por qué las cosas habían sucedido de aquel modo, y cómo funcionan las complejas relaciones de los adultos. Trataría de hacerle entender la absurda realidad en la que los sentimientos no valen nada frente a las razones de otra índole. Que el poder, la venganza y el odio son más fuertes que cualquier otra cosa, y que los hombres son capaces de matar a quien aman y de besar a quien odian si ello es necesario para cumplir sus ambiciones.

     O como esta: Todo el empeño y toda la sangre vertida en aquella contienda no habían servido de nada. Apenas hacía cinco años de la muerte de Franco, y volvían a florecer los malos vicios, como las malas hierbas. España era de nuevo un secarral con vocación de desierto, habitado por pobres bestias nihilistas. Solo los animales amansados durante décadas eran capaces de dejarse llevar de manera tan dócil al matadero, capaces de creer, deseosos incluso de engullir, cualquier cosa que les viniera dicha por los ungidos en el poder. Cualquier cosa, con tal de darle un poco de fe a su lánguida existencia, pero incapaces de coger el toro por los cuernos.

     Poesía al margen --del Árbol escribe poesía pero muy equivocadamente no se atreve a publicarla porque piensa que no tiene la suficiente calidad--, los párrafos expuestos justo arriba nos muestran crudamente que el pasado y el mal nunca desaparecen, y que los vicios y las malas actitudes hacia la vida en general y hacia la política en particular cuestan mucho de cambiar.                               

   

jueves, 23 de febrero de 2017

La buena letra. Rafael Chirbes. Anagrama. 2000. Reseña





     El peor sufrimiento es aquel que no sirve para nada. La sentencia no aparece como tal en la novela que nos ocupa. Simplemente, es algo que se me ha ocurrido nada más acabar de leerla. Porque resulta imposible no compadecer a Ana, la protagonista de la historia que tan bien nos narra Rafael Chirbes. La buena letra es una novela corta --apenas 130 páginas-- pero intensa. Muy intensa. Una de esas obras que nos tocan el corazón y nos obligan a reflexionar hondamente sobre aquello que acabamos de leer. El genial escritor valenciano nos vuelve a conmover con su característico estilo narrativo: claro, directo y sin artificios.

     Ana, protagonista y narradora en primera persona, escribe a su hijo menor, Manuel, sobre la historia de su familia. Una historia que recoge los difíciles años de la II República, la Guerra Civil y la posguerra. Que nos habla no de los grandes acontecimientos históricos de la época sino de una serie de hechos íntimos, cotidianos, familiares que ilustran cómo fue la dura realidad de la mayoría de nuestros ancestros en un momento crucial de nuestra historia. Y Chirbes lo logra contándonos el progresivo distanciamiento de los miembros de una familia que antes era una piña

     Porque La buena letra nos habla de miseria --no solo de la económica--, de soledad --Gloria no tenía maldad sino soledad, le escribe Ana a su hijo--, de culpa --la de quienes la sienten por el simple hecho de no estar encarcelados, como otros familiares o conocidos--, de egoísmo, sueños rotos y heridas que jamás cicatrizan. También de amor --no del amor convencional sino del amor como salvación--, de solidaridad --la existente entre un grupo de gente que debe asumir la situación y luchar juntos para resistir a toca costa--, de la capacidad para vivir con poco y disfrutar de las pequeñas cosas. Y de melancolía.

     Qué tiempos más bonitos, cuando estábamos todos juntos y nos reíamos y no nos faltaba lo indispensable, recuerda a menudo el tío Antonio. Afirmación que va en la línea de aquel conocido mantra que dice que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y no le falta razón al tío Antonio. Porque su historia es también la de la mezquindad, la de los problemas acrecentados a causa del silencio y del licor, la del machismo --las mujeres sois todas unas egoístas, le dice su hermano a Ana--, la de la traición y la de la deslealtad. La de los domingos de fútbol --para los hombres--, cine --para las mujeres-- y casino --para los ricos--. La del estraperlo, la cárcel y el Cara al sol

     Como viene siendo habitual en todas las obras de Chirbes encontramos frases para enmarcar, subrayar y recordar. Algunos ejemplos son estos: No sé a quién le escuché decir en cierta ocasión que hay palabras que son de un vidrio tan delicado que si uno las usa una sola vez, se rompen y vierten su contenido y manchan, escribe Ana en relación a las acciones de Gloria que provocaban suciedad y tristeza en el tío Antonio; Cada vez que se iba, llevándose nuestro dinero, nos hacía sufrir, pero era como si se dejara arrastrar por la corriente de un río en el que quería hundirse. Y tu padre se convertía en culpable porque lo rescataba y lo obligaba a vivir. Sí, la culpa caía siempre sobre nosotros, porque no lo dejábamos perderse de una vez para siempre, añade sobre su esposo y el tío Antonio en su época de más depresiones. 

     La buena letra muestra con toda crudeza cómo el funcionamiento normal de una familia puede cambiar de la noche a la mañana merced a la entrada en la misma de una adevenediza que altera sus bases hasta el punto de incluso acabar con ella. Reproches, rencores, más egoísmos si cabe que llegan a provocar el desahucio de una parte de la familia. La cual puede arrastrar consigo al resto de sus componentes. Hasta un punto en el cual el sufrimiento se antoja estéril, inútil. Isabel, la cuñada de Ana, será esa nuevo miembro familiar que dinamitará los cimientos de todo aquello que tanto había costado levantar en los peores años de la guerra y la posguerra.

     Ana escribe desde la madurez de una situación en que la soledad, la melancolía y las ausencias marcan su día a día. Motivo por el cual decide escribir unas páginas a su hijo. Un hijo que se nos antoja el pilar fundamental de nuestra protagonista en los últimos años. En efecto, Ana parece estar presa de una especie de síndrome del nido vacío, algo por desgracia muy común en mujeres cuyas vidas dejan de tener sentido una vez han abandonado sus hijos el hogar familiar para seguir con sus propias vidas, con sus nuevas familias tan recientemente criadas. 

     La buena letra es el disfraz de las mentiras, afirma Ana en boca de Isabel. Unas palabras dulces que encubren una gran amargura. Ciertamente, la novela no es bella sino muy dura. En ella es casi más importante lo que se deja entrever, lo que se intuye que lo realmente narrado. Un fiel reflejo de una sociedad y una época a través de una pluma seria, original y fuerte que se echa mucho de menos en nuestra literatura actual. Y es que la intención de Chirbes nunca fue escribír bonito sino escribir bien. Y ello se nota en cada una de sus obras. Las de uno de los grandes escritores españoles contemporáneos.     

      

miércoles, 1 de febrero de 2017

Jungleland 2: Las 50 mejores entradas (2014-2016)





     Ya está disponible, tanto para formato papel como para el Kindle, el segundo volumen de la recopilación de los artículos del presente blog, Jungleland. Tal y como hice hace tres años con el primer volumen, vuelvo a unir, en un solo libro, las cincuenta entradas más significativas del mismo. Deporte, política, cine, música y, ante todo, literatura componen un mosaico que ejemplifica los temas que más me apasionan. Lógico, pues, que sean sobre los que escribo a menudo en este portal de internet.

     Si en el trienio 2011-2013 publiqué ciento cincuenta entradas blogueras, en el que comprendió los años 2014-2016 fueron ciento treinta. Un ligero descenso en el número de publicaciones que se debe al hecho de un aumento de las ocupaciones cotidianas y a una mayor necesidad de sacar tiempo para escribir mi tercera novela, Primera mujer, primer amor y continuar con el proceso de finalización de documentación y posterior escritura de la segunda parte de El Círculo de las Bondades, que posiblemente llevará por título El Grito de los Inocentes. Precisamente un viaje a Varsovia, para documentarme y presentar mis respetos a mi querida protagonista, Irena Sendler, aparece reseñado en el presente volumen.

     De los cincuenta artículos que aparecen en este segundo volumen de Jungleland podéis encontrar un sentido homenaje al que fuera primer Presidente del Gobierno Democrático, Adolfo Suárez González, con motivo de su fallecimiento --siendo esta la única entrada política que aparece en este volumen, aunque se publicaron algunas más durante el pasado trienio, como es lógico-- y otro par de recordatorios, deportivos en este caso, hacia las figuras de Luis Aragonés --también fallecido durante estos últimos tres años-- y Fernando Martín, en el 25º aniversario de su muerte.

     La música también ha estado presente en el blog. Como bien sabéis, el Boss es mi ídolo. Y no solo en lo musical. También en muchos otros aspectos. A uno de sus temas debo el título de este blog. En esta nueva recopilación aparecen las críticas de tres de los discos más carismáticos de Bruce Springsteen --Born to run, Born in the USA y High hopes--, otro homenaje, en esta ocasión al mítico David Bowie --que nos dejó hace apenas un año-- y  la crítica del último trabajo discográfico de U2, Songs of Innocence

     El séptimo arte aparece de la mano de la adaptación a la gran pantalla de la más famosa obra de Noah Gordon, El médico; la necesaria y merecidamente oscarizada Spotlight; la última película de Spielberg, El puente de los espías, con un Tom Hanks magnífico; la recientemente estrenada (excelente y soberbia) El Principito --¡necesitamos más films como este!--; una intimista Tren de noche a Lisboa (con un gran Jeremy Irons); y las maravillosas (y españolas) Truman (con un duelo estelar: Javier Cámara y Roberto Darín) y Altamira (con Banderas descubriendo, enseñando y convenciendo).

     He dejado para el final lo más importante: la literatura. Es el motivo por el que existe este blog. Las reseñas son la razón de ser del mismo. La de Primera mujer, primer amor, obviamente, está incluida aquí. Pero he leído mucho estos tres años. Y, de entre todas, elegir 33 reseñas para Jungleland 2 no ha sido tarea nada fácil. He tenido que dejar fuera grandes obras. Al final, me he decidido por las siguientes. 

     De las 33, 11 son obras extranjeras: Chesil beach y La ley del menor, de Ian McEwan, mi gran descubrimiento de los tres últimos años; El hijo de César, del genial e inigualable John Williams; El último judío, de Noah Gordon; El tambor de hojalata, del Premio Nobel alemán Günter Grass; Matar a un ruiseñor, la inmortal obra de la recientemente fallecida Harper Lee; La ladrona de libros, de Markus Zusak; El mundo de Sofía, sublime obra filosófica del noruego Jostein Gaarder; El psicoanalista, de John Katzenbach; la soberbia El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; y Born to run, las memorias de Bruce Springsteen, escritas de su puño y letra. Casi nada. 

     Y 22 son españolas e iberoamericanas: El héroe discreto y El sueño del celta, del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa; El hereje, del genio universal vallisoletano Miguel Delibes; Intemperie, de Jesús Carrasco (¿posible digno sucesor del anterior?); Días de Nevada, del académico vasco Bernardo Atxaga; Patria, (¡probablemente mi mejor lectura del trienio!),de Fernando Aramburu; las dos últimas obras del mejor escritor valenciano contemporáneo, Rafael Chirbes: En la orilla y París-Austerlitz; La colmena, del Premio Nobel gallego Camilo José Cela; Los girasoles ciegos, del madrileño Alberto Méndez; Cartas a palacio y Tengo en mí todos los sueños del mundo, del guionista hispano-portugués Jorge Díaz; Cicatriz y El paciente, del periodista madrileño (y rey actual el thriller español) Juan Gómez-Jurado; Y de repente, Teresa y Treinta doblones de oro, del indiscutible líder de la novela histórica española, Jesús Sánchez Adalid; Hombres buenos, excepcional novela de Arturo Pérez-Reverte; El abogado de pobres, del escritor y abogado jerezano Juan Pedro Cosano; Un verano en la casa azul, del joven pero magnífico escritor catalán David Casado Aguilera; y Respirar por la herida, La víspera de casi todo y Un millón de gotas, del también catalán Víctor del Árbol, el gran descubrimiento español del trienio para servidor.

     En definitiva, Jungleland 2: las 50 mejores entradas (2014-2016) agrupa lo más significativo de un blog que busca ser simplemente un canal de comunicación entre este humilde escritor y sus pocos pero muy fieles seguidores. Espero que os guste... Y, como siempre, ¡muchas gracias!   
                    

miércoles, 25 de enero de 2017

84 Charing Cross Road. Helene Hanff. Anagrama. 2006. Reseña





     En una ocasión alguien --no recuerdo quien-- dijo o tal vez escribió --tampoco este dato lo tengo nada claro-- algo así como que un buen lector no puede ser una mala persona. En sí, la frase parece fuera de lugar. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? Sin embargo, si lo pensamos más fríamente, se convierte en una certeza. Sinceramente, opino que quien fuera la persona que dijo o escribió semejante frase dio en el clavo. Y un ejemplo de ello lo tenemos en este libro de Helene Hanff. Una novela epistolar que emociona a todo lector que realmente ame los libros y la literatura. A mí al menos me ha conmovido profundamente. Tanto que al terminarlo me he quedado sin saber exactamente cómo reaccionar. Maravillado y triste a la vez.

     Una historia de lo más sencilla, si está escrita con el corazón en la mano, puede tocar lo más profundo de nuestro ser. Y si está escrita con dos corazones --o incluso alguno más--, tal y como sucede en el caso de 84 Charing Cross Road, más todavía. Y es que, como también se suele decir, la realidad siempre supera a la ficción. Porque esta novela sucedió. Y es el fruto de veinte años de correspondencia entre dos personas que jamás se conocieron en persona pero que se amaron de una manera muy especial. No, no estoy hablando del amor conyugal o sexual, sino de otro amor que también puede conmover: el amor a los libros, a la literatura, a los buenos modales y a la buena educación.

     Helene Hanff fue una escritora estadounidense que trató de que sus obras teatrales fueran llevadas a la escena por algún productor. Algo que no consiguió hasta muy tardíamente. Mientras tanto, hubo de buscarse la vida escribiendo guiones para series televisivas de las distintas televisiones norteamericanas. También ensayos, cuentos y reseñas literarias para revistas. Finalmente, publicó la obra que nos ocupa, la que acabaría dándole gloria, no solo en el mundo literario sino también en el del cine, como veremos más tarde. Siempre autodidacta, trató de conseguir en el Nueva York de los años cincuenta y sesenta las obras más importantes de la literatura inglesa de todas las épocas. Harta de no encontrarlas en ninguna galería ni librería, acabó encontrando solución a su problema en el 84 de Charing Croos Road, en Londres.

     Allí estaba ubicada la librería Marks & Co., donde pudo satisfacer sus deseos en forma de magníficas encuadernaciones en piel y tela de sus obras preferidas. Frank Doel, el encargado de la librería londinense, irá atendiendo de la mejor manera posible sus demandas. Y entre libros, autores y temáticas, surgirá una relación muy especial entre ambos. Pero no solo entre ellos, sino también entre la escritora y el resto de trabajadores de la librería e incluso entre sus familiares. Los pedidos de Hanff son libros casi inencontrables. No obstante, Frank Doel consigue ir consiguiendo la mayoría de los ejemplares. Aunque la tarea le lleve hasta dos años.

     Catulo, Angler, Chaucer, Walton, Milton, Lamb, Hunt, Austen. Por las páginas de las cartas que componen la novela aparecen los grandes nombres de la literatura inglesa. Pero no solo eso. A lo largo de los veinte años de correspondencia, ambos interlocutores van contándose los aspectos más importantes de sus respectivas sociedades, por lo que la obra sirve también para radiografiar a ambas. La situación económica británica tras la II Guerra Mundial, con las consabidas restricciones alimentarias, provocará que Hanff, desde el otro lado del Atlántico, se compadezca de los empleados de la librería y comience a enviarles productos muy poco vistos allí en aquella época. Su solidaridad y su bondad provocará el estrechamiento en los lazos entre ella y todas las familias que algo tienen que ver con la librería.

     Con un sentido del humor sano y algo excéntrico en ocasiones y esos envíos de alimentos en plena época de carestía y racionamientos, Hanff irá ampliando la lista de sus amigos londinenses. Sin embargo, no encuentra la manera de visitarlos. Su mala situación económica se lo impide, Intenta ahorrar a lo largo de los años, pero cuando parece que va a poder cumplir el sueño compartido de reunirse con ellos siempre ocurre algo que la hace tirar mano de los ahorros e ir aplazando el caro viaje. Nos quedan, eso sí, las cartas que se fueron enviando a lo largo de esas dos décadas. Unas cartas llenas de amor, ternura, admiración mutua y pasión literaria y humana que conforman un tesoro para cualquier amante de la literatura.

     Sin duda, 84 Charing Cross Road es una de esas joyas que nos hablan de lo que para muchos de nosotros suponen los libros, las librerías y las bibliotecas. Aunque su publicación pasó casi inadvertida en un primer momento, a lo largo de las décadas siguientes se ha ido confirmando como uno de esos pocos libros denominados de culto a ambos lados del Atlántico. Lo mejor de todo es saber que se trata de una historia real. Sus protagonistas, sin duda, merecen pasar a la historia de la literatura. Lo peor, sin duda, que se hace muy corto y que algunas de las cartas no se conservaron, provocando algunos vacíos informativos que, a pesar de todo, no restan un ápice de encanto a la historia.

     En 1970 Hanff publicó, previo permiso de todos y cada uno de sus interlocutores londinenses, las cartas en forma de novela epistolar. Poco más tarde, se llevó también al teatro. Por fin, ¡el teatro! Y en 1987 la historia llegó también a la gran pantalla. Dirigida por David Hugh Jones, producida por Mel Brooks y protagonizada por Anne Bancroft (como Helene Hanff) y Anthony Hopkins (como Frank Doer), es fiel a la realidad y constituye otra obra maestra que todos los amantes de los libros deberían ver. Su título: La carta final (84 Charing Cross Road). Seguramente, si la obra fuera de ficción, el final habría sido muy diferente. La vida, sin embargo, nos lleva a veces por caminos que no podemos conocer. Por suerte, siempre nos quedarán los libros para mitigar nuestros males...                 


miércoles, 11 de enero de 2017

Cicatriz. Sara Mesa. Anagrama. 2015. Reseña





     Cuando una novela se le hace a uno corta es que tiene algo bueno, como mínimo. Y Cicatriz, de Sara Mesa (escritora madrileña afincada desde pequeña en Sevilla, autora, entre otras obras, de Cuatro por cuatro (2012) y Mala letra (2016)), tiene mucho de bueno. La novela obtuvo el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2015 por ser un libro sensible, oportuno y narrativamente inteligente. Capaz de dar la vuelta al concepto estereotipado de la seducción presentándolo en sus facetas más agrias: la posesión, la vanidad, la necesidad de sentirse fetichizado por el otro o la putrefacción de los amores platónicos. En menos de doscientas páginas introduce tantas temáticas, tantas historias secundarias, tantos matices diferentes que complementan la trama central de la novela que se hace complicado hablar de todo ello en una simple reseña. Lo intentaré, de todas formas. 

     Cicatriz es, ante todo, una radiografía cruda, muy cruda de la sociedad de consumo y espectáculo actual. De la incomunicación, del aislamiento, de la soledad, del aburrimiento, de la vanidad e incluso de la perversidad. Una sociedad obsesiva, fetichista, perturbadora. Un lugar del que no se puede escapar, que oprime, agobia, asquea. En el que las relaciones cada vez más se van abocadas a la superficialidad de internet, los chats y las redes sociales. En el que la dejadez y la indolencia se convierten en aspectos comunes que contrastan cada vez más con la exhaustividad y el orden. Y, con una narrativa frenética, constante, pero que se permite en ocasiones descripciones meticulosas de objetos, ambientes y personajes, Sara Mesa utiliza dos únicos personajes --¡vaya reto!-- como contraposición, como opuestos pero a la vez compatibles por dependientes el uno del otro.

     En efecto, la narración es fluida, intensa, rápida, repetitiva. Pero no redundante. Porque en ocasiones es necesario incidir en ciertos aspectos para retratar la sociedad, los personajes, las situaciones que se nos presentan en las novelas. Sobre todo, en una historia tan psicológica como la presente. Y es que tanto los personajes como la sociedad en la que malviven se nos muestran con una minuciosidad extrema. Tanto que nos parece estar presentes no solo en las escenas de la misma, sino también en los cerebros de Sonia y Knut. Y ello nos provoca asco, excitación, pena, confusión, morbo... y unas enormes ganas de escapar de un ambiente tan opresivo. Y, sin embargo, queremos seguir leyendo para saber más acerca de la trama de la novela. Casi como si se tratase de un thriller. Pero de gran calidad literaria.

     La protagonista femenina es Sonia. Trabaja como becaria en un archivo en el que, al contrario de lo que suele suceder en lugares tan atractivos, apenas hay trabajo. Vive con su madre, su abuela enferma y su hermano pequeño. Se muestra indolente, dejada, alejada de una realidad cada vez más difícil de aceptar. Todo ello le hace refugiarse en internet. Le gusta leer y visita varios foros literarios. En uno de ellos conoce, virtualmente hablando, a Knut. Inteligente, provocador, riguroso, exhaustivo, ordenado, controlador, filósofo, neurótico obsesivo y cleptómano, Knut atrapará de inmediato a Sonia en una red de la que no podrá escapar.

     El joven roba --adquiere, como él suele decir-- libros en las grandes superficies comerciales. Y comienza a mandárselos por decenas. Te mando libros simplemente como pago por tu existencia, la adula. Y, ella, quizás por vanidad, se deja engatusar, tratando de llenar así una vida vacía de emociones. A lo largo de las páginas de la novela se citan frases y novelas de Proust, de Kafka, de Faulkner, de Auster, de Joyce, de Dostoievski. Y se agradece. Porque es uno de esos libros en los que se le despiertan a uno los deseos de conocer tal obra o tal autor. Sin embargo, con el tiempo, Knut y Sonia comienzan a hablar de otros temas. Y, aparte de libros, comenzarán a llegar a las manos de Sonia perfumes, ropa y lencería. 

     Y el fetichismo literario dejará paso al fetichismo sexual. Una fantasía que atrapará a Sonia. Hasta el punto de no ser capaz de discernir qué siente por Knut --pseudónimo del escritor noruego Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura en 1920, autor también inteligente, provocador y exhaustivo, caído en desgracia tras la Segunda Guerra Mundial por su apoyo al régimen nazi de Hitler--: ¿amor?, ¿obsesión?, ¿dependencia? En cualquier caso, Knut la idealiza y trata de moldearla a su gusto y de llevarla a su terreno. Especialmente, cuando ella intenta dejar de escribirle (cuando se casa y tiene un hijo). Sin embargo, su extraño amigo siempre se muestra capaz de dar una vuelta de tuerca a la situación para volver a atraparla. La propia Sonia llega a reconocer que cuando todo parece desgastarse por la costumbre, llega una novedad

     Knut es una especie de antisistema que solo roba a los grandes almacenes; atrae y fascina; inquieta y repugna. También una clase de maltratador psicológico que no duda en atacar a Sonia para hacerla sentir culpable cuando intenta abandonarlo. Y, paradójicamente, cuando esta parece haberlo conseguido y su vida se centra durante un par de años en torno a su marido y su hijo, es ella la que, víctima de sí misma, de su rutinaria vida y de una sociedad de nuevo agobiante, vuelve a escribirle, comenzando de nuevo esa espiral que amenaza con no tener fin. Y es que echar de menos un instante es echar de menos a aquel que éramos entonces.  

     La novela, totalmente recomendable, nos deja frases realmente magníficas. Como esta: No me considero inocente. ¿Cómo iba a poder serlo? La senda del conocimiento es la senda de la corrupción espiritual desde el día en que se mordió la manzana. La simple práctica de pensar ya conlleva una caída en esa corrupción. ¿Se es más puro solo por no hacer lo que sí se ha pensado? Cualquiera que piense con cierta profundidad está expuesto a desazonarse. Así es Cicatriz, una novela desazonadora, repleta de psicología, en la que la voz de la narradora se disuelve y pasa totalmente desapercibida.  

     

miércoles, 4 de enero de 2017

Mis diez libros preferidos de 2016





     Como cada año por estas fechas comparto con vosotros la lista de mis diez libros preferidos del año. Aún estáis a tiempo de regalarlos a vuestros seres queridos con motivo de la inminente llegada de los Reyes Magos de Oriente. Tal y como podréis observar, no solo de novedades vive el hombre, por lo que la lista incluye obras ya conocidas desde hace años. Es la siguiente:


10. Lo que el hielo atrapa. Bruno Nievas. Ediciones B. 2015.  La tercera novela del escritor y pediatra almeriense supone su incursión en el género épico y de aventuras de la mano de la expedición al Polo Sur de Ernest Shackleton a bordo del Endurance. Tras los dos exitosos thrillers --Realidad aumentada y Holocausto Manhattan-- que lo dieron a conocer en el mundo editorial demuestra que es un autor que se atreve con cualquier temática a la hora de abordar sus historias.


9. París-Austerlitz. Rafael Chirbes. Anagrama. 2016. La novela póstuma del genial maestro valenciano. Tras veinte años de idas y venidas, correcciones y modificaciones, la dio por terminada pocas semanas antes de fallecer en agosto de 2015. Una historia cruda, provocativa, realista sobre una relación homosexual venida a menos por las diferentes procedencias sociales y formativas de sus protagonistas. Una despedida digna de uno de los grandes autores españoles de los siglos XX y XXI.


8. El tambor de hojalata. Günter Grass. Alfaguara. 1999. La novela más conocida de otro de los genios literarios universales que nos dejó en 2015. Crítica social, ironía, sentido del humor y una narrativa ligera que llega al corazón del lector. Un drama tierno y a la vez crudo sobre la Alemania en tiempos de guerra y posguerra. Una novela que todo el mundo --tanto los interesados en la historia como los que simplemente buscan entretenimiento-- debería leer.


7. El guardián entre el centeno. J. D. Salinger. Edhasa. 2007. Una prueba fehaciente de que en ocasiones basta una sola obra para pasar a la posteridad del mundo literario. Holden Caulfield narra sus peripecias en la Nueva York de posguerra. Una novela emotiva que nos habla de temas como el fracaso escolar, la rigidez de una familia tradicional de la época y de la sexualidad adolescente. Un personaje entrañable que nos atrapa desde el principio pese a contarnos una historia realmente dura.


6. La víspera de casi todo. Víctor del Árbol. Ediciones Destino. 2016. El Premio Nadal 2016 narra la huida de su protagonista hacia un anonimato en el que se siente mucho mejor que como héroe. Sin embargo, la aparición de una extraña mujer que también huye de sus propios fantasmas volverá a sumirlo en una situación difícil de superar. Dos historias que confluyen en un mismo lugar y tiempo, lo que amenaza con provocar la deriva de ambos.


5. La colmena. Camilo José Cela. Clásicos Castalia. 1987. Una de las grandes novelas españolas del siglo XX. La pluma del futuro Premio Nobel plasmó una novela coral en la que Madrid, sus cafés y sus gentes son los grandes protagonistas. Escenas simultáneas, historias de todo signo, vidas que confluyen formando una red o mosaico que nos atrapa hasta sus últimas consecuencias. Un toque de genialidad final que nos deja conmocionados. Una maravilla de novela.


4. El psicoanalista. John Katzenbach. Ediciones B. 2016. Un magnífico thriller. De los que cuesta soltar aunque sea a altas horas de la madrugada. Una carta anónima que busca el suicidio de su receptor. Una sucesión de acontecimientos que, en efecto, parecen abocarlo a un final dramático. Un giro genial que cambia las cosas de la noche a la mañana. Un psicópata sediento de venganza por algo ocurrido veinte años atrás. Unos personajes soberbiamente caracterizados. Tanto que la historia incluso llega a parecer real.


3. Tengo en mí todos los sueños del mundo. Jorge Díaz. Plaza Janés. 2016. La cuarta novela de Jorge Díaz. Basada en la historia real del navío Príncipe de Asturias, conocido como el Titanic español por hundirse, hace exactamente un siglo, en costas brasileñas. Una novela coral en la que los protagonistas se van relacionando entre sí de muy diferentes maneras hasta llegar a un desenlace que no por conocido deja de inquietarnos y sorprendernos.


2. Born to run. Memorias. Bruce Springsteen. Random House Mondadori. 2016. Escritas de puño y letra por el propio Springsteen, estas memorias dejarán a más de uno realmente sorprendido. Conocer mejor al Boss, con todas sus luces --ya conocidas de antemano-- y sus sombras --parte fundamental de esta autobiografía-- agranda más si cabe la leyenda de este genio del rock and roll contemporáneo. Bruce se muestra tan cercano que casi podemos tocarlo.


1. Patria. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. Pocas veces he tenido tan claro a qué novela otorgar el número uno en mi lista. Sin duda, la novela del año. Y puede que hasta de la década. Una novela necesaria que todo el mundo debe leer. Las dos caras de un dramático conflicto, el vasco, narrado de forma maravillosa, directa, sin florituras, y, lo más importante de todo, sin tomar partido por nadie. El narrador desaparece ante unos personajes que nos conmueven por igual. Una prueba definitiva de que el dolor humano no conoce límites. Y de que el concepto víctima debería ser ampliamente revisado. ¡Una joya!