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miércoles, 1 de marzo de 2017

Escucha la canción del viento / Pinball 1973. Haruki Murakami. Tusquets Editores. 2015. Reseña





     Escribe el propio Murakami en el prólogo de esta edición, que recoge en un solo volumen sus dos primeras obras, por fin traducidas al castellano, que las novelas de la mesa de la cocina, escritas a altas horas de la madrugada sobre la mesa del bar que regentaba a finales de los setenta, constituyen algo decisivo e irreemplazable. Y añade que son como las viejas amistades del pasado. Quizás ya no quedemos y charlemos, pero jamás olvido su existencia. Porque en aquellos tiempos fueron algo inestimable, insustituible para mí. Me alentaron, reconfortaron mi corazón. Fiel reflejo de que los inicios de uno como novelista pueden quedar atrás pero jamás olvidarse. Le entiendo perfectamente.

     En el mismo prólogo explica cómo se le ocurrió la idea de escribir: mientras veía un partido de béisbol, ni más ni menos. Y también comprendo que ese preciso instante en que la idea pasa por nuestra mente no puede ser borrado. Nunca. Porque es como un fogonazo. El corazón se acelera, la temperatura corporal asciende y uno se pone a sudar. De pura emoción. Y, entonces, escribir se convierte, como por arte de magia, en una obsesión. Un vicio. El único sano que conocemos hasta la fecha. Lógico que esa primera --o primeras novelas-- se conviertan en algo especial e ilusionante para cualquier escritor. ¡Cómo no!

     Escucha la canción del viento y Pinball 1973 son continuación una de la otra. Se trata de dos novelas muy breves --entre las dos ocupan apenas 280 páginas-- en las que el narrador nos cuenta en primera persona su historia personal y en tercera persona la de su fiel amigo, apodado el Rata, y la de Jay, el barman del Jay´s bar, lugar que ambos amigos frecuentan. Son historias de bares, cervezas, cigarrillos, libros, música y máquinas de juego. Las famosas pinball. Pero también de soledad y de incomunicación. Negras, oscuras, lúgubres, casi deprimentes. Pero enormemente atractivas. Quizá esa sea precisamente su grandeza.

     El sempiterno candidato al Premio Nobel de Literatura nos presenta, en estas dos novelas breves, el origen, el germen de su universo. Y es que uno no puede remediar imaginar a Jay, el barman, como un alter ego del propio Murakami. Taciturno, servicial, solitario, poco comunicativo a nivel verbal. Y, sin embargo, con inusitadas ansias comunicativas sobre el papel. Puede que nunca lo sepamos, pero a mí me gusta imaginar que Jay es el Murakami inmediatamente anterior al escritor que hoy en día todos conocemos. No sería algo ilógico. La mayoría de escritores contamos buena parte de nuestras vidas, sobre todo en nuestras primeras novelas. Narrar algo conocido resulta más sencillo y cómodo. Y también catártico. 

     En Escucha la canción del viento (1979) Murakami nos presenta a un joven estudiante de 21 años, sin nombre, que pasa las vacaciones del verano de 1970 en su pueblo natal junto a el Rata, una joven con cuatro dedos en su mano izquierda y el barman. Un escritor ficticio, Derek Heartfield, abre y cierra la novela. En cambio, en Pinball 1973 (1980), el joven protagonista tiene 24 años, vive en Tokio con dos extrañas --en realidad, todos los protagonistas de ambas historias lo son-- gemelas idénticas, trabaja como traductor y cae rendido ante una máquina pinball con la que pasa más tiempo que con cualquier persona. Mientras tanto, el Rata sigue viendo pasar la vida ante él, sin capacidad para vivirla en realidad.

     En cada página de ambas novelas está presente la melancolía. Gatos, pozos, antiguas novias, incomunicación. Y la atmósfera, notablemente poética, nos traslada a esos recuerdos de sus protagonistas. Sin embargo, sus historias parecen deslavazadas. Van a trompicones. Las ideas saltan de unas páginas a otras y en ocasiones desaparecen. Sin duda, el Murakami de hace 37 años era mucho menos maduro y mucho más inseguro y dubitativo. Lógico. Comenzó a escribir con 30 años, sin patrones definidos, sin referencias, sin una larga tradición literaria en su haber. Pero cómo ha mejorado con los años.

     No obstante, en estas dos novelas aparecen ya muchas de las señas de identidad del universo Murakami. Por ejemplo: el surrealismo, el amor por el jazz, la soledad, la huida --incluso de uno mismo--, los bares, las relaciones sentimentales frustradas, lo excéntrico, lo absurdo, un lenguaje extraño, casi alienígena, y unos personajes jóvenes, melancólicos --¡qué puede haber más triste que un joven melancólico!--, perdidos, inadaptados y hasta depresivos. Y también el riesgo. Un riesgo que lo ha hecho grande en el mundo de la literatura. Aunque sin Premio Nobel, por el momento.

     A buen seguro, para los fans del escritor nipón (Tokio, 1949), poder conocer estas dos primeras novelas ahora traducidas al castellano constituirá todo un alimento para su espíritu. Y también para su conocimiento. Porque a todos nos gusta saber más sobre nuestros ídolos. Especialmente sobre sus inicios, cuando todavía eran desconocidos y, por tanto, anónimos. Cuando, precisamente ese anonimato, les permitió ser también intrépidos y arriesgados. Porque, exactamente de esos momentos, nacen las cosas más grandes de nuestra existencia. Como la literatura. Como Murakami.                     


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